Paradojas de la vida

La estupidez

“Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera”. A. Einstein.

La Real Academia de la Lengua define “estupidez” como “torpeza notable en comprender las cosas” y “dicho o hecho propio de un estúpido”. En mi opinión, a la definición de la Academia le falta la referencia intencional. Me refiero a que cuando el sujeto dice o hace algo estúpido, lo hace con una finalidad, con una intención. Para su beneficio personal. Y esta referencia intencional es imprescindible porque la distingue del simple error o equivocación, o de la mera debilidad mental. La estupidez es pretenciosa. El error, no. Sin embargo, la Academia se limita a señalar la torpeza en comprender como su única característica esencial. Creo que no es suficiente.

En general, para que podamos decir de una persona que, efectivamente, es estúpida deben suceder algunas condiciones:

—En primer lugar, el estúpido trata de servirse de sus opiniones para su propio provecho. Aunque, como dice Carlo Cipolla, los estúpidos son los únicos que pretendiendo siempre el bien propio, solo procuran desgracias para ellos mismos y para los demás.

—Sus opiniones abarcan todo el arco del conocimiento humano: desde los remedios para la flatulencia a las reformas del código penal. Cualquier cosa bajo el cielo estrellado es objeto de su lengua fácil. Todo cree saberlo y casi nada calla.

— El estúpido tolera mal que se discutan sus opiniones. Las defienden con un dogmatismo contumaz. Los ignorantes rebuznan, pero tiene el rebuzno cierta convicción honrada; los estúpidos, sin embargo, cacarean en falsete.

—Suelen mantener un tono profesoral y erudito, como sentando cátedra. Por ejemplo: “Como bien sabe la Historia, los españoles hemos emigrado cuando no hemos tenido más remedio, no como otros pueblos” o “Soy anticapitalista. No vacuno a mis hijos: las vacunas son un negocio del sistema financiero”. Adornan sus juicios con un pavoneo engolado a diferencia del que yerra de buena fe. El estúpido se exhibe y se embelesa consigo mismo. A veces, parece que atiende a razones y pone un gesto de gravedad y de preocupación, con la mano en el mentón. No te equivoques, está ejercitando la estupidez pasiva. Intenta hacer creer que está analizando argumentos y preocupado por la humanidad. Nada más lejos de su interés y de su capacidad.

—La mayor desgracia de la estupidez, sin embargo, es no ser autorreferencial. Cuando alguien ve una película, a la vez que la ve sabe que la ve. O cuando a alguien le duele una muela, a la vez que siente el dolor sabe que lo está sintiendo. Con la estupidez no sucede esto: ningún estúpido sabe que lo es. Cuando alguien se equivoca puede no saber que se equivoca, pero busca la verdad; si se olvida de ella y defiende el error con asnalidad entonces progresivamente se convierte en estupidez. La estupidez es como una sinrazón deseada.

—Tiendo a considerar que la estupidez no tiene grados. No sucede que encontremos a una persona un poquito estúpida. Salvo escasísimas excepciones, el estúpido es un perfecto estúpido. Redondo, acabado, cabal. La estupidez no suele tener grietas de lucidez ni de empatía. Ni hartura. Ni descanso.

—La estupidez es universal y está repartida entre el género humano sin ton ni son, y con generosa abundancia. Un estúpido puede ser rico o pobre, refinado o patán, joven o viejo, hombre o mujer… Su única querencia son las alfombras del poder. Por eso procuran la megafonía, para hacerse notar, con gran peligro de contagio entre nacionalistas de toda bandera, pregoneros, funcionarios sabihondos, meapilas de venerables cofradías y presidentes de comunidades de vecinos. De ahí el peligro social que representa otorgar un cargo a un estúpido y la dificultad intrínseca en evitarlo: el estúpido siempre se (auto)propone para el cargo vacante. Y va en todas las listas y en todas las profesiones.

—El estúpido no es un simple, ni un débil mental…la mayoría de estas personas suelen ser confiadas y bienintencionadas. El estúpido es muy desconfiado, altanero, adulador con el poder. No deja de ser estúpido casi nunca, pero no tiene la lucidez del malvado a secas.

Aunque me he referido a la estupidez en general, específicamente existen dos tipos: el lenguaraz o simplemente carajote y el prosopopéyico. El primero desempeña una estupidez activa, cacareando recetas de Fierabrás; el segundo, utiliza más la estupidez pasiva mediante el ritual de la nada para inflarse a sí mismo, para oler a incienso, con un rictus de desdén y falsa preocupación. Pero ser obtuso y ególatra los asimila a ambos.
Sobre la utilidad social de la estupidez hay una opinión mayoritariamente contraria de la que yo discrepo.

Opino que sufrir a un estúpido es algo muy útil. Quizás no con la sobreabundancia de la que gozamos en nuestros días y en nuestro país, es cierto. Pero soportar a un bloguero, un youtuber, un jefe, un concejal, un policía local o un presbítero estúpido es algo inapreciable porque te enseña, día a día y gratis, un pozo insondable de cuadraturas circulares, de reformas absurdas y de soluciones imposibles. Si tienes la suerte de tener a un estúpido cerca de ti (o en televisión, en Sálvame de luxe o alguna tertulia contraria a toda tertulia, en la que nadie escucha a nadie), entonces tienes una mina. Cuídalo. Es verdad que, a veces, tendrás ganas de estrangularlo, pero debes resistir esa solución fácil. ¿Qué mejor modelo vas a encontrar de lo que no debes ser?

Para ilustrar este pensamiento sobre la estupidez, recomiendo la lectura del divertido librito de Carlo Cipolla, Las leyes fundamentales de la estupidez humana y escuchar la chirigota del Selu, Los enteraos.

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