Cultura

La nostalgia se hace piedra en ‘Los ángeles Fríos’, de Rosario Troncoso

Reseña literaria de Francisco Raposo

Los ángeles fríos, estatuas de mármol que protegen los cementerios. Y el último libro de Rosario Troncoso, probablemente el mejor de esta autora, editado magníficamente por Calambur.

Esta obra está repleta de cadáveres: amores difuntos, ilusiones perdidas, pero también de verdugos. El tiempo, una chimenea que mata pájaros (símbolo potentísimo que refleja lo inevitable de la muerte, aunque luchemos como el pájaro, nuestro fin llegará comiéndonos los huesos).

En el prólogo, la también poeta Raquel Lanseros, afirma algo con lo que estoy de acuerdo a medias: “Desde el expresivo título, que otorga piel y temperatura corporal a unas criaturas de índole espiritual…”. Lo cierto es que en la poesía de Troncoso, los ángeles siempre han tenido piel, siempre han poseído la carne que, en ocasiones, se desprende, se desgarra. Y es que en la poesía de Rosario Troncoso siempre hubo espacio para lo divino y el preludio a la muerte.

Desde Huir de los domingos (2006), las referencias a cementerios, tumbas, ángeles marmóreos han estado presentes con una inocencia inquietante. Como también a un Dios, presente o inexistente, pero indudable protagonista de muchos de sus poemas. La figura de un Dios maligno, idea propuesta por Descartes, está en la poesía de Troncoso. Aparece un Dios travieso, como un niño juguetón. Este símbolo llega a su apogeo en el libro Juguetes de Dios (2009), pero en Los Ángeles fríos vuelve a aparecer uniendo las distintas obras de la autora. “A lo mejor es Dios/ quien juega con mis pliegues”.

En los primeros libros, estas referencias de la que hablamos, llegaban desde las vísceras, pero ahora llegan como susurros de indudable elegancia.

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En la obra de la autora está presente una nostalgia muy peculiar. Añora el cariño que otros le ofrecieron y que ahora no tiene —”es dolor abisal/ dejar de respirarte “—. Este concepto aparece reflejado en Ghosting, donde lo desarrolla con pulcritud de tanatopractora — “la desmemoria tiene los pies fríos./ Y tu silencio, aristas ” —. Le duele, disimula ante la gente, “finjo y sonrió en los escaparates”, pero está presente durante todo el poemario, esa nostalgia que produce los afectos que se quedaron en los recuerdos, que no avanzaron. Pero pese al dolor la escritora se sabe dicha en los fondos — “Y aquí en el lodo que me cubre, /Me disuelvo y germino” —.

Desea volver a ser “la niña de las fotos” donde el dolor no estaba presente y “ser de nuevo redonda/ y sin desgarros “. Para Rosario, cada perdida se antoja precisamente como eso, desgarros, algo así como arañazos de un preso en la piedra de su celda. Cada surco marca una perdida, una herida, un llanto. Definitivamente este libro es dolor, pero un dolor contado desde una perspectiva positiva, es lo que es, no aparece en ningún momento una pose victimista, en su lugar vemos una persona que ha sabido salir airosa pese a la herida, con cada cicatriz.

El yo poético se antoja como una marioneta vapuleada por el tiempo, por un Dios juguetón, por los amores (románticos o no) que se han ido sin remedio.  Una marioneta que no muestra todo su potencial porque está atada, le han dicho cono debe ser — ” Se me da bien que el fuego no se intuya. / No gritar. No alarmarle. / Heredé de mi madre ese talento.” — pero también le da miedo ser quien realmente es — “la voz de dentro asusta” —. Habla Continuamente de fragmentación, de su cuerpo doblado, de desgarro, de descomposición. La imagen es muy clara, una marioneta de trapo abandonada.

Rosario Troncoso nos tiene acostumbrados a una versificación corta, contundente. Pequeñas píldoras que, repletas de sensibilidad, buscan el sentimiento exacto mediante símbolos compartidos: los pájaros (siempre asociados al final, el inevitable camino hacia la muerte), el verano (símbolo de lo luminoso, el pasado, otro tiempo mejor), fotografías/ fotogramas (el recuerdo de personas, rostros que se recuerdan), insectos/parásitos (sinónimo de tierra, de personas que son dañina, tóxicas).

Se asemeja la cordura a algo negativo, algo que, en todos los poemas donde aparece, ya sea nombrado o como concepto, queda impregnado a la idea de muerte, de nuevo la muerte, no necesariamente corporal. La cordura de otros que no entiende — “Bracean en la calma, en la superficie, / para no tocar los huesos del fondo ” —.  Ella prefiere la locura, “el valioso delirio de los locos”.

Uno de los símbolos que he mencionado, y me llama inevitablemente la atención, es el de los insectos/ parásitos. En la poética de Troncoso en general y en el libro que nos ocupa en particular, los insectos aparecen como dos conceptos separados pero relacionados. Cielo vs insectos, entendido como lo terrenal, y como parásitos. En este último sentido, habla de persona tóxicas, vampiros emocionales — “imperceptible corrupción / que invade los tejidos.”, “es avanzar/ con la sangre invadida de parásitos ” —.

Con Los Ángeles fríos Troncoso solidifica la simbología que nos ha ido presentando a lo largo de su toda su obra. Probablemente una simbología compartida por las voces de varias generaciones que tenemos en común, consciente o inconscientemente, el desasosiego ante una realidad en la que no encajamos.

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