Cultura

La conspiración de los cocodrilos (8)

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas 'La conspiración de los cocodrilos' de Germán Fonteseca

Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra.

En la entrega anterior…

Colin Byrne descubre que han instalado cámaras y micrófonos en su casa, y decide dormir en un hotel. Ese comportamiento de sus enemigos y lo advertido por su ex compañero de instituto le llevan a plantear a su mujer que la familia abandone Francia y busque refugio en la Patagonia chilena. De camino al aeropuerto oyen en la radio del taxi la grave acusación que pesa sobre él y concluyen que solo Odette y Dafnèe pueden abandonar el país. Colin no puede acercarse siquiera al control de pasaportes porque sería detenido de inmediato.

17

Colin se alejó de ellas muy nervioso. En cuanto estuvo a pocos metros, rompió a llorar, ocultándose como pudo entre unos paneles publicitarios. Después, intentando serenarse salió fuera del vestíbulo y caminó de un lado a otro por el acerado, viendo cómo decenas de coches se detenían unos instantes para dejar a pasajeros cargados con gruesas y pesadas maletas.

De repente sintió unos toquecitos en el hombro y se volvió asustado.

Sophie, una amiga de su mujer, que fue una destacada alumna de su estudio de dibujo y pintura y a la que no veían desde hacía muchos meses, le sonreía amablemente.

—¡Oh! ¡Voila! Uno de los hombres más famosos de Francia… ¿Cómo estás Colin?, ¿vas o vienes de viaje? ¿Y Odette? ¿No está aquí contigo?

—Hola —acertó a balbucear Colin— ¿Cómo quieres que esté con todo lo que me está pasando? —respondió.

—Fenomenal. ¿Estás contento entonces, claro?

—No te entiendo Sophie. No sé por qué te burlas de mí.

—Perdón. ¿He dicho algo que te haya importunado?

—¿Hablas en serio?

—¡Pues claro! ¿Te he molestado felicitándote?

—¿Pero tú no sabes lo que están diciendo de mí?

—No. ¿Qué dicen? He estado fuera de vacaciones unos días, en Isla Reunión y acabo de aterrizar… Cuando me fui eras el hombre más famoso de Francia. Tu libro arrasaba en ventas. ¿Qué ha pasado?

—¡Joder! ¿Entonces no sabes nada de nada? Me han hundido la vida Sophie. Me han desprestigiado como economista. Y hoy, hoy… —empezó a decir antes de taparse la cara con las manos y sollozar.

—¿Cómo? ¿Qué dices Colin? ¿Y hoy? ¿Qué ha pasado hoy?

—Me han acusado de un delito muy grave… ¡Y no es verdad Sophie! ¡No lo es! ¡Es todo mentira! ¡Una calumnia!

—Pero, ¿por qué todo eso? ¿Por qué te acusan?

—Porque lo que digo en mi libro es verdad, hay una conspiración para provocar una nueva crisis y acabar con el estado del bienestar en Europa, Sophie. Y lo que iba a desvelar en el segundo libro era cómo lo iban a hacer, todos sus pasos, uno a uno…

—Es horrible Colin. Es horrible lo que me estás diciendo. ¿Y Odette? ¿Dónde está? ¿Qué dice ella?

—Odette se acaba de ir de Francia con Dafnèe…

—¿Cómo? ¿Te ha dejado? ¿Se ha llevado a la niña? —le interrumpió.

—No, no, no es lo que piensas. No se quería ir, he sido yo el que la he obligado. Nuestra vida corre peligro, la de ellas también y las he obligado a irse de Francia.

—¡Pero qué dices Colin!

—¡Es verdad Sophie! ¡Te juro que lo que te estoy diciendo es cierto!

En ese instante un hombre alto y de pelo rubio, que había detenido un Mercedes en doble fila unos metros más adelante, gritó el nombre de Sophie haciéndole señas con la mano. Ambos miraron en esa dirección. Sophie correspondió al saludo.

—Es  Serguéi, mi pareja…

—¿Tu pareja? 

—Sí. ¿Desde cuándo no nos vemos? ¿Hace año y poco, no? Pues Serguéi y yo llevamos juntos casi un año… ¿Tienes como volver a París? ¿Te llevamos a algún sitio? —le preguntó Sophie.

—No quiero molestaros, no sé…

—¡Vente y nos cuentas lo que ha pasado! A Serguéi le interesará saber todo eso. Es periodista.

18

Odette hacía cola frente a las dependencias de la policía de frontera. El paso ante los funcionarios que comprobaban el pasaporte era lento y el par de minutos que llevaba esperando su turno se le estaba haciendo interminable. Dafnèe, a su lado, sujeta por su mano derecha que descansaba sobre el hombro de la pequeña, no dejaba de mirar para atrás, con la esperanza de que su padre cambiase de opinión y se uniese a ellas en cualquier momento.

Por eso, cuando el funcionario se incorporó ligeramente en su silla para verla bien y comparar la foto que figuraba en el pasaporte con la imagen de la menor, se llevó un pequeño susto. No se había dado cuenta de que ambas, ella y su madre, estaban ya ante al mostrador de control de pasaportes.

El policía miró un instante la pantalla del ordenador y manipuló el ratón para ver mejor algo que había en ella y que Odette no podía ver.

—Un momento señora Ferrière. Me deja también sus billetes y la autorización notarial del padre con su consentimiento para la salida de la niña. (…) Puede esperar aquí al lado —dijo antes de hacerle una seña a un compañero para que se acercara y entregarle la documentación.

—¿Algún problema con los papeles? —preguntó Odette intentando que no se notara su nerviosismo.

—Ninguno, es solo una pequeña comprobación —respondió el agente que siguió su rutinario trabajo dando paso a otros viajeros.

El funcionario que llevaba en sus manos los pasaportes, la libreta de familia, y la autorización notarial de Colin para que la niña viajase solo con su madre, entró en un despacho colindante al mostrador.

Pocos segundos después salió con ellos en la mano y se los entregó directamente a Odette.

—Muchas gracias por su paciencia señora Ferrière. Pueden continuar. Buen viaje.

Odette avanzó unos metros y miró hacia la puerta del despacho en el que había entrado con sus documentos el policía. No vio gran cosa, solo a un hombre trajeado hablando por teléfono.

19

Colin se acercó al Mercedes siguiendo a Sophie que arrastraba una maleta grande y otra más pequeña encima de ésta.

El hombre alto y rubio avanzó unos metros y le cogió ambos bultos para meterlos en el maletero que previamente había abierto. Mientras lo hacía se fijó en el acompañante de su novia.

—Serguéi, este es Colin, el marido de mi amiga Odette. ¿Te acuerdas? Mi profesora de pintura de la que te he hablado tantas veces —explicó Sophie, mientras se fundía en un abrazo con él y le estampaba dos cariñosos besos.

—El ruso se mostró contrariado. En su rostro fue visible una mueca de disgusto.

—¿Va a venir con nosotros? ¿En el coche? —preguntó sorprendido, permaneciendo al lado del maletero, ya cerrado, sin intención ninguna de abrir las puertas.

—Sí. ¿Te importa? 

—Amor, ¿no sabes quién es…? ¿No sabes lo que ha pasado? —dijo mientras, con la mirada,  buscaba a la policía en los alrededores.

—Sí. Sí, lo sé. Me lo acaba de decir.

—¿Y te da igual? ¡No podemos llevar a un delincuente en el coche!

Colin hizo ademán de marcharse. Sophie le retuvo del brazo.

—Cariño, escucha. Me acaba de decir que todo es mentira y le creo. Lo conozco desde hace muchos años. A él y a su mujer… Nos va a contar qué ha pasado en el coche.

—¡Le está buscando la policía! ¿Lo sabías? ¡Por pederasta!

Sophie puso cara de asombro. Por su expresión no pudo negar que ese detalle lo desconocía.

—¡Es falso! ¡Todo es falso! ¡Es un montaje! Han intentado matarme y como no han podido quieren destruirme con calumnias horribles como esa —dijo sollozando Colin.

Serguéi lo miró atentamente unos segundos. Después pulsó el mando a distancia y abrió las puertas del coche.

—¡Sube! —le dijo a él— ¡Vámonos! —a su novia.

Licenciado en Lingüística y Comunicación Intercultural con la especialidad de francés e inglés por la Universidad Estatal Mijaíl Lomonósov, y con un grado en la Escuela Superior de Televisión de la misma universidad moscovita, Serguéi Vasílievich era el director de informativos del canal de noticias RT Française, emisora de televisión del Gobierno de la Federación de Rusia, con sede en Moscú, que transmite vía internet, cable y satélite.

—De modo que todo es falso —dijo nada más arrancar el coche.

—¡Absolutamente falso! —respondió Colin— aunque no sé cómo demostrarlo…

—¿Sabes que soy periodista? ¿Te lo ha dicho Sophie?

—Me acabo de enterar. Hace más de un año que no nos veíamos, desde que empezó a trabajar en vuelos internacionales y dejó la academia de pintura de mi mujer.

—Pues sí. Soy periodista. ¿Sabes dónde trabajo?

—No, no se lo he dicho. No nos ha dado tiempo de hablar casi nada antes de que llegaras —intervino Sophie.

—Pues trabajo en RT, una marca de la agencia de noticias Novosti, que se ha convertido en pocos años en un medio de información alternativo para muchos ciudadanos occidentales, al descubrir en nuestros noticieros un enfoque diferente de los hechos que, muchas veces, es más coincidente con la realidad que las noticias ofrecidas por vuestras televisiones nacionales. Trabajamos con canales en cuatro idiomas: el inglés que salió al aire en 2005; Rusiya Al-Yaum, en árabe, fue el siguiente en 2007; el español se inauguró en 2009; desde 2010 tenemos RT América, que se centra en Estados Unidos; también desde entonces existe  RT UK, que trabaja en el Reino Unido, desde Londres; RT Deutsch nació en 2014; y, finalmente, hace muy poco, en diciembre de 2017, surgió RT France. De modo que si hay una conspiración contra ti por haber descubierto una trama dispuesta a provocar una nueva crisis económica en Europa, y tienes algo que lo demuestre, me interesa.

—La documentación que sustenta todo lo que he dicho en mi libro está en dos pendrives que están a buen recaudo  —dijo Colin sin desvelar que los llevaba encima.

—¿En su casa?

—No, si estuvieran en mi casa no tendría acceso a ella porque debe estar vigilada por la policía. Antes lo estaba por quienes me siguen para matarme. Odette y Dafnèe, mi hija, han estado viviendo unos días en casa de una amiga. Y yo llevo casi una semana en un hotel, al que ya tampoco podré volver.

—¿Quién quiere matarle señor Colin? —preguntó el ruso.

—Agentes del servicio secreto del Vaticano.

—¿Me está usted tomando el pelo? ¿Pretende que me crea semejante estupidez? Me acaba  de decir en menos de cinco minutos que tienen documentación que demuestra una conspiración contra el sistema económico establecido, que no es usted un pederasta, y que le busca el servicio secreto del Vaticano para matarle… ¿Se da usted cuenta de lo que me ha dicho desde que se ha subido en este coche?

—¡Naturalmente! No estoy loco señor…

—Vasílievich, Serguéi Vasílievich —respondió el ruso.

—No estoy loco señor Vasílievich. No soy un estafador. No soy un pederasta… ¿Qué le parece esto? —dijo buscando en su mochila una bolsita de plástico en la que llevaba una diminuta cámara de vídeo— pues estaba en el altavoz de mi equipo de música. Me di cuenta porque interfería con el teléfono.

El ruso alargó la mano y cogió el pequeño artilugio.

—Un artefacto curioso e interesante. Dice que no tiene donde ir, ¿verdad?

—Así es. No sé, sinceramente, dónde voy a pasar esta noche.

—¿Le invitamos a que se venga a casa? ¿Qué te parece Sophie?

—Si tú lo ves bien, yo no tengo inconveniente…

—Ya lo ha oído. Tiene techo y cama esta noche, a cambio me tiene que contar esa historia con todo detalle.

Serguéi y Sophie vivían en un precioso chalé de dos plantas, con aires de cabaña, situado a veinticinco kilómetros al noroeste de París, en la localidad de Maisons – Laffite, una de las ciudades residenciales más tranquilas de la capital, en la margen izquierda del Sena.

Su vivienda, ubicada al borde mismo del bosque de Saint – Germain en Laye, —una masa forestal de tres mil quinientas hectáreas de robles y hayas— constaba de dos plantas con tejado de pizarra a dos aguas. El nivel superior, al que se accedía por una escalera de madera, albergaba un baño y tres dormitorios de grandes ventanales, y una amplia terraza común a dos de ellos. El tercero también disponía de su propia balconada que daba al jardín trasero, un espacio muy cuidado, lleno de parterres con rosales y otras plantas con flores; también había macetones con una buena variedad de cactus.

La planta baja tenía un funcional salón con chimenea, un despacho usado indistintamente por Serguéi y Sophie, un aseo, y una cocina enorme con comedor.

Al igual que la planta superior, los amplios ventanales permitían la entrada de luz a raudales. Su estructura de gruesas vigas de madera, confería a la edificación, pese a su notable tamaño, el aspecto de cabaña del bosque, sensación incrementada por un  extenso jardín delantero con rosales y un par de árboles de cierta envergadura: hayas con sus buenos cincuenta años o más, que habían sido acertadamente respetadas por el constructor de la vivienda.

Durante la preparación de la cena, a base de pollo guisado al vino tinto, con chalotes, patatas, jamón picado y champiñones; y una ensalada de lechuga, tomate, cebolla morada, aceitunas negras, pimientos verdes y rojos cortados a finas rodajas, anchoas y huevo duro, labor en la que colaboraron los tres, la conversación fue muy variada.

Colin se interesó por el trabajo de Sophie como tripulante de cabina de Air France en su nuevo destino de vuelos internacionales, Serguéi preguntó a su novia por unas vacaciones de las que no pudo disfrutar por su trabajo, y Sophie respondió a uno y a otro, y quiso saber cómo se había tomado Odette aquel tremendo problema y su precipitada salida de Francia. Ya a la mesa, Serguéi fue directamente al asunto que los había reunido.

—Antes de que me cuentes los detalles de toda esta, no sé cómo llamarle, ¿aventura?, ¿tragedia?…

—Llámalo como quieras, ni yo mismo lo sé.

—Pues, como digo, antes de que hablemos de ese asunto me gustaría saber qué tienes pensado hacer, ¿cómo vas a salir del atolladero en el que te encuentras en este momento? La policía te busca. Esta noche vas a dormir aquí en esta casa. Si te hubiesen seguido y llamaran a la puerta ahora mismo podríamos decir que no sabíamos nada de tu búsqueda. Sophie acaba de aterrizar después de varios días en Isla Reunión, a más de 5.000 kilómetros, y yo puedo argumentar que llevo todo el día encerrado en casa trabajando en un reportaje, cosa que además es verdad. Pero, ¿y mañana, o pasado mañana?

—No sé lo que voy a hacer. La acusación de un delito tan grave es algo que nunca sospeché que pudiera pasarme. Imaginaba cómo escapar de una mafia que me perseguía desde la clandestinidad. Eso me dejaba margen de actuación. Pero esto que ha pasado hoy es nuevo, completamente inesperado, y aún no sé qué hacer.

—¿Has pensado en entregarte? Si eres inocente, y yo lo creo, la verdad debe prevalecer, ¿no? —intervino Sophie.

—No, no me voy a entregar. En el taxi oí en la radio que han entrado en mi casa y han encontrado mi ordenador portátil con fotos de menores… ¡Han encontrado en mi casa el ordenador que me robaron hace casi dos semanas! ¿No os dais cuenta? Me han tendido una trampa y no sé si la policía me creerá. Es más, he llegado a pensar que puede haber policías que estén colaborando con esa gentuza para acabar conmigo.

—Pero, si no tienes donde ir, ¿cómo vas a vivir? ¿Qué piensas?, ¿huir de Francia?

—Sí. Algo así, aunque todavía no sé cómo hacerlo.

—Pero, ¿a dónde? No podrás ir a ningún país de la Unión Europea…

—Eso está por ver. Si es cómo pienso, si se trata de una trama en la que están metidos algunos policías, no solicitarán esa orden de detención europea.

—En eso puedes tener razón. Si es como dices, no habrá Euroorden… pero, ¿cómo saberlo? ¿Tienes un abogado que pueda hacer esas gestiones por ti?

—No, no lo tengo.

—Yo podría hacer alguna consulta en ese sentido. No personalmente, porque no quiero vincularme al tema antes de tiempo, pero sí a través de un amigo de la embajada —dijo Serguéi— Si lo que nos has contado antes es tal y como dices…

—Lo es, ¡os lo juro! —interrumpió Colin.

—Espera, espera… tienes que entender que no te conozco de nada. Sophie ha dado la cara por ti en el aeropuerto y ahora estamos empezando a hablar,  tienes que comprender que tenga ciertas dudas…

Colin aceptó con un gesto.

—Pues si todo es como dices, será fácil saber si hay una trama organizada, porque las medidas cautelares que dicte el juez deben indicarlo. Su señoría pedirá una Euroorden en el momento que la policía le informe que has huido de Francia. Si permaneces desaparecido y no le informan, será señal de que hay un coup fourré (gato encerrado).

Colin se levantó de la mesa, metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó un monedero. Se sentó, lo abrió y extrajo un pendrive que dejó encima del mantel, a su lado.

—Cuando terminemos de cenar podemos ver el contenido, si os parece.

—Por supuesto. ¿Es lo que me imagino?

—Son los documentos sobre los que me he basado para escribir mi libro. Y algunos audios de conversaciones de reuniones celebradas hace solo un año, donde se dice claramente cuál es la intención de los miembros del club.

—¿Estuviste presente en el encuentro de Turín el año pasado? —preguntó Sophie.

—Estuve en Turín, pero no en el Marriot AC Hotel. La realidad actual no es como la presentan los grandes medios de comunicación. La reunión anual a la que invitan a personajes y personajillos de segunda fila de algunos gobiernos europeos,  no es más que un encuentro descafeinado de líderes políticos y económicos que, muchas veces, sobre todo en los últimos años, ni lo son. La cita conocida públicamente sirve como reclamo para la prensa y la gente. Es una forma de llamar la atención sobre un lugar y un orden del día que no es el importante. No voy a decir que no sea real, porque sí lo es. Es cierto, se reúnen, hablan y discuten sobre los temas propuestos que previamente la prensa ha anunciado; pero, de forma paralela, en salones que no son los del hotel al que miran todos, un reducido número de personas, que no siempre son conocidas, intercambian opiniones y deciden actuaciones que, en algunas ocasiones son, incluso, contradictorias con las que se obtienen en el gran debate sobre el que está el foco mediático.

—Muy interesante. Entonces estuviste en esa otra reunión paralela y secreta…

—Tampoco. Acompañé como ayudante, al jefe de gabinete del consejero delegado de la empresa en la que entonces trabajaba, una persona cuyo nombre me vais a permitir que mantenga en secreto, al menos de momento. Obviamente me estoy refiriendo a mi último trabajo en la banca de inversión. Las reuniones de este foro se celebraron, como todo el mundo sabe, durante cuatro días. Pues bien, el encuentro secreto tuvo lugar la noche del sábado. El viernes por la noche supe que había una cena, a la que solo asistirían media docena de personas, entre ellas el consejero delegado del banco. El encuentro se iba a celebrar dentro de los muros del Vaticano pues, al parecer, el Santo Padre estaba interesado en hablar con alguna de aquellas personas. De hecho, el secretario de Estado del Vaticano estaba participando de las reuniones, digamos oficiales, del club. Eso sí se filtró a la prensa. A última hora de la tarde el consejero delegado y su hombre de confianza se marcharon, entregándome este último un ordenador portátil que, en principio, se iban a llevar al encuentro, pero que, por algún motivo que desconozco, descartaron instantes antes de subirse en el coche que los trasladaría al Vaticano. Lo único que tenía que hacer era subirlo a mi habitación y guardarlo hasta que, al regreso de la cena, me lo pidiesen. Y eso fue lo que hice, subir el maletín a mi dormitorio. No se me ocurrió encender el ordenador. Sé que hay software que registra y conserva lo que se abre o cierra en una sesión. Y, si mi jefe era de los que extreman la seguridad, probablemente descubriese que había estado trasteando en el ordenador. Pero al ir a depositarlo en uno de los estantes del armario vi algo raro en una de las costuras laterales del maletín.  Me fijé con detenimiento y descubrí que era falsa. Simulaba una costura pero en realidad no lo era. Al presionar con la mano sobre ella se abría, dejando al descubierto un minúsculo bolsillo del tamaño de una libretita pequeña. Sorprendido, introduje los dedos y saqué dos hojitas plastificadas que contenían líneas con letras y números formando grupos de no menos de doce caracteres. 

—La clave de algo, me imagino —adelantó Serguéi.

—¡Efectivamente! Eso fue lo primero que pensé. De todas formas eran muchas, muchísimas. El método más rápido para conservarlas era hacerles una foto con el móvil, y eso hice, devolviéndolas a su compartimento secreto. En otro lugar y con tiempo, pensaría en cómo desentrañar la clave o claves, porque tras observar un par de minutos las  fotos, llegué a la conclusión de que no era una sola y larguísima clave, sino varias.

—Supongo que nos vas a decir que lograste descifrarlas.

—Sí. Siempre he sido aficionado a resolver problemas matemáticos. De joven, incluso, competía con un amigo a ver quién solucionaba antes enigmas de este tipo —dijo recordando a su compañero del liceo Jean Françoise Dupin— de modo que, acabada la cumbre y de nuevo en Londres, de vez en cuando, en casa, paseando, delante de la televisión e incluso mientras estaba en el cuarto de baño, le di vueltas y vueltas a las dichosas fotos. Lo primero que descubrí es que todas seguían un patrón, repitiéndose algunos números, y algunos conjuntos de letras. Después, que los números eran fechas escritas al revés, tanto las cifras del día y el año, como las letras del mes. Más tarde, siguiendo este mismo esquema, supe que también contenía marcas o modelos de ordenadores. A partir de ahí lo tuve claro. Una clave completa desvelaba la marca de un ordenador y una fecha. Resumiendo, para no hacer larguísima esta explicación. Las tarjetitas contenían las claves para abrir determinados ordenadores de la compañía y, una vez dentro de estos, identificar carpetas concretas.

—¿Y los abriste? Los ficheros, me refiero…

—No. Los copié en un pendrive, poco a poco. Los ordenadores, una vez que los tuve identificados, eran muy pocos, apenas media docena, por eso se repetían tantos caracteres. Todos ellos estaban ubicados en lo que llamábamos la planta noble, la última del edificio, la de los jefes, una por encima de la que trabajaba.  Dado que yo no tenía llave de la puerta que abría ese ala del edifico, una noche la pasé casi entera simulando ante el vigilante de seguridad que tenía mucho trabajo atrasado. El hombre, incluso, se compadeció de mí y me trajo un par de veces café. Esa noche estuve anotando sus costumbres llamándome la atención que en sus rondas, cada hora, a veces antes, subía a la planta en cuestión y tardaba en bajar no menos de quince minutos. Casi a punto de amanecer, decidí subir, ver si la puerta estaba abierta y qué hacía allí arriba, descubriendo que donde iba realmente era a la azotea a hacer algo prohibido en todo el edificio: fumar. ¡Ese era el motivo por el que subía cada hora y tardaba tanto en bajar! Se fumaba uno o dos cigarrillos a escondidas de las cámaras, y lo más importante, de los detectores de humo. ¡Había encontrado cómo entrar en la sala noble! Era cuestión de diseñar una estrategia.

—Pero si había cámaras… te descubrirían más pronto que tarde.

—Por eso debía imaginar cómo moverme por el edificio sin que supiesen quién era.

—¿Y cómo lo resolviste? 

—Relativamente fácil. A veces los problemas complejos tienen soluciones muy sencillas. Esperé tres semanas, a la última de octubre. Una tarde sustituí las carpetas con documentos de mi portafolios por una larga túnica de color azul oscuro y una máscara integral de látex que representaba un alien de cabeza alargada y ojos saltones…

—¡Claro! ¡Halloween!

—¡Tú lo has dicho!… Cuando todo el mundo, esa tarde, a las seis en punto, comenzó a dejar sus oficinas,  me mezclé entre mis compañeros y en vez de ir directamente al ascensor, entré, como algunos otros, en los servicios y me oculté en uno de ellos.  Las limpiadoras no llegaban normalmente hasta las siete y empezaban por la planta baja, para dar tiempo a que posibles rezagados dejasen sus puestos de trabajo. Después, iban subiendo, limpiando de planta en planta, acabando por la noble, a la que no llegaban antes de las once más o menos. 

—Puedo imaginar el resto —terció Serguéi— fuiste sacando la información de los ordenadores en cada subida del vigilante a fumar… ¡Joder! ¡Qué bueno! Las cámaras tuvieron que registrar la salida de un alien de los baños que, tras subir a la quinta planta, manipulaba los ordenadores… ¿Y saliste a la calle vestido de extraterrestre con túnica?

—Parece fácil, pero tuve que estar atento a la subida del vigilante, y en la última evitar encontrarme con las limpiadoras que, para esa hora, estaban a punto de subir a la planta en la que me encontraba. Y sí, salí con la máscara de alien y la túnica a la calle. Pero eso, dado la noche de la que se trataba, tampoco era algo escandaloso. Además, una vez cerrado el edificio hay que hacerlo por una salida distinta, que da a una calle bastante más solitaria y peor iluminada. De todas formas, yo seguí con mi disfraz hasta llegar al coche, que lo había dejado aparcado a varias manzanas de allí.

—¿Descubrieron que alguien había sacado información sensible de esos ordenadores? —preguntó Serguéi.

—Sí que lo descubrieron. A la mañana siguiente. Tal y como imaginaba, los ordenadores debían tener algún programa chivato que advirtiese a qué hora se había encendido y apagado y, probablemente, los archivos manipulados. 

—Se armaría un buen follón, ¿no?

—Pues no. Todo lo contrario. Me enteré de que había habido un intruso casi por casualidad, por un desliz del jefe de gabinete, mi jefe directo, que estaba tan nervioso y preocupado que terminó por contármelo como un gran secreto. Estaba desesperado el hombre. Le habían encargado que abriera una investigación confidencial y no sabía por dónde empezar. Era muy bueno con las cifras, tenía una memoria prodigiosa para recordar los datos que debía manejar su jefe, pero nefasto para sonsacar a nadie. Yo le pregunté que por qué no se llamaba a la policía inmediatamente, y me dijo que eso sería lo último que se hiciese. Ni la policía, ni nadie, debía saber que había habido fuga de información. Que era preferible dejarlo estar y poner medios y recursos para que no sucediera más, que levantar la liebre frente a competidores y enemigos. Yo no había tenido tiempo material de ver qué había en mis pendrives, porque lo que saqué lo guardé, en principio, en tres diferentes, pero a juzgar por el comportamiento de la empresa ya sabía que lo que tenía en casa era material importante, si no ilícito.

—¿Llegaron a saber que había sido un alien con una túnica el ladrón? —preguntó risueña Sophie.

—Sí, sí. Cuando el jefe de gabinete me confesó lo que había sucedido, me ofrecí a ayudarle en lo que estuviera en mi mano, y esa misma mañana me pidió que subiera a su despacho para enseñarme las grabaciones de las cámaras de seguridad y preguntarme… ¡pobre hombre!… si yo era capaz de identificar a aquella persona. «Fíjate en la forma de andar, en su cuerpo… por si te suena de algo» llegó a decirme.

—¿Piensan mezclar religión y economía? ¿Quieren darle un carácter apocalíptico a los cambios que pretenden imponer en el diseño del mundo para la segunda mitad del siglo? —preguntó Serguéi, nada más terminar de cenar, asombrado al leer en la pantalla de su ordenador uno de los documentos que contenía el pendrive de Colin Byrne.

—Así es. Como has leído antes, el sentimiento religioso se irá imponiendo poco a poco de nuevo. La vida es cíclica, y al igual que han renacido los neofascismos en estos últimos años en Europa, algo impensable hace solo un par de décadas, el Cristianismo, volverá al primer plano de la actualidad como consecuencia de los ataques terroristas que se producirán, según vaticina esta gente. Los islamistas radicales actuaron en los trenes de Madrid en marzo de 2004; en Londres lo hicieron con un ataque al metro que fue en julio de 2005; el atentado contra Charlie Hebdo, aquí, fue en enero de 2015; después, en noviembre, los ametrallamientos de la sala Bataclan y otros lugares de diversión nocturna… Barcelona, en agosto de 2017. Eso solo por mencionar algunos de los más sangrientos, pero según el informe que tienes delante, fue a partir del atentado supremacista contra dos mezquitas en Nueva Zelanda, cuando el islamismo radical se dio cuenta de que podía hacer mucho daño si los objetivos dejaban de ser variopintos y se concentraban en lugares de culto de la fe cristiana de Europa. El primer ensayo ha sido lejos, muy lejos, en Sri Lanka, pero según este documento, en los próximos meses debería producirse otro en París, si es que lo de Notre Dame no fue algo provocado y silenciado por nuestro gobierno. Recuerda que sin que el fuego estuviera apagado ya explicaron cuáles eran las causas… y otro en España, probablemente en alguna ciudad importante al margen de Madrid o Barcelona.

—¡Joder! Pero si lo saben, si lo prevén al menos… ¿Por qué ocultan esa preocupación a todos?

—Pues porque les interesa. Si lees más adelante, verás que buscan un escenario de conflicto para poder defender su planteamiento. En algún momento empezarán a hablar del final, refiriéndose al evangelista  Mateo. En estas mismas páginas lo dice. Se hará referencia al capítulo 24 en el que el discípulo le pregunta al Maestro por el final de los tiempos, respondiéndole Jesús que serán tiempos de la tribulación y de gran desolación. Lee lo que está escrito aquí.

Serguéi se acercó un poco más a la pantalla.

—Así que cuando vean en el lugar santo el horrible sacrilegio del que habló el profeta Daniel, los que estén en Judea huyan a las montañas. El que esté en la azotea no baje a llevarse nada de su casa.  Y el que esté en el campo no regrese para buscar su capa. ¡Qué terrible será en aquellos días para las que estén embarazadas o amamantando! Oren para que su huida no suceda en invierno ni en sábado. Porque habrá una gran tribulación, como no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás.

—Bueno, el documento dice que habrá que hacer creer a los ciudadanos que ese incremento de la violencia necesita de una seguridad que no es posible con los niveles actuales de libertad individual. Te voy a enseñar otro documento curioso —añadió Colin buscándolo entre las decenas de carpetas que contenía el pendrive— Mira este, por ejemplo. Es un resumen de encuentros entre miembros del club y algunas agencias de seguridad norteamericanas para analizar la marcha del plan de caída del precio del petróleo entre 1980 y 1986. Aquí se ve cómo fueron planificados los distintos descensos y cómo fueron falsamente argumentados para justificar que su valor de 114,64 dólares por barril en 1980, llegase a descender hasta los 22,99 dólares por barril en 1986. Pero lo más importante no es ese descenso, sino por qué se planificó. Pues como dice en el resumen general que está al final, para lograr que la disminución del coste energético global provocase que la antigua Unión Soviética —de esto sabrás tú, Serguéi, mucho más que yo—viese reducido sus fondos para importaciones, especialmente alimentos, no tanto para Rusia, sino para las repúblicas que formaban la URSS. Con esa merma en los recursos, el ejército soviético también se vio perjudicado en su abastecimiento de armamento. Incluso algo más adelante explica cómo todo ello interfirió en el retraso en el acceso a las nuevas tecnologías al bloque comunista.

—¡Joder! —fue la única respuesta que, como exabrupto, pronunció Serguéi. Sophie, a su lado, leía estupefacta algunos de los párrafos señalados.

Colin cerró esa carpeta y abrió otra al azar.

—Mirad, ésta es muy interesante. En ella está el planing de la última crisis europea y documentos que van analizando los pasos a dar, en función de cómo iban reaccionando los gobiernos. Con ellos se demuestra que era un plan perfectamente trazado, no tanto para ganar dinero, que también, sino para hacerse con el control político de Europa. Observad los nombres que figuran: Lucas Papademos, Mario Monti, Mario Draghi… ¿Sabemos quiénes son? Por referirme solo a uno: Mario Monti fue primer ministro, no electo, de Italia, tras la dimisión de Berlusconi. Era ex-miembro del equipo directivo del grupo Bilderberg, asesor de Goldman Sachs durante el periodo en que ésta agencia de calificación contribuyó a ocultar el déficit griego… Y así todos. Y aquí… aquí hay otra serie de documentos que analizan el plan seguido y sus resultados. Querían y consiguieron hundir económicamente a los estados y sembrar el miedo entre la población a recortes y corralitos como consecuencia de las nefastas opiniones que iban a verter los mercados y las agencias de calificación, ¡que eran ellos mismos!, de la deuda de esos países. En una segunda fase, obligaron a Grecia, Irlanda, España, Portugal… los miembros más débiles de la Unión Europea a que solicitaran créditos para salvarse del caos. En algunos casos se les llamó rescates. Bueno, más que rescates eran trampas, porque las cantidades prestadas fueron tales que nunca se podrán pagar. La tercera fase era exigir privatizaciones, bajadas de sueldos, congelación de pensiones y otros recortes sociales, siempre bajo la amenaza del miedo. Los compradores de deuda pública, ¡ellos mismos!, se retirarían si no aceptaban esas reglas, llevando a la nación, de nuevo, al caos. Esto, repetido machaconamente por gobiernos títeres en algunos casos, vendidos a ellos en otros, creó el descontento social de las masas que terminaron aceptando recortes, despidos, desahucios… como si fuera lo más normal del mundo. Lo que muchas veces habíamos visto en Centroamérica, provocar revoluciones para propiciar golpes de estado de generales comprados, se ha hecho en los últimos años en Europa, readaptando las reglas a la idiosincrasia europea, que es muy distinta a la centroamericana. Aquí, en estas carpetas, está buena parte de cómo se diseñó y llevó a cabo este plan…

—¡Es alucinante! No me extraña que vayan a por ti.

—¿Me creéis ahora cuando os digo que todo lo que están diciendo es falso? ¿Comprendéis por qué me han acusado de pederastia? A la gente corriente, que alguien hable de conspiraciones económicas y salgan otros asegurando que son inventos de un chiflado, les da igual. Al contrario, cuanto más me desprestigiasen, más seguidores tendría. A la masa le va eso de las teorías conspirativas, aunque, a veces, no sepan distinguir entre las que lo son y las que no. Pero la pederastia…  Ante eso ninguna persona reacciona con tibieza, bueno, salvo que sea un obispo de la Iglesia Católica, pero eso es otro tema. De modo que estos hijos de puta han pensado en cómo me podían hacer daño de verdad, cómo destruirme y no han encontrado otra acusación mejor que esa.

—Empiezo a pensar que tienes razón. Es cierto que la acusación de un delito como ese tiene efectos en los ciudadanos muy diferentes a que te imputaran por corrupción, por ejemplo —respondió Serguéi.

—Lo malo es que no encuentro una salida para esta situación —terció Sophie— Y lamento decirlo así, pero llevo pensando un rato y no sé cómo te podemos ayudar. Supongo que ocultarte en esta casa no es la solución. Ni tú querrás permanecer encerrado.

—No. Ni quiero estar encerrado, ni comprometeros con mi presencia. No sé hasta dónde serían capaces de llegar con quien me ayude en estos momentos.

—Bueno, comprometidos ya lo estamos desde que te hemos invitado a pasar esta noche, o el tiempo que sea necesario en esta casa, creo que hablo por los dos, ¿no Sophie? (…) Pues eso, que ya lo estamos y, además, lo estaremos más si me das copia de esa información para que la guarde o la publique…

—¿Publicarla? ¿Te has vuelto loco? ¿Pretendes que hagan contigo lo mismo que están haciendo conmigo?

—No, no, no sería como piensas. No se publicaría aquí, ni lo haría yo. Lo que estoy pensando en este momento es en viajar a Rusia y entregarla allí a quien pueda hacer uso de ella, primero, para que te dejen en paz y, segundo, para impedir que el plan siga adelante. Supongo que a estas alturas ya no buscarás tanto la gloria de ser el denunciante, como salir vivo de este  tremendo lío, ¿no?

—¡Desde luego! En este momento lo único que deseo es reunirme con Odette y Dafnèe e iniciar una nueva vida donde sea posible, al margen de todo esto. Hoy sé que fue un error publicar el libro y, de ese modo, hacer saber a esa gente que yo fui el alien que entró en sus ordenadores la noche de Halloween del año pasado. No sospecharon nunca de mí, ni siquiera cuando dejé la compañía. Pero publicar el libro me descubrió. No supe valorar eso a tiempo. Pensé que podría publicar el segundo libro y que, descubierto el complot que tenían entre manos, les sería imposible acabar conmigo… pero me equivoqué.

—Bueno, es tarde. Vamos a dormir y descansar; mañana habrá tiempo de pensar en cómo podemos enfocar este asunto. Sophie, ¿te incorporas a Air France mañana? —preguntó Serguéi.

—No. Pasado mañana. He dejado dos días para volver a coger la rutina.

—Bien, entonces mañana… bueno, hoy mismo, por la hora que es ya, estaremos los tres en casa y podremos seguir hablando. Y tú, Colin, descansa esta noche. Este lugar es muy tranquilo y solitario. Nadie sabrá que estás aquí.

Cuando las luces de la casa se apagaron, dos hombres jóvenes se incorporaron en sus asientos de una furgoneta blanca aparcada en la esquina de la avenue Albine con la avenue Bourdelaoue.

Finalmente! Si addormentano (¡Por fin! Se van a dormir) —dijo uno de ellos.

Abbiamo aspettato un’ora o meno? (¿Esperamos una hora, o menos?) —le respondió el otro.

Con un’ora è sufficiente.

Ok, va bene.

Transcurrido ese tiempo, descendieron del vehículo. Eran las tres y media de la mañana.

Despacio, amparándose en la oscuridad que proyectaban los numerosos árboles de la zona y en su vestimenta oscura, se acercaron a la puerta de la casa provistos de una pequeña escalera de aluminio de tres peldaños.

Tras saltar al jardín, ambos, con precaución, se acercaron al lugar donde estaban aparcados los dos coches de la pareja. Uno de los jóvenes, el que parecía tener el mando, se introdujo debajo del Mercedes y, unos segundos después, lo hizo bajo el de Sophie.

Más tarde, caminando despacio, procurando no hacer ruido, se marcharon.

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas ‘La conspiración de los cocodrilos’ de Germán Fonteseca

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