Cultura

La conspiración de los cocodrilos (5)

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas 'La conspiración de los cocodrilos' de Germán Fonteseca

Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra.

En la entrega anterior…

La familia Byrner descubre horrorizada que el acoso persiste, llegando incluso a entrar a su casa y registrar sus pertenencias. De común acuerdo Colin  y Odette deciden alejar a Dafnèe de su domicilio de París, marchándose madre e hija a casa de una amiga que vive en una localidad vecina. Allí pasarán una corta temporada. Pero la persecución a la que se ve sometido Colin adquiere una nueva dimensión al saber por boca de su editor, que no habrá una segunda parte de Dystopie Économique, porque ha decidido, unilateralmente, romper el contrato.

12

Jean Françoise Dupin cerró el periódico con rabia y lo dejó sin miramiento encima de la mesa que ocupaba en el Riva Caffe, un agradable establecimiento ubicado en la esquina de la rue Greffulhe y la plaza de la Libération, en la comuna de Lavallois – Perret, una de las muchas localidades anexas a París, situada al noroeste de la capital.

Acababa de hojear por encima el enésimo artículo destinado a desprestigiar a Colin Byrne, una persona a la que no veía desde hacía casi treinta años, pero de la que guardaba un buen recuerdo.

Colin y él coincidieron en el mismo liceo durante el bachillerato. El primer año, incluso, en la misma clase, destacando ambos por ser de los mejores en matemáticas. Después, los dos siguientes,  estudiaron  en  aulas diferentes,  y aunque Jean  Françoise siempre le tuvo un gran aprecio, Colin pareció no advertirlo.

El origen de esa estima estuvo en el trato cordial que le dispensó los primeros días del curso, cuando Jean Françoise, nuevo en el barrio, se sintió intimidado frente a la buena relación que parecía haber entre otros compañeros, quienes le dejaron al margen de sus bromas y chascarrillos.

Jean Françoise era un adolescente tímido, sobreprotegido por su madre, al que le costaba hacer nuevos amigos y, por tanto, poco o nada asiduo de las calles del Viejo Saint Maur y menos aún de la misa dominical en la iglesia de Saint Nicolás, epicentro de la vida local.

Esa ausencia de la iglesia no era, hace treinta años, algo banal, todo lo contrario, porque el pueblo siempre fue profundamente católico, pues en su suelo se obró un milagro que lo convirtió en centro de peregrinación de miles de franceses durante el siglo XII.

Al parecer, en aquel tiempo, tras una serie de prolongadas sequías, los monjes de la abadía de Saint – Pierre du Fossé —de la que aún se conservan restos en lo que hoy es un agradable parque— decidieron llevar a cabo una procesión con las reliquias de Saint Maur y celebrar al final de la misma una misa en la referida iglesia.  Cuenta la leyenda que durante el oficio se originó una tormenta que descargó una abundante cantidad de lluvia, poniendo fin a la larguísima sequía.

El Viejo Saint Maur era y sigue siendo un pueblo, que, a modo de barrio, constituye junto a otras siete pequeñas localidades la ciudad de Saint – Maur – des – Fossés, conocida como la “de los ocho pueblos”. Este conjunto urbano está situado en el extrarradio de París, al sudeste, estando rodeado, casi por completo, por un meandro del río Marne.

Acabada la etapa escolar, cada uno siguió su camino. Colin Byrne fue a la universidad a estudiar Economía, mientras que Jean Françoise pasó cierto tiempo trabajando en una empresa distribuidora de máquinas recreativas, ubicada en París, empleo que hizo nacer su interés por la informática.

Tal fue el entusiasmo que despertó en él esta, entonces, novedosa tecnología, que tras seguir un curso que lo convirtió en mecánico de estas primeras y enormes consolas, decidió volver a los estudios y empezar la carrera que más tarde le llevaría a ser ingeniero informático.

En las aulas de la facultad, Jean Françoise conoció a un compañero, un par de años mayor que él, Mathieu Saint – Pierre, con quien compartió piso y decenas de horas de estudio y otras tantas de estrecha relación.

A punto de acabar la carrera, su amigo le confesó un secreto: era oficial de policía y trabajaba para la entonces Direction de la Surveillance du Territoire (Dirección de Vigilancia del Territorio); en concreto, para el  departamento de Protección y Seguridad Tecnológica, que en aquellos años contaba con unidades en veintidós regiones francesas.

Mathieu Saint – Pierre era un policía adscrito a uno de los servicios de inteligencia nacional.

Su amigo le preguntó qué planes tenía para el futuro y si le gustaría seguir siendo compañeros, esta vez de trabajo.

Jean Françoise, sorprendido por la revelación, permaneció algún tiempo sin responder, sencillamente porque no sabía qué decir. Jamás se había planteado pertenecer a alguno de los cuerpos de seguridad de su país, y menos, al enigmático servicio de inteligencia interior, del que, hasta ese momento, no sabía nada de nada, ni siquiera su nombre.

Tras varias noches de insomnio, Jean Françoise aceptó el ofrecimiento y, tras conocer algunos detalles de la misión encomendada al servicio al que iba a optar, tres días después le acompañó al número siete de la rue Nélaton de París, donde entonces tenía su sede la DST, un monstruoso edificio de diez plantas en cuya fachada era visible un conjunto de ventanas de cristal dispuestas a la misma distancia unas de otras, dando al edificio un aspecto de complejo de oficinas todas iguales, semejantes a un panal de abejas.

El joven aspirante no necesitó mucho esfuerzo para unirse a la DST en calidad de personal civil contratado. Unos test de personalidad y un par de entrevistas fueron suficientes. Al parecer, según supo años después, su vida, la de sus padres, y la de otros familiares ya había sido suficientemente investigada por quienes serían sus compañeros. Pero, sobre todo, su título de ingeniería en informática, fue lo que le abrió las puertas de par en par.

Tras varios años de servicio, poco antes de cumplir el límite de edad y por la insistencia de Mathieu Saint – Pierre, decidió dar un paso al frente, garantizarse el puesto de trabajo de por vida y, si acaso, comprometerse aún más con la seguridad de su país, y concursó a una plaza de oficial de la Policía Nacional, obteniéndola al primer intento.

Jean Françoise Dupin, como todos sus compañeros de la DST,  pasó en 2008 a estar integrado en la nueva Direction Centrale du Renseignement Intérieur – DCRI (Dirección Central de Inteligencia Interior), cambiando su lugar de trabajo en el verano de ese año, esta vez a la vecina localidad de Levallois – Perret, ubicada al noroeste de París.

Como ingeniero informático, el oficial Dupin, hizo trabajos muy dispares, generalmente relacionados con la interceptación de comunicaciones de personas consideradas peligrosas para la seguridad nacional. Especialmente complicado fue el seguimiento que su equipo hizo, siendo aún DST, de Ilich Ramírez Sánchez, conocido en los ambientes de inteligencia y seguridad por los alias de El Chacal y Carlos.

El terrorista venezolano, acusado de numerosos ataques armados contra ciudadanos judíos en Londres y en París, cuando era miembro del Frente Popular para la Liberación de Palestina, fue detenido el 14 de agosto de 1994 en Jartum, en una operación con la connivencia del gobierno sudaní.

El oficial Jean Françoise Dupin tuvo un papel destacado en ella, pues fue una de las personas que posibilitó conocer que el terrorista Carlos iba a someterse a una operación de cirugía estética, que tenía como objetivo modificar su rostro y facilitar así su cambio de identidad.

En años siguientes, trabajando ya en la División de Servicios Técnicos e Informática, diseñó y controló el software necesario para penetrar en decenas de ordenadores que eran del interés de la seguridad nacional.

Su ocupación en la actualidad, desde un conjunto de despachos de la penúltima planta del edificio de la rue de Villiers, consistía en la dirección de un equipo de agentes destinados a detectar la entrada y salida del territorio francés de «objetivos» —marcados por otros departamentos de inteligencia— mediante un sistema de reconocimiento facial.

A través de cámaras instaladas en algunos de los aeropuertos franceses con mayor tráfico internacional, a las que se han sumado otras ubicadas en edificios pertenecientes a centros comerciales y otras empresas consideradas «colaboradoras», este grupo de agentes recibe a diario archivos con miles de imágenes de otras tantas personas, que son filtrados mediante un programa informático en el que los rasgos biométricos de los «objetivos» son comparados con los de los viajeros, deteniéndose y haciendo saltar la alarma en aquellos cuya coincidencia sea posible establecer en un mínimo de parámetros previamente establecido.

Es entonces cuando el agente de inteligencia pasa a la acción, siendo el responsable de determinar si el rostro que el ordenador ha seleccionado corresponde realmente con el que está marcado como uno de los «objetivos» a controlar.

Jean Françoise Dupin llevaba unos días incómodo con su trabajo, algo que no le había pasado nunca. Fue a raíz de que su inmediato superior le ordenase introducir en la base de datos de la poupée (la muñeca), que era como llamaban al ordenador central que controlaba la base de datos, varias fotos de Colin Byrne.

Cuando la instrucción llegó desde el ministerio, Jean Françoise ya le había visto en los medios de comunicación defendiendo su tesis sobre que era muy probable una nueva crisis económica provocada por los que llamaba los amos del mundo y, naturalmente, le había reconocido como aquel chaval que en el primer curso de bachiller, cuando ambos tenían diecisiete años, le ayudó a integrarse con sus compañeros.

Le caía bien Colin Byrne, siempre le tuvo como uno de sus buenos recuerdos de aquella época. Había comprado su libro, lo había leído y estaba completamente de acuerdo con él. Es más, pensaba que Byrne se había quedado corto y que había olvidado incluir el papel que los servicios de inteligencia jugaban en el control de la sociedad, para que el sistema de castas políticas y económicas establecido no se modificase un ápice.

Por eso, cuando tuvo que advertirles a sus subordinados que el economista de moda acababa de ser incluido como un nuevo «objetivo», se sintió mal, enfadado con aquella decisión, pero se guardó muy mucho de hacer el más mínimo comentario.

La imagen de Colin Byrne no hizo saltar la persistente y aguda campanita de alarma de uno de aquellos terminales informáticos hasta una semana después.

La cámara de seguridad de la comisaría de policía del Distrito X le había registrado entrando y saliendo, casi una hora después, acompañado de una mujer.

El funcionario que atendía el ordenador que lo detectó, sacó una copia en papel de su foto entrando, y otra de la salida, en la que figuraban impresos en los márgenes su nombre, fecha y hora de la toma, así como otros datos biométricos, unos calculados por el ordenador, como talla y peso; y otros incluidos en la propia base de datos, como una imagen reducida de sus huellas dactilares obtenidas de los archivos de la Carta Nacional de Identidad.

El agente de inteligencia, inmediatamente, procedió a dejar constancia del hecho en otra base informática paralela, donde se almacenaban esas alarmas de coincidencia.

Después, siguió el procedimiento habitual, se levantó de su puesto de trabajo, buscó en los archivadores metálicos la carpeta de Colin Byrne, introdujo las fotos y la llevó a la bandeja de alertas del día que se encontraba encima de la mesa de su jefe, el capitán Dupin, ausente en ese momento.

Jean Françoise no tardó en llegar a su despacho y advertir que una carpeta marrón, con la foto de Byrne en su portada, estaba en la bandeja de alertas.

La cogió, examinó su contenido y, resoplando, la dejó donde estaba. En la bandeja de alertas del día permanecería hasta la mañana siguiente, cuando sería devuelta a su archivador, por si durante la jornada algún superior se interesaba por conocer las alertas habidas.

Solo unos minutos después de que la campanita de aquel terminal informático avisase de la detección del rostro del «objetivo» Byrne, obtenido por la cámara de la puerta de la comisaría, el mismo ordenador volvió a avisar insistentemente —y por dos veces consecutivas— de que más «objetivos» habían sido identificados por la misma cámara.

El operador del puesto siguió el mismo procedimiento con ambos individuos, no sin antes avisar a su jefe, el capitán Dupin, de aquella «anomalía», palabra con la que designaban algo fuera de lo común, como que una misma cámara registrase, en tan breve espacio de tiempo, a dos o más «objetivos».

Jean Françoise acompañó a su subordinado mientras éste cumplió con todos los pasos obligados, y esperó a que le entregase las carpetas de ambos sujetos, detectados cuando, aparentemente, paseaban a la altura del número 29 de la rue Louis Blanc, frente a la puerta de la comisaría del Distrito X.

Se trataba de dos ciudadanos de nacionalidad italiana, llamados, Giuseppe Monti y Caetano Altobelli, ambos supuestamente integrantes de La Entidad, nombre con el que se ocultaba el verdadero, La Santa Alianza, el servicio secreto del Vaticano.

La poupée incluía en su base de datos a aquellos agentes de los servicios de inteligencia extranjeros de los que se tenía conocimiento, con el fin de detectar su entrada en el país, para alertar a los compañeros encargados de hacerles el seguimiento más estrecho posible.  El propósito de este proceder era neutralizar acciones que pudieran afectar a la seguridad nacional o, caso de que no fuera así, obtener información respecto de sus objetivos en suelo galo.

Generalmente, esas entradas en territorio francés de agentes extranjeros, tan fácilmente detectables, tenían como misión el seguimiento de terceras personas y, en muchos casos, antes incluso de entrar existían contactos previos entre los servicios secretos respectivos, al ser muy probablemente el sujeto objeto de seguimiento, del interés común de países amigos.

A Jean Françoise le sonaron de inmediato los nombres, puesto que solo dos días antes habían sido detectados por una de las cámaras de reconocimiento facial instaladas en el aeropuerto Charles de Gaulle, tras llegar en un vuelo de Air France procedente de Roma. Esta circunstancia la pudo comprobar en la carpeta que le entregó su subordinado, al ver las fotos de ambos ese día en dicho aeropuerto parisino.

¿Qué hacían ambos agentes de La Entidad en París? ¿Por qué habían pasado por delante de la comisaría del Distrito X? Y, sobre todo, ¿por qué lo habían hecho solo unos instantes después de que Colin Byrne hubiera entrado en aquellas dependencias policiales? ¿Tendrían alguna relación ambas alarmas?

Esas preguntas no solo se las hizo Jean Françoise Dupin en la mesa de su despacho contemplando las fotos de los italianos y la de su antiguo compañero del liceo, sino que, como era de esperar, también se las hicieron los analistas de inteligencia a los que les fue enviada copia del informe elaborado por los técnicos de la unidad de reconocimiento facial.

Horas  más tarde, desde la Subdirección de Asuntos Internacionales, solicitaban que se revisasen las grabaciones de la cámara de tráfico ubicada en la esquina de la rue La Fayette con la rue du Faubourg Saint – Martin, donde se produjo el incendio y posterior colisión de un coche con un autobús, por si se podía situar a Colin Byrne y a los dos italianos en ese lugar en los instantes anteriores o posteriores al suceso.

El trabajo realizado por los agentes de reconocimiento facial dio como resultado que los tres «objetivos» habían estado a muy poca distancia unos de otros en los minutos que siguieron al incidente; que Colin Byrne, acompañado de su mujer, había abandonado el lugar en dirección a la calle Louis Blanc, donde estaba la comisaría; y que Giuseppe Monti y Caetano Altobelli lo habían hecho inmediatamente después en la misma dirección.

Casi veinte horas de trabajo más tarde, el analista de inteligencia al que le habían asignado este asunto, tras examinar detenidamente las fotos referidas, otras obtenidas en las inmediaciones de los estudios de televisión de la cadena TF 1, y varios documentos, entre ellos una diligencia de comparecencia del teniente de policía Foissard, y la denuncia presentada por Byrne en la comisaría del Distrito X, llegaba a la conclusión de que los agentes de La Entidad estaban siguiendo a Colin Byrne con la probable intención de acabar con su vida.

El capitán Jean Françoise Dupin tuvo conocimiento de todo ello esa misma mañana cuando su superior le pasó un resumen del informe pidiéndole que, desde ese mismo momento, el asunto Byrne fuera prioritario, dado que los servicios secretos vaticanos llevaban años sin involucrarse en un asunto tan al margen, aparentemente, de sus intereses tradicionales.

—No queremos que se atente contra un ciudadano francés en nuestro territorio, lo haga el Vaticano o lo haga la mafia. Los de la Santa Alianza son especialmente escurridizos. Esa gente tiene cientos de pisos en los que esconderse. No están registrados en ningún hotel, de modo que deben de estar acogidos por algún religioso aquí, en París. Aún no hemos dado con el domicilio en el que pernoctan, de modo que cualquier lugar en el que sean detectados por tu unidad me debe ser comunicado inmediatamente, incluso antes de hacer el papeleo —le exigió el comisario jefe de servicio al capitán Dupin.

—¿Se les va a neutralizar, o se les va a interceptar y exigir que abandonen el suelo francés? —quiso saber Jean Françoise.

Al comisario le extrañó esa pregunta. Dupin siempre había hecho su trabajo sin preocuparse por las consecuencias del mismo. Precisamente por eso, por lo poco habitual de su interés, decidió responderle aun cuando esa información, generalmente, no era transversal.

—Ni lo uno, ni lo otro. Tenemos indicios de que tienen intención de forzar la salida de Byrne de Francia y, si así fuera, si se confirmase que ese es su objetivo, se les dejará trabajar.

—¿Para que acaben con él fuera de Francia?

—Una vez que salgan de las fronteras del país, tanto Byrne como los italianos, ya no serán asunto nuestro —le respondió el comisario.

Dupin sabía que no debía hacer ninguna pregunta más. Con las dos que había realizado copaba el límite de lo razonable para un hombre en su puesto y con su empleo. Una pregunta más y hubiera provocado recelo en su comisario jefe, una persona tan veterana, como intuitiva.

Tras transmitir las nuevas órdenes a sus hombres, cogió el chaquetón y se fue a tomar un refrigerio a su lugar de costumbre, el Riva Café, en la plaza de la Libération. Había otro establecimiento más cerca del edificio donde estaba su despacho, pero prefería andar unos metros y mezclarse con el personal civil de las oficinas y negocios próximos a dicha plaza. Allí, rodeado de su comedido bullicio, conseguía desconectar mejor.

Jean Françoise volvió a coger el periódico y, una vez más, miró la foto de su excompañero del liceo.

Una idea rondaba por su cabeza. Una locura que podía costarle muy caro si llegase a descubrirse. Pero, ¡putain! (¡joder!), llevaba años, ¿cuántos? ¡Uf! ¡Muchos! ¡Demasiados! en los servicios secretos de su país como para no saber cómo tenía que hacerlo.

Dándole vueltas a la cucharilla mucho más tiempo del necesario para disolver el azúcar que había volcado en el café, resolvió cómo llevarlo a cabo. El cuándo lo decidiría esa noche en su casa.

 

13

El padre Bernardino Trabalzini no dormía bien. Su sueño era ligero y solía despertarse dos o tres veces durante la noche. Quien conociese su actividad como secretario del Cardenal Luigi Facchetti, prefecto de la Santa Alianza, concluiría que, teniendo conocimiento de los informes que pasaban cada día por sus manos, lo extraño no era que se despertase, sino que lograse conciliar el sueño.

Bernardino llevaba más de veinte años asistiendo al cardenal responsable de esta organización, por lo que había servido a sus cuatro últimos prefectos, siendo testigo de la evolución de La Entidad, como también llamaban fuera de las paredes del Vaticano a la institución en  la que trabajaba.

La Santa Alianza, La Entidad, Pro Deo, y Soladitium Pianum (SP), son los nombres con los que, en círculos de inteligencia,  se ha designado a este grupo de espías de la Iglesia Católica, sin que todos ellos correspondan a la misma organización, lo que da idea del secretismo con el que se han desenvuelto siempre.

Su incorporación a los servicios secretos del Vaticano se produjo en un momento álgido de la actividad de La Entidad, etapa que se inició tras la eliminación del Papa Albino Luciani, sucedida treinta y tres días después de su elección como Juan Pablo I; después, disminuyó algo su presencia en Occidente (no así tras el telón de acero), pero sin dejar nunca de estar activa.

Bernardino, superando con creces los sesenta, hacía tiempo que había renunciado a vivir en uno de los apartamentos que su organización ponía al servicio de sus miembros en las inmediaciones de la Ciudad del Vaticano. Y como tampoco estaba dispuesto a vivir dentro de los muros de ésta, en las residencias para la curia, llevaba tiempo siendo atendido por las Hermanas de la Caridad en su Istituto María Santissima Bambina, establecimiento de hospedaje de peregrinos y turistas devotos, que también atendía las necesidades de vivienda de corto o largo plazo de sacerdotes y otros religiosos.

Desde la Via Paolo VI a la Puerta de Santa Ana, por la que cada día penetraba en el Vaticano, había solo un paseo que daba gustoso, pues le servía para serenar su espíritu antes de enfrentarse a otra jornada de trabajo nulo en exigencias físicas, pero terriblemente duro para su conciencia.

Acostumbrado a oír cómo, en su presencia, el cardenal Facchetti y otras personas decidían sobre el futuro, y hasta la vida de hermanos en Cristo, necesitaba de ese paseo a primera hora de la mañana tanto como alguna que otra escapada al conocido como Cortile del Belvedere, (Patio del Belvedere), preciosos jardines rodeados del complejo de edificios que albergaban el Archivo Secreto del Vaticano, La Escuela  Vaticana de Paleografía Diplomática y Archivística, o la Biblioteca Apostólica Vaticana, entre otros palacios.

Caminando al borde de aquella pradera de césped que pocos se atrevían a pisar, o sentado en algunos de los bancos que la rodeaban; solo, sin nadie, a primerísima hora de la mañana o a última de la tarde; o rodeado de centenares de bulliciosos turistas en las horas centrales del día, Bernardino Trabalzini rezaba a Dios por aquellos a los que La Entidad tuviese en su punto de mira, pues su futuro estaba escrito, muchas veces con sangre.

Su dormitorio era sencillo, casi monacal, una cama, un armario, un escritorio, un radiador, una ventana y un crucifijo. Por ser quien era y por vivir de forma permanente, disfrutaba de un lujo que no todas las habitaciones tenían: baño privado.

La sensación de parquedad era incrementada por la ausencia de libros o documentos. Solo una vieja Biblia descansaba sobre el escritorio, siempre en la misma posición. El sacerdote no se llevaba trabajo a su residencia. Ni podía, ni quería. Perder o filtrar un solo documento de los que leía a diario, uno solo, le hubiera supuesto tener los días contados.

Cada mañana desayunaba en el comedor del Istituto y, sin dilación, se dirigía a su puesto de trabajo.

Los sótanos de los archivos vaticanos eran fríos y aunque tanto el cardenal Luigi Facchetti como él mismo tenían un despacho cuyos ventanales daban al famoso Patio della Pigna, las reuniones importantes se trasladaban bajo tierra, fuera de la vista de otros religiosos, tras las puertas del archivo secreto, donde muy pocos podían entrar.

Aquella mañana sería testigo de una de esas reuniones, la que mantendría el cardenal  con el responsable del último trabajo organizado fuera de Italia, la Operación Byrne, que en esos días se estaba desarrollando en París.

El cardenal Facchetti, que vivía en un lujoso ático al otro lado del Tíber, en la vía del Corso, no llegaría antes de las nueve y media de la mañana, y su interlocutor estaba citado media hora después, por lo que Bernardino tendría casi dos horas para prepararle al prefecto la documentación con lo actuado hasta la fecha, incluido el estrepitoso error cometido días atrás.

Como secretario del cardenal prefecto de La Entidad, su papel debería ser asistirle sin opinar, pero tras más de veinte años en el puesto, Facchetti —como los anteriores— no solo le pedía su opinión sobre decisiones a adoptar, sino que casi le exigía que participase activamente proponiendo o rebatiendo acciones concretas, tendentes a conseguir el objetivo que se hubiesen marcado en cada caso. Eso sí, tal participación se producía antes o después de las reuniones con terceras personas a la que Bernardino asistía, pero en las que permanecía en silencio. Su eminencia ya se encargaba de ordenar  que se hiciese esto o aquello, atribuyéndose la autoría de la idea.

Esa mañana se había despertado antes de las seis. Se incorporó, fue al baño, orinó y se acostó de nuevo para no levantarse tan temprano. Hasta las siete las hermanas de María Bambina no servían el desayuno…

Fue en ese duermevela esperando que sonase el despertador, cuando tuvo una idea. Era arriesgada, porque si no funcionaba, ese economista francés pasaría un largo período en la cárcel, donde eliminarlo, objetivo último de la operación en marcha, sería más complejo y podría traer consecuencias para La Entidad. Pero si como él pensaba, funcionaba, garantizaría la salida precipitada de Colin Byrne de París, facilitando, de ese modo, su eliminación.

A las ocho en punto estaba sentado en su despacho, anotando en un cuaderno los nombres de los sacerdotes que recordaba de memoria podrían tener el material que necesitaba en ese momento.

En un instante había confeccionado una lista con una docena.

Inmediatamente empezó las gestiones para localizarlos y, si Facchetti le aprobaba su propuesta, citarlos por la tarde. La conversación con ellos debería ser en privado, en aquella oficina bajo el patio del Belvedere. El teléfono no era una opción para hablar de «algo» así. Ni internet un medio para transmitir la «información» que necesitaba.

—¿Qué le parece eminencia? —le preguntó al cardenal cuando éste dejó boca abajo el folio en el que había resumido su idea, añadiendo los nombres de los sacerdotes que deberían ser citados en las próximas horas.

—En algo así había pensado yo —fue la respuesta del cardenal Facchetti, quién, con semejante embuste, le estaba diciendo, como otras tantas veces, que estaba de acuerdo con su iniciativa   —¿Y cómo lo llevará a la práctica? —añadió.

El prefecto de La Entidad le hacía esa pregunta, a la que seguirían otras de parecido corte, con la intención de que le pusiera al corriente de todos los detalles, con el fin de poder responder él a interrogantes sobre el operativo puesto en marcha que le pudieran plantear quienes lo iban a ejecutar o su superior, el Secretario de Estado.

—Pues será un proceso algo engorroso su eminencia, pero no hay otra manera de hacerlo. Primero una entrevista individual con cada cual a la que, por supuesto, no le faltará tensión. Espero no tener que llegar a amenazar a ninguno de ellos. Estoy seguro de que solo con los informes que obran en nuestro poder —que, por cierto, hay que rescatar de los archivos— será suficiente para convencerles. Pero, llegado el caso, si alguno se resiste y niega que tenga el «material» que le pido, entonces no me quedará más remedio que enseñarle algunas fotos o, en los casos en los que haya vídeos, estos, en los que quedará en evidencia su comportamiento discordante con las enseñanzas de la Iglesia.

—¿Y cómo piensa que le faciliten ese «material»?

—Bueno, tras la entrevista y arrancada la confesión, deberé volver a verme con ellos para que me lo traigan en mano.

—Claro, claro. Nada de envío por correo electrónico…

—Por supuesto eminencia. No debe quedar rastro digital alguno de este intercambio de «información».

—Sabes que tras este trabajo te vas a granjear unos cuantos enemigos más, ¿verdad Bernardino?

—Estoy acostumbrado a ello eminencia, pero unos lo serán y otros no. Tenga en cuenta que, descubiertos en esas «actividades», se volverán temerosos de que se difundan. Por eso, puede que algunos se conviertan, incluso, en desinteresados colaboradores para la causa. Ya he vivido situaciones parecidas antes y las respuestas de quienes son descubiertos tras haber cometido un hecho delictivo son tan diferentes como las personalidades de los autores. Aunque siempre hay un denominador común: el miedo. Tras ser pillados, acepten ser, o no, los autores del delito, siempre les queda eso, el miedo.

—No sé qué haría sin ti Bernardino. Tu experiencia es la mejor arma con la que contamos en estos despachos.

—Gracias eminencia.

Bernardino Trabalzini sabía que no siempre se lograba esa confesión que buscaba. Entonces lo dejaba estar. Cuando alguno negaba repetidamente ser el autor de aquellas barbaridades, le dejaba irse creyéndose a salvo de cualquier castigo por su comportamiento. Pero lo que desconocía el pobre desgraciado de turno era que Trabalzini, nada más abandonase su despacho, daría las órdenes oportunas para que se consiguiesen pruebas físicas del delito cometido. Sabía que pasado un tiempo, más corto que largo, todos ellos reincidirían. Y entonces, con las pruebas en la mano, los manejaría a su antojo, los convertiría en marionetas al servicio de La Entidad. Porque la institución estaba por encima de todo y de todos. Nadie debía oponerse a sus decisiones. Todos estaban obligados a colaborar con ella, y si alguno se convertía en un problema, desvelando ante terceros, por ejemplo, las presiones sufridas, entonces hacía saber a todos que tal actitud era inadmisible.

El sacerdote (o la monja, que también las hubo) discrepantes con la Iglesia, porque La Entidad era la Iglesia, sufría un accidente lo suficientemente grave como para mermar sus facultades físicas.

Y siempre, siempre, en sus bolsillos, en su cartera de trabajo, en sus manos… siempre aparecía un pañuelo blanco bordado con un círculo y un octógono regular dentro de él.

Nadie denunció nunca haber sido objeto de un atentado. Nadie mostró el pañuelo a otros.

La reunión con su jefe fue muy fluida. Su eminencia reverendísima estaba de buen humor, algo que Bernardino sabía que sucedería desde el mediodía anterior.

Veinte años en el cargo le había creado muchos enemigos, como le había recordado el cardenal instantes antes, pero también una cohorte de aduladores, algunos de los cuales resultaban sumamente interesantes como informadores de las intrigas palaciegas.

Además de esos lisonjeros, también había hombres y mujeres sinceramente agradecidos por favores prestados en el pasado. Ayudas que lo fueron realmente o que él, hábil manipulador, hizo creer que lo eran.

Entre esas personas francamente agradecidas se encontraba el padre Piero, conductor del cardenal, quien solía contarle aquellos chismes de su jefe que consideraba de interés.

Piero pasó a formar parte del servicio de conductores de La Entidad durante la etapa del anterior prefecto, ganándose la confianza de éste y de Bernardino, siendo asignado al cardenal responsable de la institución solo unos meses antes de que éste falleciera.

Con la llegada de Luigi Facchetti, vio peligrar su puesto, dado que el nuevo cardenal tenía su propio conductor, y se lo hizo saber a Bernardino, manifestándole su deseo de seguir haciendo su trabajo.

Bernardino le dio a entender que tenía línea directa con el Secretario de Estado, último responsable de La Entidad, y que despachaba con él en secreto para mantenerle informado de aquellas cuestiones internas de escasa importancia (como disputas entre ellos, manías de unos y otros, gustos, etc.), pequeños detalles que nunca le llegarían por los cauces oficiales.

También le dijo que para llegar a saber esas cosas sin importancia necesitaba ayuda de algunas personas, muy pocas, que eran de confianza y absolutamente reservadas.

El padre Piero captó la indirecta y se ofreció sin dudarlo.

Y a Bernardino solo le faltó decirle al nuevo prefecto de La Entidad que, por seguridad, era imprescindible que su conductor siguiese siendo el que ya lo era del anterior; y al Secretario de Estado, a quien visitaba casi a diario por orden de su superior para llevarle documentación, pero con quien jamás se reunió en secreto y menos para contarle chismes, hacerle saber, como quien no quiere la cosa, que el padre Piero era un excelente servidor de la causa de la Santa Alianza, siempre dispuesto para el servicio.

Nunca llegó a saber si el nuevo cardenal consultó al Secretario de Estado sobre el personal de confianza con el que debía contar, pero caso de que lo hubiese hecho, era más que probable que éste le recomendase mantener al que ya existía.

Piero, desde entonces, le mantuvo informado de las idas y venidas del cardenal, recibiendo como compensación algún dinero extra.

Solo un mes después de la llegada al cargo de Luigi Facchetti, Piero le contó a Bernardino que había ido a recoger al aeropuerto a una joven de unos veinte años que, según le dijo su jefe, era hija de una hermana suya, que vivía en Liubliana, y que pasaría una temporada en su casa para hacer un curso y mejorar su italiano.

Ni el secretario de La Entidad, ni Piero, creyeron jamás que aquella joven eslovena fuera hija de la hermana de Facchetti, algo que Bernardino corroboró pocos días después, tras comprobar que si bien era cierto que una hermana del cardenal estaba casada con un esloveno y vivía en ese país fronterizo con Italia, solo tenía dos hijos varones.

Durante la segunda visita de la «sobrina», Bernardino usó a otro de sus hombres de confianza para instalar en el dormitorio del cardenal una microcámara que efectuó varias horas de grabación. Los resultados de la misma fueron los esperados, y el archivo digital correspondiente, convenientemente guardado en la caja fuerte que el sacerdote tenía en la oficina principal del banco Ruthchildren, en Roma.

Siempre que la «sobrina» visitaba al cardenal, su eminencia estaba exultante, pasaba poco tiempo en su despacho y se mostraba dispuesto a conceder todo lo que se le pidiera.

Saber que la joven eslovena había llegado a Roma, al mediodía del día anterior, fue suficiente para que Bernardino supiese que Luigi Facchetti haría lo que él sugiriese sin rechistar, entre otras cosas porque desearía estar el menor tiempo posible dentro de aquel subsuelo bajo el Cortile della Pigna.

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