Paradojas de la vida

La historia de la histeria

Algunas palabras han tenido un devenir desgraciado. Y muchas de ellas han acabado significando vulgarmente algo distinto a lo que significó en su origen. De entre éstas, las hay que hace tiempo se emplean, incluso, como insulto. Es el caso del adjetivo, “histérico” o “histérica”.

En el siglo XIX, de la mano principalmente de Sigmund Freud, se explicó el trastorno nervioso de la histeria y se anotaron sus síntomas: episodios de conversión (trastornos motores, palpitaciones, convulsiones, parálisis, desmayos…), expresión exagerada de la emoción, facilidad para ser sugestionado por las circunstancias o por aquellos por los que siente interés, valoración exagerada de la cercanía e intimidad de las relaciones, hipersexualidad, erotismo y compulsión a la seducción, exhibicionismo, egocentrismo, preocupación desproporcionada por el atractivo físico mostrado como sencillez y naturalidad, necesidad de focalizar la atención de los demás, expresividad exagerada de las emociones o bloqueo afectivo, afectividad lábil, autoindulgencia, anhelo de ser apreciado, conductas manipuladoras… Actualmente, el manual de diagnóstico DSM V ha diluido la antigua neurosis histérica en los trastornos de conversión, en los de síntomas somáticos y en los trastornos de la personalidad histriónica.

En general, la persona histérica o histriónica tiene sobre sí misma una idea elevada. No solo sobre su capacidad de seducción aparentemente inintencionada, sino también sobre otros aspectos como la inteligencia, la cultura, la sagacidad, la laboriosidad… la sensibilidad, en general, y la sensibilidad artística, en particular.

Sin embargo, el mayor inconveniente de utilizar “histérica” o “histérico” como insulto es que obvia la consideración más importante: el hecho de constituir un trastorno. No se trata de una descripción moral sino patológica. Y, por tanto, está instalada en el sufrimiento. Reducirla a insulto es emplearla injusta e incorrectamente.

El componente social de las enfermedades hace que puedan ir evolucionando los síntomas mediante los que se expresan. Algunos episodios de lo que hoy conocemos como fibromialgia podrían constituir, en determinadas ocasiones, episodios de conversión, uno de los rasgos principales de la antigua histeria (lo que no significa, por supuesto, que no se trate de dolores intensos y reales, como lo son todos los síntomas psicosomáticos).

Además, aunque en su origen fuese considerada como una enfermedad femenina (“hystera” significa “útero”, en griego), es obvio que tiene su correlato masculino. Sin embargo, en el llamado histrionismo masculino (el donjuanismo) se hace más patente el narcisismo y la represión de impulsos latentes homosexuales. En general, el histerismo se sitúa en lo que Hegel llamó la dialéctica del amo y del esclavo: el amo, para satisfacer su egolatría y afirmarse como amo, necesita con tanta intensidad detentar un poder sobre el otro que termina por depender de él, es decir, en convertirse en esclavo de su esclavo. Antes de que esto suceda, la menesterosidad ególatra del histriónico encuentra otro objeto (sujeto) porque lo que le reporta “ganancia” emocional es el juego de la seducción. 

A diferencia de lo que sucede cuando convivimos con conductas obsesivas, con adicciones, con tristezas y ansiedades, las conductas antiguamente llamadas histéricas las solemos despachar con adjetivos descalificadores. Y no mostramos ante ellas, ni de lejos, la misma comprensión. Pero forman parte, al igual que las otras, de problemas emocionales en los que el sujeto se encuentra atrapado. Aparentemente pueden mostrarse como vistosos fuegos artificiales, pero en el fondo llevan aparejado su correspondiente nivel de sufrimiento y de soledad.

No sé si será por la visión patriarcal (como ahora se dice) o no, el caso es que al don Juan o al seductor Mañara ha acompañado tradicionalmente un halo de prestigio social; sin embargo, la neurosis histérica no tuvo buena prensa, como lo pone de manifiesto la connotación peyorativa de su adjetivo como sinónimo de teatrera, manipuladora y embaucadora sexual.

La historia de la histeria, mejor dicho, de la palabra que la nombra, es una historia desgraciada.

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