Política

La legislatura en la que conocimos a la verdadera Susana Díaz

Sus colaboradores más íntimos dicen de ella que es una mujer leal, afectuosa, cariñosa y que nunca falla a su gente; sus enemigos en el PSOE andaluz no la pueden ni ver.

Era un sábado luminoso del septiembre sevillano de 2013. El salón noble del Parlamento de Andalucía estaba vestido de gala para recibir a personalidades de la cultura, la política, el periodismo y familiares de Susana Díaz, vestida de blanco en una blusa vaporosa radiante que simbolizaba pureza, comienzo y transparencia. No faltaba nadie en la sala de quien tenía que estar en el histórico acto de juramento de la que se convertía desde ese momento en la primera mujer en presidir el Gobierno de la comunidad autónoma más poblada y extensa de España.

José Antonio Griñán, el expresidente andaluz que se marchó por el acoso de la jueza Alaya por los ERES fraudulentos, decía de la nueva presidenta que era la primera hija de la clase obrera que llegaba a la cúspide del poder andaluz. Eran los tiempos en que Susana Díaz era “de izquierdas, muy de izquierdas” y presumía de “ganar, ganar y ganar” cuantos retos orgánicos y electorales se le habían cruzado por su camino. Un reguero de víctimas socialistas que le disputaron el poder  así lo atestiguaban.

A pesar de que en los mentideros políticos se conocían las formas autoritarias de su gestión íntima del poder, combinado con formas amables y campechanas con sus allegados o con las señoras que se cruza en campaña electoral, el relato oficial y publicado en la prensa andaluza era que la nueva presidenta era la esperanza en un momento crítico de la crisis, con las encuestas mordiendo de gente que decía que no se sentía representada por el sistema político, con un millón y medio de andaluces y andaluzas desempleados y con Podemos todavía sin fundar.

Nadie se resistía a los encantos de la mujer que llevaba años cortando cabezas dentro de la sede del PSOE a los osados que se resistieran a sus deseos. Susana Díaz fue capaz de entrar en un congreso provincial del PSOE sevillano siendo la número dos y salir investida como número uno por los enemigos de su anterior ‘jefe’. Su vida política hasta entonces había sido mediocre. La de la típica militante que había echado los dientes en las sedes del partido y que no tenía oficio ni beneficio, más allá de unos meses como vendedora de Avon en los tiempos en los que fue catequista. Una pequeña experiencia laboral de juventud de una mujer que no sabe lo que es vivir con miedo a que la nómina no esté ingresada en el banco.

Sus colaboradores más íntimos dicen de ella que es una mujer leal, afectuosa, cariñosa y que nunca falla a su gente; sus enemigos en el partido no la pueden ni ver. A una exalcaldesa de un pueblo sevillano que estaba de asesora en la Diputación de Sevilla, el otro gran cortijo del PSOE andaluz donde recolocan a exconcejales y antiguos primeros ediles que no tienen donde volver a trabajar tras perder las elecciones municipales, se le ocurrió hacer campaña por Pedro Sánchez en las primarias fratricidas que devolvieron a Susana Díaz a Andalucía con cara de derrota.

La exalcaldesa, una de esas primeras ediles socialistas que entre el partido y su pueblo siempre elegían su pueblo y que entró en la política cuando ya tenía su vida solucionada, fue cesada fulminantemente a las tres semanas de la gran derrota de Susana Díaz. “Ella no se anda con chiquitas”, dicen sus adversarios. “Coge el teléfono y te cesa antes de que respires”, relataba la alcaldesa en privado durante un desayuno informativo de Gómez de Celis, actual delegado del Gobierno de España en Andalucía y sempiterno enemigo de la presidenta andaluza desde los tiempos en que ambos eran de Juventudes Socialistas, “el laboratorio de los niños probetas del PSOE andaluz”, en palabras de Teresa Rodríguez, líder andaluza de Podemos y candidata de Adelante Andalucía, a quien Susana Díaz le dedica sus respuestas más agresivas e hirientes en el Parlamento andaluz .

Quien era Susana Díaz, políticamente hablando, se sabía en los mentideros políticos andaluces, tan palaciegos ellos, pero se publicaba poco. “La Junta paga muy bien”, es el lema que ha llevado a muchos medios de comunicación a callar hasta haber convertido el silencio en el idioma oficial de Andalucía. Todo cambió cuando Díaz decidió dar el paso a Madrid por la pugna del PSOE Federal.

Entonces los focos de la prensa madrileña, mucho menos cortesana que la andaluza, se centraron sobre Susana Díaz en un momento de máxima tensión en el que no le tembló el pulso y dio un golpe de Estado dentro del partido para disolver la Ejecutiva de Pedro Sánchez y que los diputados socialistas dieran su apoyo al Partido Popular de Mariano Rajoy para presidir el Gobierno de España.

El PSOE andaluz es una gran familia

Para esta guerra civil se armó de su ejército más incondicional. Una tropa de alcaldes y concejales que como ella, sin oficio ni beneficio, se han criado en las sedes del partido y le rinden devoción mariana a la jefa de los socialistas andaluces. A Madrid envió a Verónica Pérez, su amiga y sucesora en la secretaría general del PSOE hispalense con la que coincidió en las Juventudes Sociales, a intervenir el partido tras el golpe de Estado . Pérez, la “máxima autoridad” en la guerra contra Pedro Sánchez, abandonó la carrera de Economía en segundo, con 21 años, para ser concejal en su pueblo, San Juan de Aznalfarache (Sevilla), donde antes su padre ya había sido concejal y seguramente en el futuro lo sean sus hijos. El PSOE andaluz no es un partido, es una gran familia.

Como presidente de la gestora, la presidenta de la Junta de Andalucía situó a Mario Jiménez, el actual portavoz del PSOE en el Parlamento andaluz, que con 47 años lleva 20 saltando de escaño en escaño o de Ejecutiva en Ejecutiva. El gran denominador común de los actuales dirigentes del PSOE andaluz, desvinculados de las conquistas sociales de los socialistas históricos que ganaron para Andalucía la autonomía y los derechos y del mundo laboral, es el coche oficial desde los 20 años. “En las disputas internas no defienden ideas políticas sino futuros laborales. De ahí tantísima agresividad contra los rivales en los procesos orgánicos”, cuenta una sanchista que fue diputada en el Parlamento andaluz  y ahora está fuera de la vida pública .

El sábado que Susana Díaz presentó por todo lo alto su candidatura a las primarias del PSOE en Madrid, el 26 de marzo de 2017, el AVE en Sevilla de las 9 de la mañana  iba atestado de alcaldes y concejales socialistas andaluces en su papel de palmeros de la presidenta. “¡Ay, pobre de quien no fuese, no dura ni tres días”, admite otra militante del PSOE andaluz que desde el principio trabajó a favor de la candidatura de Pedro Sánchez.

De aquella mujer a la que Griñán mandó a leer unos cuantos libros de cultura general y le recomendó un coach para que pronunciara con menos agresividad y con acento andaluz de diseño para que pareciera más amable y conciliadora de lo que es, ya sólo quedan los artículos laudatorios de la prensa andaluza regada con jugosas subvenciones, las entrevistas-masajes en Canal Sur y la decepción de unos cuantos ingenuos que pensaron que Susana Díaz sería la representante de la Andalucía de la gente sencilla y ahora ven que ha terminado siendo la candidata del dueño de La Caixa, de Iberdrola, de Felipe González, del Grupo Prisa, del difunto expropietario del Banco Santander y de las fuerzas oscuras de la España de los desahucios, el empobrecimiento, la desigualdad y la recesión democrática.

Ahora afronta su segunda campaña electoral para revalidar un tercer mandato con mirada de derrota, sin relación con Pedro Sánchez, con una militancia que se le empieza a rebelar tras el éxito sanchista y un poder en la Junta que se le escapa de las manos. La mujer que creció admirando a Felipe González, que soñaba con seguir su estela y que considera que el PSOE es parte de su patrimonio familiar, emocional e identitario, puede pasar a la historia como la responsable de acabar con el reinado absoluto del PSOE andaluz, en algunos casos absolutista, en el único territorio de España donde no ha habido cambio desde la Transición.

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