Opinión

La España sádica de Vox, Rivera y Rajoy

Dice la Biblia que “el que perdona cultiva el amor y el que insiste en la ofensa, divide”. Este versículo se lo tuvieron que saltar, quizás conscientemente, el retrógrado grupúsculo de ultracatólicos que manejan y gobiernan el país. Llámese Rajoy, Zoido, Rivera, Santiago Abascal, Felipe González o Llanera. Da lo mismo, todos alimentan la vengaza, el sadismo, la represión, la pervesión democrática; el odio. Con la nueva hornada son ya decenas los presos políticos catalanes que permanecen entre barrotes por desarrollar su actividad ideológica. Alejados de sus familias, maltratados por unos vengativos y violentos cuerpos de seguridad, desarticulados políticamente, y, en definitiva, humillados, se enfrentan como pueden a los continuos embistes del Partido Popular desde el aparato judicial y al despiadado escarnio de Albert Rivera y Vox, más unidos que nunca en sus tuits, siempre crueles, presumidos, autoritarios y vengativos.

El odio de la extrema derecha coincide con el silencio cómplice del partido socialista, muchos de nuestros padres y de algunos actores de izquierdas que desean pasar la página del asunto catalán. No se dan cuenta de que el silencio que hoy conserva sus votos será la tumba de la libertad del mañana. La élite erdoganiana y voxera aplasta día tras día a la disidencia de un modo que debe causar estupor a cualquier demócrata y que ya lo está haciendo en gran parte del extranjero. Con la sempiterna complicidad del rey hooligan y de los diarios generalistas, representados perfectamente por El País y su director, Antonio Caño.

Mientras Rato, Urdangarín y Bárcenas siguen en la calle y Cifuentes se agarra a su sillón, algunos políticos —subrayo lo de algunos— que solo han utilizado las palabras y que jamás han robado duermen encarcelados a la espera de un juicio previsiblemente injusto y maniatado. También encierran a raperos y activistas. Mientras destrozan familias para siempre, secuestran nuestro estado de derecho, manipulan el poder judicial, denigran un sentimiento —el independentismo— y aplauden un insólito viacrucis político, preparan sus mejores chaquetas y mantillas para lucirlas la próxima semana. Se hacen llamar cristianos.

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