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La Feria del Caballo: un esfuerzo colectivo por mejorar

EDITORIAL.

EDITORIAL. Pasado, presente y ¿futuro? de una fiesta declarada de Interés Turístico Internacional.

Aseguraba, a preguntas de los periodistas, la exalcaldesa María José García-Pelayo que lo bueno que tiene la Feria del Caballo es que “está por encima de cualquier gobierno” y que “es la mejor del mundo”. Bueno, vayamos por partes. La Feria no puede estar por encima de cualquier gobierno, los gobiernos tienen que velar por el esplendor de la celebración y por adaptarla a cada contexto y a los cambios a los que empuja irremediablemente la sociedad. Ni la Feria era la misma cuando Miguel Primo de Rivera decidió añadirle el sobrenombre ‘del Caballo’ en los 60 del siglo pasado, ni era idéntica a la actual en el primer gobierno democrático tras el franquismo, ni se parece en nada a la que construyó Pedro Pacheco a finales de los 90. Todos hemos cambiado. La Feria y el modo de vivirla, también. La Feria necesita urgentemente de intervención y regulación municipal, más allá de mantener un año tras otro, y como buenamente se puede, lo que queda de todo aquello.

Pensamos esto, sobre todo, viendo cómo edición tras edición, y aquí entramos con la segunda aseveración que arrojaba la exalcaldesa Pelayo, la Feria cada vez es menos considerada por los que deberían de ser sus máximos defensores –los jerezanos- como “la mejor del mundo”. Si acaso lo hacen de boquilla o de puertas para fuera, pero en su fuero interno son conscientes de que no pueden apoyar tal hipérbole visto lo visto. Si acaso, a este ritmo de degradación, la pueden entender como una feria más de cuantas se celebran en territorio nacional. No tiene la culpa de ello este gobierno municipal, ni el anterior, ni al que éste sucedió. La culpa es de todos, las perdidas hay que asumirlas entre todos, y la reflexión constructiva para mejorar debe ser conjunta o no será.

Un ejemplo. Hace años que viene siendo un tema recurrente el asunto del subarriendo de casetas que, aunque está prohibido por la ordenanza municipal que regula la Feria del Caballo, es la tónica habitual edición tras edición en el ¿99,9%? de titulares de casetas. ¿No sería lógico dar carta de naturaleza a esta práctica y establecer una especie de contrato estándar filtrado por el propio Ayuntamiento donde queden recogidas las condiciones básicas y la responsabilidad de estos subarrendadores de casetas? Lícitamente vienen a hacer negocio —a veces abusando del limbo con el que asumen la responsabilidad y llevando a cabo pésimas prácticas—, pero, en paralelo, también a descargar del enorme peso de ‘echar la Feria’ a los titulares de estas casetas, que en la inmensa mayoría de los casos no podrían asumir tal empresa de apenas una semana.

Todos contribuimos, por inercia, a la decadencia de esta gran celebración, declarada de Interés Turístico Internacional, y todos, necesariamente, debemos ayudar a que luzca aún más atractiva, como el gran escaparate de la ciudad que simboliza

El propio responsable municipal de Urbanismo, Seguridad y Dinamización Cultural, Francisco Camas, afirmaba el año pasado en el pleno de mayo, a preguntas de Cs, que esta práctica era norma habitual desde hace décadas y quedó demostrado en el pasado que no funcionaba. “Recordaréis que en la etapa democrática cuando empezamos a asumir las hermandades y los hermanos un modelo distinto de convivencia y de subvención, ellos se hacían cargo de las casetas de Feria; eso se fue abandonando porque no funcionaba hace ya muchísimos años”, recoge por boca de Camas el acta de aquel pleno.

Si en el modelo actual de Feria es imprescindible que alguien con experiencia en el sector de la hostelería cubra la necesidad del titular de la caseta, ¿por qué no se regula? ¿Por qué no establecer las directrices por contrato único de todo aquello a lo que el responsable de la explotación de la caseta está obligado? ¿Por qué dejar al titular en un limbo y en total indefensión, o al albur de su mala suerte en la elección del subarrendador de la caseta, si esta práctica es común? ¿No se trata, al final, de regresar a eso que convinimos: que esta es la mejor Feria del mundo? ¿A quién le interesa esta mala imagen? ¿Qué pasa cuando un titular de una caseta con toda su buena voluntad adjudica la explotación del negocio a un tercero y en el ánimo de este solo está pasarse por el forro la anticuada ordenanza que regula la Feria? ¿No protege la ley a los arrendatarios de inmuebles para evitar problemas y conflictos con los inquilinos? ¿Por qué no se actúa decididamente sin dejar pasar ni una sola Feria más, acordando unas normas comunes de obligado cumplimiento al adjudicar y al explotar la caseta?

Entendemos a Pelayo, sabemos que cuando dice que la Feria del Caballo está por encima de cualquier gobierno, lo que quiere decir en realidad es que la Feria es un proyecto de ciudad y que, como tal, sus logros o fracasos, son patrimonio de todos. Para bien o para mal. ¿Y por qué bajo esa premisa no reconstruimos la Feria? Una Feria donde se regulen oficialmente los contratos de subarriendo de casetas, en la que haya precios máximos fijados, donde sea imperativo el flamenco y la música en directo, o en la que se erradique ese botellón masivo. Todos contribuimos, por inercia, a la decadencia de esta gran celebración, declarada de Interés Turístico Internacional, y todos, necesariamente, debemos ayudar a que luzca aún más atractiva, como el gran escaparate de la ciudad que simboliza. En suma, una Feria en la que prevalezca el espíritu que todos idealizamos que debe presidir esta fiesta grande jerezana.

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