Opinión

La jungla y la perplejidad

“Árboles y animales disimulan

el resplandor intenso de vivir

y marcan, sigilosos, el terreno.

Cuando despierta el hacha, solo quedan

ariscas superficies de hormigón

y un rastro de maleza florecida.”

María Ángeles Pérez López.

Hay muchos valores inversos o antivalores que envidio mucho. Uno de ellos es el maravilloso arte de la antipatía, por eso de mayor quiero ser muy siesa. Tengo comprobado empíricamente, y en “mis carnes”, que se respeta mucho a esas personas que no contestan si saludas, que jamás devuelven la sonrisa y que te miran como si fueras una cucaracha si les dedicas un gesto de amabilidad. Ellos son mis nuevos modelos a seguir. Ellos, los groseros, dejan a su paso un halo epatante de carisma y respeto. Háganme caso.

Estoy intentando practicar eso de ser desagradable para caer mal con razón, y así dejar de devanarme los sesos cuando alguien me odia sin motivo. Qué manera de perder el tiempo prodigar buen rollo, oiga. Sí. Quiero ser una cabrona de antología. Un dechado de soberbia y malafollá sin igual. Lo seré con la práctica, imagino, aunque sea por rebeldía. Les explico: es que mis padres me educaron en la amabilidad, en la armonía y el cariño. Me enseñaron que eso de la agresividad sin, o con, venir a cuento, no es algo bueno. También me inculcaron el esfuerzo. Eso de copiar en los exámenes, mal, muy mal. La honradez por bandera, siempre, para llegar lejos. Eso de robar caramelitos de goma en La Barraca, mal, muy mal. Niña mala.

Pero no sé yo, a estas alturas, y cuando hablo de alturas ya me voy al espacio exterior, pues hasta los astronautas brillantes son pasto de la sospecha, discrepo en todo lo que me, con todo el amor del mundo, intentaron mis santos progenitores conmigo. Sé y me consta que  me quieren, pero he llegado a pensar que me han entrenado para lograr el premio a la más pánfila (anda, un premio).

Tendré que buscarme el modo de que no me tiemblen los cimientos cuando alguien me trata mal, atar en corto la perplejidad para no quebrarme entera, y no devolver el golpe con retardo, cuando la vida pega fuerte. Debo estar atenta para no acumular muchas “guantás” dentro, para no enfermar. Un derechazo a tiempo. Un “váyase usted a la mierda”, un portazo, una boquita prestá (desde aquí guiño a la gran Fátima Vila y su maravilloso blog), y “tú con las gafas”, “el que lo dice lo es”.

Mi hija sí que sabe moverse en la jungla, y porta machetes invisibles cuando cree que no la veo. Acota su territorio. Se defiende de las fieras que la acechan sin una gota de culpa. Y créanme, ahora que no nos lee nadie que pueda insultarnos por nuestra espiritualidad privada, también rezamos por las noches, y meditamos, y hacemos balance de cuanto ha ocurrido en la jornada. Y me sorprendo a mí misma hablándole de la amabilidad y la bondad, qué le vamos a hacer, y de los valores, de cómo convivir sin que sea necesario defender el aire para respirar, en defensa propia. Pero procuro no mentirle. Sé que intuye que los monstruos no están bajo su cama, sino ahí fuera. Ojalá los huela desde muchos metros de distancia, para esquivarlos a tiempo. Que sea como quiera ser, pero que se adelante siempre al dolor, a la perplejidad que aún no sabe controlar su madre. Quizás más que la bondad le sea útil la integridad, y unos ojos muy abiertos. Las sonrisas, solo para quien las merezca. Eah, ese puede ser el punto medio, ¿no creen?

Mientras, yo sigo el proceso de prácticas en este máster de supervivencia. Procuraré también que mis padres, amantísimos, no perciban  mi involución ni noten el cambio en los niveles de mala leche, aunque cualquiera los engaña.

Tego la certeza de que no conseguiré nada en absoluto. Ya es tarde para ser otra persona, soñar en otro idioma. ¿No creen?

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