Opinión

La derrota

Eugeni recuerda esa noche de infancia con la emoción y la tristeza absolutas que solo son posibles en un niño. No pudo ser y el silencio se abrió paso.

Eugenio tenía 9 años aquel 16 de junio. Los acababa de cumplir. El calor del verano incipiente de 1957 ya se había comenzado a notar a orillas del Mediterráneo. Aquella tarde, su bufanda blanquiazul parecía más reluciente que nunca; casi llegaba más abajo que el largo de sus pantalones cortos. Estaba convencido de que sería un día memorable en el Olímpico de Montjuic —hoy renombrado también Lluís Companys—. Aquel estadio no era el feudo habitual de sus tristezas y alegrías. El pequeño Eugeni conocía bien otro camino, el que llevaba a la plaza Ricardo Zamora, a la ‘Bombonera’, a su Sarriá. Aquella era desde los años veinte la casa del equipo de sus amores y allí es donde él lo había conocido. ‘Sociedad Española de Foot-ball’ se llamó al nacer, allá por 1900; aunque él comenzó a vivirlo ya bajo el nombre de Real Club Deportivo Español, el que tenía en 1957 y el que mantiene en nuestros días. Ese 16 de junio era diferente. Su equipo se enfrentaba al Barcelona en la Final de la Copa del Generalísimo —la del Rey de hoy— y el milagro estaba al alcance. 

Joan vive en Torres de Segre, un pueblo de la comarca del Segriá, en Lleida. En el carné de identidad, se acerca a los setenta. Tiene un tractor, vive del campo. 10 de octubre era la fecha que grabó a tinta en su bandera. 2017, al fin, el año. Aquella mañana, bien temprano, decidió aparcar la faena y subirse al coche. Le esperaban unas dos horas de autovía hasta Barcelona. Llevaba un par de bocadillos, una chaqueta para el fresco de la noche y la cámara de fotos. Iba solo. No estaba seguro de la hora de regreso aunque le importaba bien poco. Tenía una cita con la Historia.

Eugeni es un perico, lo fue desde que nació —como él suele decir— y lo es más pese a todo cada día. Los aficionados del Espanyol son conocidos así desde la década de los treinta. Cuando en 1929 se estrenó en España la famosa creación de Pat Sullivan Félix el gato, esta se tradujo en catalán como “gat perico” (gato periquito), y se empezó a denominar a los seguidores del club de Sarriá como els quatre gats pericos (los cuatro gatos pericos), en sorna por el escaso número de socios de la entidad. Síntoma de clase eso de hacer propio y llevar a gala lo que otrora fue signo de debilidad y mofa. Los pericos son de otra pasta. Aquel 16 de junio de 1957, la Copa estaba a tiro y los blanquiazules vivieron con agitación cada paso hacia el estadio, cada vítor en la grada, cada ¡huy! en el que se iba el alma. Vivieron y vibraron hasta el minuto 79, ese en el que Sampedro abrió el marcador para dar la victoria a los culés. La derrota, una vez más. Eugeni recuerda esa noche de infancia con la emoción y la tristeza absolutas que solo son posibles en un niño. No pudo ser y el silencio se abrió paso.

Joan pasaba las horas de su 10 de octubre más inquieto que nunca. Llegó temprano a la ciudad condal y paseó por algunos lugares de culto: Sant Jaume, Canaletas, el Camp Nou —Joan era culé en el vientre materno— y el Parc de la Ciutadella. Este último enclave era la destinaçió. Desde allí esperó la hora señalada y una hora y media más. Cuando su president comenzó al fin a hablar, él afianzó el nudo de la estelada vermella al cuello. Cuando terminó su intervención, Joan había experimentado la emoción y la tristeza al unísono que solo son posibles en un adulto. Esperar un no sé qué sin saber por qué hasta no se sabe cuándo. No pudo ser y el silencio se abrió paso.

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