Ojo por diente

La Olimpia de Fidias. Viaje a la humanidad III

Kalamata y el gigante que custodia su puerto ya es materia de sueños durante mi camino a Olimpia. Y más después de la sandía de seis kilos que he devorado en un puesto de carretera de Elea y que me ha hecho saltar a los llanos de La Barca de la Florida. Coge la que quieras se limitaba a decir mi tío Fernando señalándome su finca repleta de sandías rayas cada dos domingos. Yo siempre elegía la que tenía más cerca. Era la única manera que tenía con siete años de mostrarle mi gratitud.

Pienso que mi tío y mi tía Pepa tienen sangre griega, un pueblo que es más feliz cuanto más ayuda y ofrece. Realmente nunca he conocido gente igual, por mucho que la tendera de las sandías, con gestos y un inglés increíblemente extraño, me haya querido apuntar que malos hay en todos los sitios. Puede que tenga razón pero yo pienso que los pueblos que cantan sus fatigas jamás podrán ser malvados.

Los puestos de fruta han ido sucediéndose en el camino como la palabra beach pintada a mano sobre cartones; paneles que apuntan a calas escondidas entre cañas y matorrales secos y algún puesto oculto de buscavidas. El agua a un euro. La cerveza Mykonos, como la propia isla, a dos vidas.

Estoy llegando a Olimpia por una carretera llena de curvas con sus respectivos templetes en miniaturas para santones ortodoxos. En algunos, en su interior, veo la mirada del difunto que murió en la carretera pero en su mayoría descansan una de esas velas rojas, de bazar chino, que jamás se encienden. Otros templos se reducen a una simple caja de hojalata clavada a duras penas sobre la piel de los árboles. Hace minutos nos hemos topado con uno colgando de una arrugada y vieja rama de un pobre olivo que tuvo que vivirlo todo en su día.

Somos pasto de las llamas del tiempo. Pienso.

Cuando llegue al estadio de Olimpia apoyaré la planta de mi pie derecho sobre el mármol donde los atletas iniciaban su carrera hacia la gloria y sentiré en mis huesos la fragilidad de la victoria. Hoy, miles de atletas coronados, se reducen a humo o a simples inscripciones laberínticas en pedestales sin estatuas. Citius, Altius, Fortius. Más rápido, Más alto, Más fuerte.

Cuando camine frente a la stoa de los siete ecos la lira de Nerón, ni multplicada por siete, no se impondrá sobre el sonido que hacen las hojas de este Julio al caer. No tengo amigos pero tampoco enemigos dijo el tirano.

Cuando contemple los restos del templo de Zeus, en el corazón del santuario, los rezos de sus sacerdotes -y que dirigían los destinos de muchos pueblos- serán silenciados por el triste click de las cámaras.

Lo sé. Todo será como si nunca hubiera sucedido salvo Fidias, el gran escultor ateniense. Lo sé porque el arroyo que va al encuentro de la pequeña ciudad anuncia su nombre en cada meandro. Porque mi reloj ya acompaña el compás que marca el cincel del genio. Porque el arte, aún comandado por los poderosos, será el acto más noble y pacífico del ser humano y permanecerá aún cuando la avaricia y la codicia del Hombre lo aniquile de la faz de la tierra.

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