Opinión

La muerte infame de un andaluz de conciencia

En la madrugada del 10 al 11 de este mes se cumplen 82 años del vil asesinato del padre de nuestra patria andaluza. Un fusilamiento que se produjo, como el de tantos otros hombres y mujeres y a pesar de los varios intentos por salvarle la vida, durante el llamado “terror caliente”, en los días que siguieron al levantamiento militar. El crimen fue al borde de una cuneta del kilómetro 4 de la carretera de Carmona a Sevilla.

Se han reconstruido bien las circunstancias de su muerte y de sus últimos días, y recientemente en este mismo medio Raúl Solís acaba de recordarlas en un magnífico artículo. Sería de desear que los restos de D. Blas pudieran ser reconocidos y enterrados dignamente algún día, y que se continuaran los trabajos de la fosa de Pico Reja en el cementerio de San Fernando de Sevilla, donde yacen todavía tantos luchadores por la libertad, republicanos, antifascistas, o simplemente víctimas de delaciones arbitrarias. En este país tenemos  hace demasiado tiempo una asignatura pendiente y una herida abierta que todavía supura, a pesar de la Ley de Memoria Histórica y de las llamadas de atención de la ONU, que siguen siendo desoídas. Pensamos que no es ningún timbre de gloria para la propia iglesia católica que la hispalense basílica de la Macarena siga amparando los restos del general golpista Gonzalo Queipo de Llano, responsable del genocidio de al menos 50.000 almas.

Sería también deseable que se anularan todas las sentencias franquistas, que el gobierno no siguiera subvencionando a una Fundación como la de Francisco Franco, que exalta la figura de un dictador -cosa que no ocurre en ningún país democrático europeo- y que los bienes injustamente confiscados fueran devueltos a los descendientes de sus legítimos propietarios. Verdad, justicia y reparación que aún están esperando muchas familias de este país. No es de recibo que tengan que recurrir a jueces extranjeros, argentinos en este caso, para encontrar una esperanza de obtenerlas, y no es de recibo que seamos el segundo país del mundo, después de Camboya, que tiene en su haber más desapariciones forzosas.

Tenemos que subrayar aquí una vez más que aún está pendiente de anulación la sentencia de muerte dictada contra Infante por el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas cuatro años después de su asesinato, en un intento de teñir de legalidad lo que no fue sino una ejecución extrajudicial como tantas que se siguieron produciendo hasta febrero de 1937 en Sevilla. 

Villa Alegría, la casa que D. Blas se había hecho construir en Coria del Río (Sevilla), hoy convertida en Museo de la Autonomía andaluza, fue confiscada a su viuda María Angustias García Parias después del fusilamiento, aunque más tarde le fuera devuelta previo pago de una multa de 2000 pesetas, en un ejercicio de auténtico cinismo. Allí primero esta mujer y más tarde su hija  Luisa custodiaron la bandera blanca y verde, los documentos relacionados con  el himno, y la variada y bien surtida Biblioteca del esposo y padre junto con todos sus escritos y recuerdos. Incluso el escudo de Andalucía con la figura de Hércules y los dos leones aprobado en 1918 en la Asamblea de Ronda siguió presidiendo -y todavía lo hace- la entrada de Dar-el-Farah. Se ve que los que lo mataron no tenían ni idea de lo que aquello podía significar.

Pero la peor muerte es el olvido, el olvido al que D. Blas fue condenado durante los cuarenta ominosos años de dictadura, durante los cuales también su viuda, con cuatro hijos pequeños a su cargo, tuvo que sufrir y callar

Queremos además recordar en relación con su asesinato que, como ocurría muchas veces, el líder andalucista quedó vivo después de que le dispararan por la espalda un grupo de falangistas, puesto que no solían rematar a sus víctimas. Infante se arrastró pidiendo agua -las heridas de bala provocan una sed tremenda- hasta un cortijo cercano, la “Gota de leche”, usado entonces como institución benéfica para niños necesitados, regentado por monjas clarisas y hoy reconvertido en hotel. No le dejaron entrar ni le dieron de beber. Sin embargo, puede que antes de morir lograra aplacar su sed física en una fuente que había a la entrada del centro asistencial, ya que no le dieron tiempo ni ocasión de aplacar la sed de justicia que le inspiró siempre esa Andalucía irredenta que fue la razón de su vida.

Pero la peor muerte es el olvido, el olvido al que D. Blas fue condenado durante los cuarenta ominosos años de dictadura, durante los cuales también su viuda, con cuatro hijos pequeños a su cargo, tuvo que sufrir y callar. Con la transición este hombre es redescubierto y se convierte en un icono. Su vida, obra y pensamiento – un pensamiento heredero de los movimientos republicanos y federalistas de la España del siglo XIX donde caben influencias georgistas, anarquistas, krausistas, regeneracionistas e incluso masónicas-, empezaron a recuperarse y a ponerse en valor, tal como merecían. El Ideal Andaluz,  que vio la luz en 1915, fue reeditado por primera vez en 1975.

Lo mismo ocurrió con otras obras que volvieron en su mayoría a publicarse a partir de finales de los años setenta del siglo pasado, como La Dictadura Pedagógica (1921), Fundamentos de Andalucía (1929), Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo (1929-1933), La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado libre de Andalucía (1931), objeto de una reciente reedición y de un brillante estudio por parte de D. Manuel Ruiz Romero, y que, por otro lado, algunos han señalado como la verdadera causa de su muerte. Otras son La obra de Costa (1916); Manifiesto andalucista de Córdoba (1919); su única pieza teatral, Motamid, último rey de Sevilla (1920), Reelección fundamental (1921), una de las más desconocidas, Cuentos de animales (1921), Cartas andalucistas (1935), Manifiesto a todos los andaluces (1936), entre otros escritos, además de los numerosos artículos aparecidos en las revistas Betica y Andalucía. Quedan inéditos innumerables manuscritos, muchos de los cuales nunca podrán leerse porque su mujer quemó algunos de ellos en un desesperado intento de que los asesinos no encontraran pruebas que pudieran incriminarlo.

Lo importante es que su legado no se pierda, que las nuevas generaciones sepan que existió un andaluz de conciencia, un hombre de vastísima cultura, adelantado a su tiempo en tantas cosas como el ecologismo, el anticonsumismo, el amor a los animales, la importancia de la educación universal, la libertad del matrimonio, la lucha contra el fanatismo religioso. Porque buscaba la verdad dondequiera que pudiera encontrarse y por tanto era por principio antidogmático, además de humanista, humilde, solidario (“En Andalucía no hay extranjeros” -decía-), comprometido hasta los tuétanos.

Pero ante todo fue un defensor de los pobres y de los jornaleros, soñador de una Andalucía con identidad propia y paladín de una reforma agraria absolutamente necesaria en una región donde la propiedad de grandes latifundios contrastaba y todavía contrasta -antes esta cuestión se intentaba paliar mediante la caridad, ahora mediante las subvenciones- con una gran masa de desposeídos, “el rebaño hambriento en la tierra feraz”, como dijo José Más. En palabras del propio Infante,  Andalucía era “la tierra más alegre de los hombres más tristes del mundo” y él pretendió arrancarla de esa tristeza, de la sumisión, el caciquismo, el fatalismo y la ignorancia.

Para ello plantea no sólo una opción cultural -dando a conocer a los andaluces los entresijos de una historia única y ancestral-, sino también una opción socioeconómica, a través de la infatigable actividad de difusión de los Centros andaluces, creados entre 1916 y 1923, y, sobre todo, una opción política.  

Participa, efectivamente, en 1931 en la candidatura del Partido Republicano Revolucionario a las elecciones generales. Preside la Junta Liberalista de Andalucía (JLA) y vuelve a presentarse a distintas candidaturas por el  Partido Republicano Federal, aunque no consigue representación parlamentaria. En 1933 se presenta en Málaga por la coalición Izquierda Republicana Andaluza, que supone un nuevo fracaso, y ese mismo año se aprueba en la Asamblea de Córdoba un “Anteproyecto de Bases para el Estatuto de Autonomía de Andalucía”, con la intención de someterlo a referéndum. Las acciones pro Estatuto se multiplican ese año en los diferentes municipios andaluces, como Málaga, Isla Cristina, Jerez de la Frontera, Carmona, San Fernando, Lebrija, Casares o Cádiz. Durante la Asamblea de Sevilla celebrada el 5 de julio de 1936 se aclama a Blas Infante como presidente de honor de la futura Junta Regional de Andalucía. El 14 de julio ondea en el Ayuntamiento hispalense la bandera de Andalucía, pero sólo 4 días después se produce el levantamiento militar, con lo que no puede votarse el Estatuto y todos los planes autonomistas quedan abortados.

La cuestión es ahora: ¿se enseña suficientemente el pensamiento y la obra de Infante?

La cuestión es ahora: ¿se enseña suficientemente el pensamiento y la obra de Infante? Hace no muchos años en la asignatura “Alternativa a la Religión” se me ocurrió poner a mis alumnos y alumnas de segundo de Bachillerato la película “Una pasión singular” (Antonio Gonzalo, 2003) -que yo sepa la única que se ha hecho hasta el momento sobre la figura del líder andalucista, aunque existen varios documentales- y seguir luego con un coloquio. En éste los chavales mostraron su asombro ante unos hechos de su pasado más reciente que desconocían por completo y se horrorizaron con el final trágico de la historia. Yo les puntualicé que ese destino infame no fue sólo el de Infante, sino el de otros muchos andaluces y españoles que sólo intentaban generosamente defender un gobierno legítimo y unos ideales de libertad y regeneración.

Manuel Hijano del Río ha llevado a cabo recientemente un estudio sobre la presencia de los contenidos de Historia de Andalucía en los libros de texto de  ESO y Bachillerato, sobre una muestra de 22 obras, en particular sobre los cinco más utilizados en nuestras aulas. Este profesor de la Universidad de Málaga aprecia una escasa influencia en el mercado de editoriales andaluzas y observa cómo la historia de Andalucía ocupa un lugar poco relevante en el conjunto de manuales, y, en concreto, todo lo referente al proceso autonómico andaluz. La historia de Andalucía suele aparecer como un apéndice o anexo a la Historia de España al final de cada tema, lo que transmite la idea de una historia subalterna a la del estado. Otras veces esos contenidos quedan relegados al margen del texto o al pie de página, o incluso se niega la existencia de una identidad andaluza. Sólo un manual publicado por la editorial Santillana-Grazalema en 1999 se salva dignamente en este aspecto, por lo que concluye, y le damos la razón, que el adecuado tratamiento de la historia de Andalucía, pasada y reciente, en nuestros Institutos se debe exclusivamente a la labor voluntarista de los docentes andaluces. No existe una auténtica política educativa promovida desde la Junta de adecuado acercamiento a nuestro pasado, lo que supone un grave déficit en la formación de los andaluces del futuro. 

Enrique Iniesta recoge en su biografía de Infante esta cita:

“La vida de un hombre sólo en el futuro cobra sentido”.

Por eso, está bien que se coloquen flores y se cante el himno cada 10 de agosto al pie del monumento que se erigió en Carmona a este andaluz de conciencia que dedicó su vida a Andalucía y la dió por ella. Está bien rememorar su muerte, pero sobre todo no hay que dejar de rememorar su vida y celebrar su obra.

Leonor De Bock Cano es miembro de la plataforma jerezana Andalucía eres tú.

Fuentes:

Enrique Iniesta. Blas Infante. Toda su verdad. 1931-1936. Almuzara, 2007.

Juan Antonio Lacomba, “Aproximación al perfil humano de Blas Infante”, en Andalucía en la historia, julio 2010, 3, pp. 125-126.

Manuel Ruiz Romero, “Nuestra identidad hecha persona”, en Andalucía en la historia, julio 2010, 3, pp. 8-9.

Manuel Hijano del Río, “Educación y cultura en el pensamiento de Blas Infante”, en Andalucía en la historia, julio 2010, 3, pp. 10-11.

Manuel Hijano del Río, “La Historia de Andalucía en los libros de texto”, pdf servidormanes.uned.es>historia_andalucía

Carlos Arenas Posadas, “Notario de la economía andaluza”, en Andalucía en la historia, julio 2010, 3, pp. 12-13.

Antonio Ramos Espejo, “La familia de Blas Infante después de su asesinato”, en Andalucía en la historia, julio 2010, 3, pp. 16-17. 

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