Sociedad

La paradoja de malvivir en un palacio renacentista

16 familias que habitan casas de protección oficial situadas en el palacio Dávila, en la plaza Benavente, denuncian que la Junta, propietaria de la finca, no acomete obras de rehabilitación desde hace décadas

El Palacio Dávila, en la plaza Benavente, un edificio del siglo XVI y renacentista en sus orígenes, actualmente solo conserva de aquel pasado glorioso su fachada y alguna que otra columna en lo que hoy es un patio exterior. En los años 80 del pasado siglo muchos historiadores del Arte se tiraron de los pelos —alguno hoy lo sigue haciendo— tras la profunda reforma que los arquitectos Ramón González de la Peña y Manuel González Fustegueras aplicaron en su interior y en sus laterales, mutilándolo por completo. El motivo, no obstante, fue por un buen motivo, como era crear 16 viviendas de protección oficial para otras tantas familias de San Telmo que por entonces malvivían en unos barracones prefabricados en dicha barriada de la zona Sur.

Paradójicamente, habitar un palacio para los vecinos de Dávila no es sinónimo de riqueza y bienestar. Muchos de sus inquilinos están en situación de desempleo o jubilados y sobreviven con alguna prestación o gracias a los servicios sociales municipales. Sin embargo, lo que peor llevan es que han pasado más de 30 años desde que se entregaran las viviendas y desde entonces la finca, que se ha ido deteriorando con el inexorable paso de los años, apenas ha sufrido reformas. El pasado julio, la Junta de Andalucía, propietaria de la finca, anunciaba una partida presupuestaria para llevar a cabo obras, pero hasta el momento los vecinos, que residen aquí en régimen de alquiler, no tienen constancia alguna de que se vayan a llevar a cabo pronto.

“Yo he llevado una carpeta entera de papeles denunciando cómo está esto a la calle Francos (donde tiene su sede la Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía) y ni caso”, lamenta Pedro Rodríguez, siete años viviendo en Dávila, “a peor a cada año que pasa”. Efectivamente, no hace falta entrar siquiera en el palacio para comenzar a a ver desperfectos: la balconada presenta algunas fisuras que empiezan a dar miedo; el telefonillo de la entrada está destrozado y el portón de acceso también luce en mal estado, hasta el punto que ya no se cierra, lo que hace que a cualquier hora del día puedan entrar, desde un curioso y pacífico turista hasta algún ratero de tres al cuarto con intención de llevarse lo que pille.

Pero es cruzar el dintel y darse de bruces con la triste realidad de Dávila. Más allá de la desilusión que pueda suponer para cualquier enamorado del arte, el estado de la finca es lamentable. Paredes pintadas en un color rosa con numerosos desconchones; canalones de agua rotos; cornisas en riesgo de derrumbe; barandillas podridas que también amenazan con venirse abajo; un sistema eléctrico inutilizado desde hace años; posetillas tapadas para evitar que salgan cucarachas; y arquetas atascadas que provocan inundaciones cuando llueve con fuerza. Alguna que otra pintada, e incluso quemaduras hechas a mechero, deslucen aún más las zonas comunes del palacio. “Y no hablemos de los bichos: ratones, ratas y una colonia de murciélagos que tienen una pared entera cubierta de pequeñas heces. “Aquí cogimos hasta una culebra y la llevamos a la oficina de la Junta en una garrafa de agua de cinco litros”, señala Dolores Márquez, una de las históricas vecinas que lleva en el palacio desde que se entregaron las viviendas.

“Esto, al principio de todo, era precioso. Había hasta un mural pintado en aquella pared”, rememora Dolores, cuya vivienda da al patio, porticado siglos atrás, y en el que ahora sobreviven unas pocas de las originales y centenarias columnas de mármol. La poca vida que tiene este patio lo otorgan un limonero y un almendro, así como varias macetas con romero, hierbabuena o claveles, todo ello plantado por ella. “Aquí antes había más vida, había bancos, los vecinos veníamos todos del mismo sitio y hacíamos hasta verbenas. Ya eso se ha perdido y encima, con la puerta de la calle abierta, se cuela cualquiera”, señala la vecina, dando a entender además que, alguno, no con buenas intenciones.

Si las zonas comunes están mal, los interiores de las viviendas están algo mejor, ya que los vecinos intentan mantenerlas en buen estado. No obstante, hay un problema común de humedades que provoca más de un dolor de cabeza a los inquilinos. Es el caso de otra Dolores, ésta apellidada Cerco Vargas, con un 43 por ciento de discapacidad y con bronquitis asmática. Nos enseña las manchas de humedad que pueblan las paredes y el techo del salón de su casa, donde vive junto a su marido, sus dos hijos, la pareja de uno de ellos, una nieta y un gallo inglés de pelea, tuerto y viejo “que cualquier día acaba en la cazuela”, bromea José Carmelo, uno de sus hijos.

Los arquitectos que remodelaron Dávila hace 30 años no pensaron en las personas mayores o con movilidad reducida que pudieran habitarlo. Es el caso de la tercera Dolores que habita el palacio, Alarcón, que cuando llegó aquí era una joven de 34 años que ahora cuenta con 64. Tiene problemas de corazón y en sus piernas, lo que le impide subir y bajar los 30 escalones que hay desde el patio hasta su casa, situada en la primera planta, por lo que se puede decir que vive enclaustrada. “Bajo prácticamente una vez al mes, para cobrar la ayuda, o si tengo que ir al médico. Ni hay ascensor ni pienso que lo vaya a haber nunca”, reconoce. Su marido, José Leiva —“el patriarca del palacio”, como le llaman cariñosamente sus vecinos— critica además “que tengamos que pagar el IBI, cuando esto es propiedad de la Junta”.

Saray, de 33 años y criada desde chica en el palacio, Bianca, una alemana que lleva un año viviendo aquí, Manuela, que ya casi cumple una década en Dávila, o Rosario Fernández son otros de los habitantes de un palacio que lamentan que cada vez esté peor. “Que seamos humildes no significa que tengamos que vivir en estas condiciones”, afirman. “A ver si la Junta se acuerda alguna vez de nosotros”, sentencian, antes de adentrarnos de nuevo en el corazón de intramuros.

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