Paradojas de la vida

La Florida en el paraíso

A propósito del libro Arquitectura y Arte en los pueblos de colonización de la provincia de Cádiz, de Ricarda López y Rosa Toribio

Siempre había tenido como verdadera una creencia que hoy descubro que es falsa: había dado por buena la crónica oficial de la fundación de La Barca de la Florida, según la cual fue una mañana de la primavera de 1948, cuando las autoridades del Instituto Nacional de Colonización del gobierno del diminuto general Franco, entregaron los títulos habilitantes de casas y parcelas a 86 colonos. Pero no es verdad. El primer asentamiento se produjo hacia 1934, según se data perfectamente en este libro, a instancias del Instituto de Reforma Agraria del gobierno republicano.

Más allá de datos históricos, en mi opinión, nunca ninguna ciudad se funda solo con un acto administrativo sino que son las narraciones legendarias, los relatos heroicos, los que dan sentido y sostén a su origen. Dos hechos anteriores, casi simultáneos, que ahora referiré, constituyeron, a mi entender, la narración mítica sobre origen del asentamiento de La Barca de la Florida.

Veinte años antes de la entrega de casas y parcelas, se finalizó en enero de 1927 el Puente Acueducto San Patricio para aprovisionar de agua potable a la población de Jerez de la Frontera. Obra de ingeniería del prestigioso ingeniero Eduardo Torroja y la primera de España en que se utilizó el hormigón pretensado.

En segundo lugar, la construcción del puente de hierro La Florida, también sobre el río Guadalete, finalizado en 1926, que sustituyó a uno anterior hecho probablemente con barcazas. La obra para salvar definitivamente el paso natural del río, desde la vega del Guadalete hacia las tierras de San José del Valle y de la serranía gaditana. En mi opinión, el acontecimiento que expresa simbólicamente el origen de nuestro pueblo.

Más tarde, en 1948, se llevó a cabo la construcción de nuestras casas de colonos. Así que se fundó oficialmente lo que ya estaba fundado.

Así pues, en la década de 1940 a 1950, comienza a gestarse la memoria de la primera generación nacida en La Barca de la Florida, asistidas sus madres probablemente por Isabel la partera, la mujer “que recogía a los niños”. Mi bisabuela materna.

Quiero decir que estos años y estos lugares constituyen el paraíso terrenal para la primera generación de barqueños: El camino de Residencia hasta el promontorio que corona la casa del Ingeniero, la misteriosa Dehesa del Boyal dónde dicen que vivían unos alemanes que no se relacionaban con nadie, la playa dulce de Bucharaque, el patio de la escuela donde los niños jugaban a los bolindres y a la pelota, los enormes tubos olvidados frente a la casilla del agua, el sonido de los cencerros de los cabestros junto al pilón, las calles sin asfaltar llenas de charcos, y las noches de tormenta alumbradas por las lámparas de carburo.

Y en esa construcción a medio camino entre los ladrillos físicos y los ladrillos espirituales, tuvo un lugar de privilegio la iglesia parroquial de San Isidro Labrador. Todas las celebraciones y todos los actos sociales tenían lugar en la iglesia: bautizos, comuniones, confirmaciones, bodas y entierros. La vida entera giraba en su entorno. Y también aquellas celebraciones que podían ser más excepcionales como el Sagrado Monumento del Altar (a donde acudían las muchachas con las mejores bandejas y jarrones de sus casas) o los Vía Crucis en las temporadas de las Misiones que nos reconvertían a la buena senda, por algún tiempo.

La iglesia era el escenario de los acontecimientos más significativos de nuestra memoria. Y, presidiéndolo todo, el retablo de su altar mayor. Aquella virgen azul, asunta al cielo, rodeada de angelitos y querubines. Nuestras grandes emociones y nuestros grandes recuerdos tienen ese luminoso y sagrado fondo azul.

Recuerdo las espléndidas mañanas de domingo cuando las campanas de la torre avisaban a la Misa de doce. Y salían los monaguillos con sus túnicas celestes que les habían confeccionado Isabelita y Angelita la Costurera, tan guapos y tan repeinados. Al fondo de la nave, junto al confesionario, se situaba siempre don Isaías Reyero. Y cuando el monaguillo se acercaba con el canasto de las limosnas, don Isaías le lanzaba monedas para encestarlas como si estuviera jugando al juego de la rana. Todo el mundo contenía una sonrisa y alzaba una mirada de resignación hacia lo alto. Cuando la Misa finalizaba, la gente se quedaba charlando en los soportales de la iglesia y salía don Andrés, con su máquina Werlisa Color y su perrillo de lanas, y nos hacía fotografías entre cigarro mentolado y cigarro mentolado.

Y el tiempo se alargaba y se alargaba y se alargaba. Y parecía que no tenía fin. Y los muchachos paseaban detrás de las muchachas, desde la casilla de Camineros hasta el puente, ida y vuelta. Y por las mañanas todo el mundo daba los buenos días. Y todos los hombres mayores se quitaban el sombrero o la gorra de faena y decían con su permiso. Y las puertas de las casas estaban abiertas. Y los niños cogían hojas de morera para los gusanos de seda o jugaban alrededor de la fuente de la plaza de la Artesanía. Y solo se oía el agua y solo se oían las risas.

Sabemos, al menos desde Marcel Proust, que la memoria que teje nuestra identidad personal está hecha de sensaciones, de sabores y aromas, de colores y sonidos. Para los que compartimos este paraíso terrenal, los que escuchamos los cohetes de Antonio Palomo o subimos al cerro de Garrapilos a coger madroños y palmitos, los que anduvimos poniendo perchas en la huerta del Coronel, o fuimos al cine Avenida o al cine Florida ver a la Sansona del siglo XX o una película del Tío la Manta, o nos empolvaron el cogote en la barbería del maestro Quevedo…para toda esta generación, este libro es un regalo impagable. Porque nos entreabre la puerta a nuestro yo más íntimo y a nuestra identidad compartida. Y nos revela el valor artístico del entorno real en el que crecimos.

Muchas gracias a Ricarda y a Rosa porque, para muchos de nosotros, nos habéis regalado algo más que un libro; nos habéis regalado un recuerdo del paraíso, blanco y limpio; el recuerdo del sonido alegre y antiguo de las campanas de un lugar imaginario, La Florida, que ya hace mucho tiempo que está fuera del tiempo.

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Un comentario

  1. Bienvenido sea este trabajo riguroso de Ricarda y Rosa. Y tienes razón, Sebastián. Un pueblo no nace sólo de un acto administrativo. Ahora también es el momento de reivindicar la vida cotidiana, esos olores, sabores, juegos, experiencias vitales que tu muy bien relatas, y que un grupo de mujeres me contaron hace ya más de diez años. Todo eso quedó escrito en un libro que tuve el honor de escribir: Al hilo de la conversación. El tiempo pasa y también esa aportación de las mujeres de La Barca de la Florida parece que ha quedado en el olvido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *