Opinión

La inexorable existencia del periodismo: el relato de la colectividad

En la medida en que las personas necesiten (re)conocer-se en la colectividad y como colectivo, la existencia del periodismo será necesaria. El relato de lo que se fue y somos, así como la proyección futura de lo que se espera ser, es consustancial al desarrollo de las personas en una comunidad. Nuestro estatus como sujetos políticos se manifiesta en las democracias occidentales mediante la condición de ciudadanía. Esta inicial hipótesis, que se desprende del modo en que se recogen la libertad de expresión, de prensa y de pensamiento en el artículo 19 de la declaración de derechos humanos y en el artículo 20.1. a) y d) de la C.E., marcan el inicio de una reflexión necesaria para revertir la alienación como públicos generada por el desarrollo del capitalismo afectivo desde los años 80, del que han sido cómplices los medios de comunicación, sumidos en esa década en la fase de financiarización. 

La reproducción aséptica del salmo en torno al emprendimiento, como discurso constructor de una nueva subjetividad, contribuyó a justificar las políticas neoliberales como el único modelo de gestión económica posible y el desplazamiento del juego político democrático hacia la competencia de los partidos por el voto ciudadano, dado el convencimiento del “natural” egoísmo de los individuos. En este contexto, se llega a la crisis de legitimidad del periodismo, centrada principalmente, como ya indicara Pascual Serrano en Desinformación: cómo los medios ocultan el mundo (2009), en contar y/o contrarrestar lo que otros medios cuentan, pero no tratan lo que realmente sucede. Por tanto, la ciudadanía se siente alejada de y no se reconoce en lo que cuentan tales relatos. 

En consecuencia, ¿cómo revertir esta situación de deslegitimación de los medios de comunicación relacionada a su vez con el cuestionamiento de los representantes del poder político? Parte de la solución se vislumbran en las fórmulas de negocio aplicadas por los nuevos medios digitales nacidos durante la crisis financiera de 2008: eldiario.es, infoLibre.es o publico.es, y en los nuevos modos narrativos ensayados, como muestran La Marea, Píkara Magazín o El Salto. Estos proyectos periodísticos comparten dos rasgos significativos: por un lado, la vinculación de la defensa de un periodismo libre e independiente con la actitud activa de los públicos. Asumen, como ya describiera John Dewey en The Public and Its Problems (1927), que la afectación es el principio básico para que la ciudadanía quiera saberse informada, involucrarse y demandar participar en la reivindicación y búsqueda de soluciones posibles. 

Por otro lado, el sentirse afectado/a por tal realidad obliga a las personas a salir de sí mismas para encontrarse en lo público con los/as otros/as afectos/as. Luego, el segundo rasgo es la ruptura del marco hegemónico, es decir, de la equidistancia como enmarcamiento generalizado en que se presentan de forma habitual los hechos. Para dignificar a los/as afectados/as, el relato de los medios antes mencionados ensaya no sólo la contextualización de dicha realidad a partir del entrecruzamiento de las luchas locales con las transnacionales, sino también el reconocimiento de los cuerpos y las múltiples opresiones o violencias sufridas por razón de género, raza, clase, orientación sexual, etc.; así como la inclusión de las voces de los/as afectados/as, sin reducirles a la diferencia estetizada que dificulta ser “otro/a”, y así promover el estado de escucha en el resto de la ciudadanía.

De este modo, los nuevos medios y modos narrativos no sólo visibilizan las contradicciones del capitalismo afectivo y el activismo neoliberal, sino que sitúan a las personas en el centro del relato, asumiendo que su contribución al reconocimiento de la colectividad comprende una nueva forma de (re)significar los sistemas democráticos como modos de organización de la vida en común. Es aquí, en nuestro encuentro con el colectivo, donde el periodismo como relato de las subjetividades que habitan en común, recobra su certificado de existencia, ya que puede ser un instrumento útil para repensar los límites que se imponen a lo posible y lo pensable.

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