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La jerezana que marcó un hito en el diseño de moda corporativo: “Ya no invierten en imagen”

Carmen 'Keka' Albuín lleva más de seis años comercializando su propia firma de bolsos artesanales tras confeccionar diseños para las azafatas de multinacionales como Repsol-YPF, Chrysler, Hyundai o Schweppes

Aparece con una funda que cuelga por encima del hombro, unas gafas y un abrigo marrón de serraje. Se sienta en una de las mesas de la alameda del Banco como si paseara por su casa, y es que como luego especifica, ha crecido “ahí al lado”, en la calle Tornería. Carmen Albuín Jiménez (Jerez, 1964) es conocida en la industria de la moda gracias a sus diseños para azafatas de empresas internacionales como Repsol-YPF, Chrysler y Schweppes, entre otras muchas marcas. No obstante, esa es la punta del iceberg, en las faldas del montón de hielo macizo hay una vida de acuarelas, telas, pespuntes y numerosos intentos para enhebrar una aguja. La historia de esta jerezana empezó mucho antes de que sus diseños fuesen los escogidos para vestir a las azafatas de la inauguración de Ifeca y del centro comercial Los Cisnes en 1991. Albuín no puede hablar de ella sin antes mencionar a sus padres, o incluso a su abuelo Victoriano Jiménez ‘El Viejo’, un célebre jockey barcelonés de principios del siglo XX.

De padre farmacéutico de la calle Honda, “súper jerezano, jerezanísimo” que fue teniente de alcalde con Miguel Primo de Rivera y Urquijo, y de madre cuatrilingüe (castellano, inglés, francés y árabe) que se esconde junto a su padre en Gibraltar y Egipto durante la Guerra Civil, nace María del Carmen Albuín. Algunos la conocen como ‘Keka’ por ser la muñeca, “el juguete” de la casa, al ser la pequeña de siete hermanos. Dice que vino al mundo “como un regalito”. En un principio decide trabajar como farmacéutica o como periodista. Sin embargo, el fallecimiento de su padre en 1982, ligado a las leyes del gremio, hicieron que se olvidara de dicha profesión para encaminarse más por una senda creativa y colorida. Gracias a la libertad que le otorgan sus padres, se viste con trajes llamativos y rompedores desde pequeña. “Mis padres me dejaron hacer de todo. Los dos eran unos personajes y nunca se metieron en mis gustos, en lo que me ponía”, comenta la jerezana.

Su pasión por el diseño florece cuando su hermana Angelita le regala un pack de pintura con caballete, óleo, acuarelas… “Descubrí un mundo, un mundo precioso de colores”, rememora. Sería unos años más tarde cuando escoge materializar esos bocetos del papel al maniquí una vez que observa atentamente cómo Mari, la costurera de la familia, toma las diferentes medidas y patrones de los señores de la casa. “Me ponía con ella, a su alrededor, mirando lo que hacía y me ayudaba a inventarme los trajes”, incide, al rato que comenta una de las “locuras” que hizo con tan solo 9 años: “Cuando se casó mi hermano José Luis decidí ponerme un pantalón marrón y una casaca beige y marrón. Y recuerdo que le pedí a los Reyes un pantalón de ante con una cosa de flecos…”. Resalta que se vestía así porque le gustaba, no porque quisiera llamar la atención. “Ahora me he vuelto más clásica, más cómoda”. 
“Victoria, ¿tú has visto los trajes que quiere tu hija?”, le preguntaba resignado Jerónimo Albuín a su mujer, Victoria Jiménez. Nada, la niña, ‘Keka’, se ponía todo lo que le entraba por los ojos, aunque fuera un vestido de color verde pistacho con un azul grisáceo. Carmen, rodeada de telas en todo momento, ya que su madre abrió una boutique en una de las salas de su casa de la calle Tornería donde vendía vestidos de Courreges y Pertegaz -modisto que hizo el vestido de novia de la entonces princesa Leticia-, decide entrar en la Escuela de Diseño de Jerez de la calle Francos. “Me faltaba la técnica. Yo sabía dibujar, pero me faltaba plasmar”, comenta. Una vez que finaliza la academia, con 24 años, es cuando Carmen Albuín se convierte en diseñadora profesional. A partir de ahí, todo le va “como la seda”, nunca mejor dicho.

En 1992 gana el concurso para hacer los uniformes del proyecto Cádiz ’92 para la Exposición Universal de Sevilla, después de mostrar un boceto de una chaqueta cosida con 17 piezas que albergaba más de seis colores. En 1993 diseña la equipación institucional de la Bodega Harveys. Cinco años después se muda a Madrid y desde allí trabaja para la firma Hyundai y Schweppes, realizando para esta última una campaña de Ginger Ale. “Ese uniforme era de hadas, era precioso. Quería mostrar la dulzura… Unas sandalias doradas con taconazos, medias del mismo color que la bebida, una casaca con unas mangas japonesas, así doraditas pero totalmente transparentes, y debajo un bañador con un escotazo”, detalla. En el 98, un año después, diseña los uniformes de la equipación de Chrysler, acercándose cada vez más al motociclismo, ya que en 1999 es cuando hace doblete en el concurso de Repsol, consiguiendo diseñar tanto la nueva línea de uniformes institucionales como la de competición. Albuín subraya que siempre ha buscado la versatilidad y la funcionalidad en sus proyectos corporativos, además de que todo tiene que tener un sentido. “Hacer diseño de marca es muy distinto. Tienes que entender que la empresa debe resaltar sobre el resto, llamar la atención, y dar siempre una buena impresión. Y una de las ideas es que las azafas también entiendan la empresa como suya”, expresa.

Trabajando siempre desde cerca con ellas, con las azafatas… ¿Qué piensa sobre la objetivización y la sexualización de dicha profesión? “Ahora van a quitar a las niñas de la Vuelta Ciclista. Me parece una tontería. Creo que somos personas y cada uno tiene una función. ¿Qué te llama más la atención, un tío o una mujer mona? Todo depende de cómo vayan vestidos, de lo que hagan”, contesta, a lo que continúa: “¿Pero qué es más agradable para un sponsor? Tienes que pensar en eso. ¿Qué foto es mejor para un sponsor, qué te dé un beso uno, o unas niñas con un ramo de flores? Creo que como esta gente sigan así se van a quedar sin mucho dinero”. Carmen Albuín, que ha trabajado vistiendo tanto a azafatos como azafatas, ve “bien un cambio, pero en el que se compaginen ambos géneros”. “Lo bueno sería alternar”, concluye.

“Ahora van a quitar a las niñas de la Vuelta Ciclista. Me parece una tontería. Creo que somos personas y cada uno tiene una función”

La última firma con la que trabaja la diseñadora jerezana es con Telefónica, en el 2000, ya que por motivos personales decide pausar su vida profesional y dedicarse a la familiar. A día de hoy, 17 años después de dejar el diseño corporativo, confiesa que cree que escogió bien porque quizá la crisis de 2008 la hubiese eliminado del tejido empresarial. “¿Dónde empiezan recortando más? Pues en el presupuesto de imagen. Ahora las azafatas van con poca tela y si acaso van con un conjunto vaquero y ya. Las empresas ya no invierte en imagen y menos en la funcionalidad de las prendas”.

Si bien ‘Keka’ se desvincula de las empresas internacionales en el 2000, un año más tarde decide aventurarse a crear su propia firma de bolsos con el logo de un pájaro bajo el nombre de su apellido, Albuín. Destaca que sus diseños son cien por cien artesanales y jerezanos. Ella hace las acuarelas y una empresa de la ciudad confecciona a mano cada uno de los bocetos, con materiales nobles como seda, algodón, lanas, lonetas, serraje… Ahora se encuentra dibujando su colección de bolsos de playa y piscina, con elementos impermeables que encajen con el entorno. Sus monederos, mochilas y bandoleras son productos únicos y exclusivos que solo oferta en hoteles de Jerez y Gibraltar. ¿Su estampado favorito? “Todo lo que lleve colores. El dorado, plata… todo lo que signifique vida, porque la vida es de colores”, finaliza. 

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