Sociedad

La gran cocina solidaria de La Yedra: “Mientras estás aquí dejas los problemas a un lado”

El proyecto, puesto en marcha por Cáritas en Estancia Barrera, proporciona alimentos y también formación como ayudante de cocina, además de un ambiente de convivencia y desarrollo personal

En un pequeño local de la barriada Estancia Barrera los fogones están a pleno rendimiento, huele a guiso y a comida recién hecha, pero lo más importante, es que en el ambiente se respira convivencia, esperanza y alegría, aunque solo sea por unas horas.

Hace seis años, cuando el país se encontraba sumergido en plena crisis económica, abrió sus puertas la cocina solidaria Esperanza de la Yedra, de la mano de Cáritas Parroquial de Madre de Dios, con una idea totalmente diferente a lo que se venía desarrollando hasta entonces en cuanto a cubrir la demanda de alimentos de las familias.

“Nos propusimos dar un paso adelante para favorecer la promoción y la dignificación de las personas”, señala Juan Carlos Mateos, coordinador del proyecto, “para que hubiera una posibilidad de que los vecinos no fueran solo a recoger diariamente los alimentos a la parroquia, sino que pudieran trabajar y así poder cocinar su propia comida”.

La iniciativa se puso en marcha con tres objetivos. El primero de ellos es que la cocina se convierta en un lugar de encuentro. “Esto favorece que vecinos que tienen una misma realidad, un problema que se hace común como es la necesidad de alimentos, origina que estas personas se conozcan y lleguen a establecer un compromiso entre ellos”.

Los vecinos acuden por necesidades alimentarias y aprenden a ser ayudantes de cocina. FOTO: MANU GARCÍA

“La palabra compromiso es muy importante en este proyecto” señala Juan Carlos, porque “la persona se tiene que comprometer a venir diariamente para elaborar el menú. De esta forma, se crea un compromiso juntos, trabajan en equipo y les viene muy bien porque, en la mayoría de los casos, son personas que llevan mucho tiempo desmotivados, sin recibir ofertas de ningún tipo, y esto les afecta en la motivación y la autoestima. Aquí todo eso se recupera. La cocina solidaria Esperanza de la Yedra les brinda esta oportunidad de realizar una labor y un trabajo diario”.

El segundo objetivo es la formación para una posible salida laboral. El hecho de estar cinco meses realizando labores de pinche de cocina, les ayuda a obtener formación en esta materia. Las personas que participan en el proyecto tienen que superar previamente una primera fase formativa en la que obtienen el certificado de manipulador de alimentos y también reciben un curso de Nutrición, otro de Prevención de Riesgos Laborales en Cocina y también un curso de Habilidades Sociales que les ayuda a la hora de mantener relaciones interpersonales. Toda esa formación se suma a los cinco meses de prácticas que están en la cocina, donde se les entrega también un diploma que acredita las 500 horas que realizan durante ese periodo de tiempo, y en el que se reflejan todas las tareas que han desempeñado en los fogones.

Las instalaciones de la Cocina Solidaria se ubican en un local de la barriada Estancia Barrera. FOTO: MANU GARCÍA

De hecho, a muchas personas les ha abierto las puertas al mundo laboral. El caso más reciente es el de una joven, vecina de Estancia Barrera, que tras los cinco meses trabajando en el proyecto cocina solidaria recibió la llamada de Ikea para entrar a trabajar en el restaurante de sus instalaciones en Jerez. Allí se encuentra empleada actualmente según nos cuenta Inma García, una de las voluntarias de la cocina solidaria desde sus inicios. “Vino muy ilusionada a contarnos la noticia y nos dijo que una de las razones por las que le habían cogido era por haber participado en este proyecto, porque cuenta con todos los certificados de la formación que ha recibido con nosotros y los cinco meses de prácticas”.

El tercer pilar del proyecto es la propia alimentación de las familias, ya que todos los días se elabora un menú, diseñado por una nutricionista y que cumple los cánones de una dieta rica y variada, que ellos se llevan a casa para que pueda comer toda la familia. Este menú consiste en un almuerzo y una cena para todos los miembros del hogar. Este menú se amplía los viernes, con vistas al fin de semana, para que puedan cubrir las necesidades del sábado y domingo, ya que la cocina solo funciona de lunes a viernes.

La materia prima procede, principalmente, de las donaciones tanto de particulares como de empresas. “Hay productos que tenemos que comprar, como son el aceite, la mayonesa, el pan rallado, pero el dinero para comprarlo también procede donaciones” señala Juan Carlos.

Cada familia se lleva a su casa un menú completo de almuerzo y cena para cada miembro del hogar. FOTO: MANU GARCÍA

Cada día se elaboran unos 45 menús para las doce familias que toman parte en el programa durante los cinco meses de duración. Los participantes se van turnando a razón de seis familias por semana y cuentan con dos voluntarias que monitorizan el trabajo.

Inma García no puede ocultar su emoción cuando nos habla de sus vivencias como monitora de la cocina solidaria desde su puesta en marcha. “Comencé en el proyecto para sustituir a otras voluntarias cuando hiciera falta y finalmente me quedé como voluntaria fija porque me encanta. Para mí ha sido todo un descubrimiento, es una experiencia muy gratificante, el contacto humano, estar con ellos y compartir tantas cosas juntos. Porque aquí compartes todo, estamos más tiempo nosotros juntos que con nuestras propias familias. Somos como una gran familia y cuando estamos trabajando en las cocinas pues salen cosas de tu vida, de la vida de los demás, escuchas sus historias. Es un trato muy personal y cercano”.

Las emociones afloran cuando hablamos con los propios participantes. Personas que acudieron en su día por una necesidad alimentaria y que hoy han encontrado en la cocina solidaria un lugar donde poder abrirse y desahogarse con sus compañeros. Uno de los ejemplos lo encontramos en Vicenta, vecina del barrio Estancia Barrera. “Trabajas tu propia comida, conoces gente nueva, nos llevamos muy bien entre todos y es una convivencia muy bonita. Yo me siento muy bien acogida. Además estoy aprendiendo mucho de cocina, porque yo sé guisar para mi casa, pero no es igual guisar para cinco que para cuarenta personas”. Para ella la cocina solidaria es una vía de escape de sus problemas del día a día. “A lo mejor entras por las mañanas cargada de problemas y, mientras estás aquí dejas los problemas a un lado y pasas una buena mañana. Aquí hacemos de todo, reír, llorar, cantar, bailar, nos contamos nuestros problemas y nos ayudamos los unos a los otros”.

La cocina solidaria ha sido para ellos un espacio de crecimiento personal. Javier reconoce que el proyecto le ha ayudado a abrirse a los demás. “Yo siempre he sido muy callado, muy tímido, con mucho miedo de hacer las cosas, cuando entré aquí apenas hablaba y esto me ha venido de lujo, sobre todo por las amistades que he hecho, ya no sólo por aprender, que aprendemos mucho, pero sobre todo me ha venido muy bien para soltarme a la hora de hablar con la gente. Las personas de mi entorno me han notado el gran cambio que he dado en ese sentido. Por eso, todo el tiempo que pueda estar aquí me viene bien”.

En estos seis años de vida el proyecto ha evolucionado y se ha ido abriendo a otras zonas de Jerez ya que, en un principio, estaba pensado para atender a personas del barrio, que acudían a la parroquia de Madre de Dios. Sin embargo, con el tiempo han ido ampliando su radio de actuación a otras zonas de la ciudad y, actualmente, participan personas que acuden a Cáritas en otras parroquias como San Pablo, ubicada en San Telmo, Cáritas de San Juan Grande o La Inmaculada. Además, este proyecto ayuda a la dinamización del barrio, según Juan Carlos Mateos, ya que “nos llegan también personas de la asociación de mujeres Manos Abiertas al Futuro, ubicada muy cerca de las instalaciones de la cocina, y también participan vecinos que nos llegan a través del Secretariado Gitano”.

Los voluntarios de la cocina solidaria, preparando comida. FOTO: MANU GARCÍA

La cocina solidaria conforma un crisol de culturas donde trabajan, codo con codo, personas de diferente procedencia, nacionalidad y costumbres. “Esto nos enriquece mucho, ya no solo para conocer otras culturas sino también recetas y platos de otros lugares” señala Juan Carlos. Recientemente han tenido en la cocina una joven de Senegal y ahora hay un participante de origen ucraniano y una mujer de Marruecos. “A ellos se les nota que se sienten orgullosos cuando nos enseñan recetas típicas de sus países, es muy enriquecedor en todos los sentidos”.

Precisamente, en ese enriquecimiento personal radica el verdadero sentido de este proyecto, “porque ves el cambio que estas personas experimentan en sus vidas diarias, los ves más felices, afrontan los problemas de otra manera”, explica Juan Carlos. Así es la cocina solidaria de Cáritas, un espacio de encuentro, de convivencia, de formación, pero, sobre todo, una gran familia.

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