Ojo por diente

La Micenas de Agamenón. Viaje a la humanidad II

Dos leones —uno de ellos sin cabeza— custodian la entrada a Micenas. A cinco pasos se encuentra el cementerio que es donde acabarían con suerte los huesos de Agamenón…, hierro y sangre en Troya. Yo, personalmente, cavaría un agujero en el mar para encerrar a todas las sangres azules del mundo.

Es cierto que al tirano Agamenón ya no podré alcanzarlo pero tampoco importa. Me reconforta saber que ahora es otra piedra más en este monte de esparto. Un cardo seco quizás o más bien un saltamontes cobarde refugiado entre las grietas de lo que fue su palacio. Es innato del hombre pisar al caído sentenció hace tres mil años.

En unas antiguas tablas de arcilla se hace tangible que el griego primitivo nació allí…, entre símbolos que ya diferencian hombres y mujeres, ánforas de vino o de aceite, flechas y lanzas. Polémou significa en la actualidad Guerra. Habrá alguna palabra para decir Paz pero a nadie le conviene.

El mar -siempre lejos para un pueblo hecho a la batalla- se aprecia tras unas colinas que podrían sacarse de Sierra Morena. Se encuentra a dos días de marcha para las tropas micénicas. A una hora para mi coche japonés de pocos caballos…, y tan cansados que me hacen ser de los conductores que se apartan al arcén para ser rebasados. Nuestro retrovisor derecho, después de cada trayecto, siempre acaba tintado de jara amarilla y de los naranjas de las calabazas del Peloponeso.

Epidauro se recordaba como Epidaurus en un latín que ya no se recuerda. Ahora es archaeological site en el idioma de la prisa y de los que van de modernos. Esparta, en cambio, no conserva nada…, acaso su nombre feroz en un territorio yermo donde nace únicamente el olvido sobre olvido.

Google Map, definitivamente, está loco. Me ahorra demasiado tiempo. Yo que soy de los que persiguen la perdición para acariciar la felicidad.

Y por fin el mar. Tiene los azules que tuvieron que tener otros mares hace millones de años. Si golpeas dos piedras tomadas de sus fondos, una con otra mientras estás sumergido en el agua, suena a origen de los planetas. Es un sonido grave y metálico, casi eléctrico, donde no puede intervenir Dios alguno ya que todos los dioses chillan en agudo como niños malcriados.

Un gato, con cara de triángulo pitagórico, camina sobre la arena de Nauplia. Se me hace extraño ver gatos entre las gaviotas como también ver la orilla infestada de erizos con la boca mirando al cielo. Se ve que están hambrientos de ser algo más que erizos pero siguen pegados a las rocas como Agamenón, continúa aferrándose bajo tierra, a su corona de oro podrido.

Todo mientras veo hundirse en el Egeo un caballo de madera gigante repleto de jóvenes que fueron obligados a convertirse en soldados…,  una mañana de tormenta exacta a la de hoy.

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