Cultura

La conspiración de los cocodrilos (2)

Segunda entrega de la novela del escritor y periodista Germán Fonteseca

Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra.

En la entrega anterior…

El viejo Jackson Rutchildren facilita al joven Richard los documentos en los que se describe cómo acabar con la vida del economista Colin Byrne, quien ha publicado en un libro los planes de estas familias para provocar crisis económicas que permitan recortes sociales y laborales, y rebajar el nivel de democracia de nuestros países.

Mientras este plan se pone en marcha, Byrne sigue su gira triunfante, explicando el contenido del libro en platós de televisión y periódicos de toda Francia, siendo seguido con entusiasmo por su mujer Odette Ferrière y su hija Dafnèe.

4

 El día amaneció despejado en Roma y, a esa hora de la mañana, la temperatura estaba próxima a los 17 grados, lo que no impedía que la calefacción estuviese puesta en uno de los despachos de la primera planta de un viejo edificio de la calle Borgo Santo Spirito.

Paredes de gruesa piedra, altos techos y estancia grande, incluso destartalada, obligaban a tener encendidos los radiadores incluso en primavera, cuando el sol penetraba generoso a través de las dos grandes ventanas del despacho.

El timbre de un teléfono, imitación de un modelo antiguo, obligó al padre Jesús a entrar con rapidez desde un despacho colindante, comunicado directamente, acompañado de otro sacerdote. Ambos vestían traje gris oscuro con alzacuello.

El padre Jesús, le indicó uno de los pesados sillones de madera que estaban frente a su mesa a su invitado, a la vez que descolgaba el aparato y escuchaba atentamente lo que le decía su secretario.

Un momento después, tras una breve pausa, atendió la llamada que éste le transfería saludando en inglés con un más que correcto acento.

Su invitado hizo ademán de levantarse y dejarle solo, pero el padre Jesús, con un gesto, le indicó que permaneciese sentado.

—Es, precisamente, un asunto para ti —le dijo, tapando el auricular con la mano.

El sacerdote hizo un gesto de sorpresa y sonrió.

El padre Jesús escuchó durante dos minutos lo que su interlocutor le dijo, respondiéndole solo con monosílabos, por lo que su invitado se entretuvo en contemplar un ejemplar del día anterior de L´Observatore que contenía un artículo del Papa a alumnos y profesores en el  aniversario de una institución educativa ambrosiana.

Cuando acabó y colgó el teléfono, se sentó pensativo y miró con cara de circunstancias al otro sacerdote que esperaba sus palabras.

—Tienes que hablar con tu jefe, el cardenal Facchetti. Creo que tenéis trabajo.

—¿Ha ocurrido algo grave?

—No, no. No es un problema nuestro, interno quiero decir. Es un encargo de fuera. Alguien puede poner en peligro la seguridad del sistema económico y de nuestros valores y hay que actuar con cierta rapidez y discreción. Tienes que decirle a Facchetti que Jackson Ruthchildren, ¿lo conoces?, pues esta persona va a ponerse en contacto con él para darle todos los detalles.

—¿Es una operación complicada?

—No, en absoluto. Se trata de un solo hombre. No he querido saber qué quieren hacer exactamente, pero si solo es neutralizar a una persona, un francés para más señas, es algo muy sencillo.

El sacerdote se levantó del sillón, estrechó la mano del padre Jesús y abandonó el despacho por una puerta diferente a la que había entrado.

El padre Jesús Yajures se levantó del suyo y se asomó a uno de los ventanales. Desde allí contempló el jardín que se abría ante él flanqueado por los dormitorios del edificio, escuchando en silencio las evoluciones de dos o tres pajarillos que a esa temprana hora de la mañana revoloteaban excitados alrededor de una hembra.

La Entidad como popularmente llamaban dentro de aquellas paredes a la Santa Alianza tenía otro trabajo para la salvaguarda de la Fe, por la Cruz y por la espada…

Los Ruthchildren eran unos buenos católicos. Lo habían sido siempre, sus antepasados fueron fervorosos defensores de María Estuardo y lucharon por intentar verla reina de Inglaterra y restauradora del catolicismo en las islas. Y eran buenos mecenas, también. Su banco y la Iglesia tenían intereses comunes.

Solo la operación Pez Volador, aquel desafortunado negocio del Banco Ambrosiano con los misiles Exocet que acabaron en manos de Argentina durante la Guerra de las Malvinas fue capaz de poner en riesgo esas relaciones. Pero, al final, la sangre no llegó al río y todo volvió a ser como antes.

Novecientos kilómetros al norte, en Ginebra, Alfred Ruthchildren, asomado a uno de los ventanales de la sala de juntas del banco de su familia, contemplaba cinco pisos más abajo a la gente que esperaba el autobús en una de las paradas de la Place des Alpes.

Acababa de colgar el teléfono móvil y, como siempre que su padre le hacía partícipe de una decisión «difícil», como él solía llamarla, necesitaba unos minutos para, en un ejercicio mental sin parangón, borrarla de su mente o, cuando menos, darle una pátina de necesidad que mitigase, hasta hacer desparecer en pocos días, cualquier cargo de conciencia.

Le acompañaba en la sala un hombre algo más joven que él, de aspecto atlético, anchas espaldas y brazos musculosos, vestido con un elegante traje azul marino, de chaqueta amplia, bajo la cual, muchas veces, ocultaba una robusta y compacta Ingram MAC 10 con la que daba protección a la familia.

Conrad Moore le acompañaba siempre en sus salidas al extranjero, asistía a muchas de las reuniones que celebraba, siempre en un discreto y silencioso segundo plano y, en ocasiones, como aquella era testigo de conversaciones «difíciles».

Conrad pensaba que hacerle partícipe de ellas era una fórmula que su jefe usaba para descargar parte de la culpa. Al permitirle conocer planes manifiestamente ilegales le convertía en cómplice y, quizás, de ese modo, creía transmitirle parte de la responsabilidad (y con ella del «pecado») por semejante decisión. Llevaba con la familia Ruthchildren toda su vida, desde siempre. Su padre fue guarda mayor y, al igual que él ahora con Alfred, el hombre que, hasta que se jubiló, le prestó seguridad al viejo señor Jackson. Tal era la confianza entre ambas familias, a pesar de la abismal diferencia social, que la familia de Conrad seguía viviendo en una casa de los Ruthchildren en una de sus fincas en Hampshire.

—Bueno, pues ya está hecho lo que había que hacer    —dijo Alfred sin dejar de mirar por la ventana.

Conrad no dijo nada. Sabía que tal expresión era una frase hecha de su jefe que no tenía por qué suponer el inicio de ninguna conversación. Si Alfred Ruthchildren quería oír algún comentario añadiría algo más, de lo contrario le ordenaría que hiciese cualquier cosa.

—A veces hay que tomar estas decisiones —insistió Alfred— aunque nos resulten desagradables. Es preferible siempre optar por un mal menor, cuando no hay otra salida, ¿no te parece Conrad?

El aludido supo entonces que esta vez su jefe sí quería hablar, tal vez para serenar su ánimo antes de pedirle que hiciera pasar al consejero delegado de la entidad bancaria y al director regional, a quienes, unos minutos antes había pedido que le dejasen solo para hacer una llamada.

—Estoy completamente de acuerdo señor —respondió Conrad— pero, si me lo permite, me gustaría hacerle una pregunta.

—Adelante.

—¿Por qué La Entidad? ¿Por qué los curas…? ¿No hubiera sido más fácil solicitar ayuda a la Dirección General de Seguridad Interior? Tratándose de un francés y teniendo buena mano en el Ministerio su tío el señor Rene… quizás esta gente. La Dirección General de Movimientos Subversivos podría haber actuado, porque ese tipo, al fin y al cabo, está incitando a la gente a la subversión del orden establecido.

—No Conrad, no nos sirven las fuerzas de seguridad de ningún estado, ni francesas, ni las nuestras; ni siquiera la gente de Five Eyes, por mucho que Edward Snowden la sobrevalorara en su momento. Este trabajo ha de hacerlo alguien con capacidad para actuar en cualquier país del mundo y con la mayor discreción posible. Alguien que lleve haciéndolo desde siempre sin que jamás se haya visto vinculado, en tiempos modernos, a escándalo alguno. Alguien con cientos de miles de agentes e informadores en todo el planeta, y esa fuerza solo la tiene la Iglesia. Piensa solo en Francia, por ejemplo. En este país hay más de 16.000 parroquias con 21.000 sacerdotes. Los religiosos de toda orden suman 42.000 personas; eso sin contar con laicos al servicio de la Iglesia o catequistas y demás… Lo que te acabo de decir, más de cien mil ojos y oídos al servicio de esta institución que, sin ellos saberlo siquiera, pueden ser usados para aportar información referida a cualquiera.

—Tiene usted razón. Jamás se me hubiera ocurrido pensar en ese poder inmenso que tiene…

—Y te digo más, si a nuestro hombre le diese por huir de Francia, vaya donde vaya habrá presencia de esta organización. Tendrán casas donde acoger a los agentes que destinen a esta misión, sacerdotes y religiosos dispuestos a darle ayuda en caso de necesitarlo, infraestructura más que suficiente, e influencia, para protegerlos llegado el caso, al menos eso piensa mi padre.

—Entendido. No hay opción mejor —dijo Conrad.

—No, desde luego. Siempre que se tenga acceso a ella. Y mi familia la tiene desde hace siglos, de modo que no hemos tenido la menor duda a la hora de plantearnos una salida al conflicto.

—Estoy completamente de acuerdo señor.

—Gracias Conrad. Haz el favor de decirles a esos señores que ya pueden pasar. Que he terminado la conversación que necesitaba hacer. Y si no te apetece oír hablar de números y ventas, te puedes quedar fuera.

—Gracias a usted por la confianza que me brinda. Y sí, permaneceré mejor fuera.

5

Colin Byrne detuvo su Peugeot 308 de un llamativo color azul junto a la garita de entrada al parking subterráneo del imponente edificio de cristales de la TF 1, televisión privada con más de un veinte por ciento de cuota de pantalla, donde, una noche más, iba a ser entrevistado en los minutos finales de un informativo líder de audiencia: El Diario de las Ocho, presentado por Marie-Claire Couture.

El guardia de seguridad se le acercó, le dio las buenas tardes y se dirigió a la parte trasera del vehículo para ver la matrícula e introducirla en la pantalla de la tablet que llevaba en las manos.

Colin, por el espejo retrovisor, le vio teclear durante un tiempo que le pareció excesivo, confirmando que había algún problema cuando el vigilante le informó que su matrícula no figuraba en el listado de vehículos con acceso al parking.

Colin le explicó que era un invitado de Marie-Claire Couture, quien, a través de una de las personas de producción del informativo, le había citado una hora antes del inicio para preparar la entrevista que le haría al término del mismo. El guardia de seguridad hizo un nuevo intento de comprobación, por si había algún error en la hora de entrada autorizada, que arrojó el mismo resultado: no le estaba permitido entrar. El hombre, en su deseo de resolver lo que a todas luces parecía un grave fallo de coordinación entre los responsables de un programa y la seguridad del edificio, le pidió a Colin que le facilitara el número de su Carta Nacional de Identidad, tecleándolo en una nueva pantalla en la que, según le dijo, figuraban las CNI de todos los que habían sido invitados ese día a visitar las instalaciones de la televisión.

Colin tampoco figuraba en el listado.

La situación se tornó incomprensible para el guardia pues, a esas alturas de la conversación, había reconocido a Colin Byrne como el economista de moda en esos días, la persona a la que había visto en los noticieros en días anteriores, no dudando en ningún momento de lo manifestado por él respecto de la invitación al plató del informativo El Diario de las Ocho. Pero había un problema, sin estar en los listados de personas autorizadas a entrar en la sede de la cadena, ni él, ni su vehículo podían acceder.

Le pidió amablemente que retirase el coche de la entrada, para dejar paso a otro que pretendía hacerlo, y que lo estacionase al lado, junto a la zona de acceso de las furgonetas de unidades móviles, de atrezo, etc., mientras él efectuaba una llamada de teléfono para deshacer el entuerto.

Colin vio torcerse el gesto del vigilante durante la conversación que mantuvo al teléfono y presintió que no había buenas noticias.

—Lo siento señor, pero no puede acceder a las instalaciones. No está usted autorizado. La entrevista se ha suspendido.

—¿Cómo que se ha suspendido? ¿Cuándo? ¿Por qué?

—Yo no sé cuándo se ha suspendido, ni el motivo. Solo le transmito lo que me acaban de decir desde la oficina de producción del informativo.

—Pero esto no puede ser…

—Lo siento señor, pero tengo que pedirle que deje expedita esta puerta. Ha de retirar su vehículo, por favor.

Colin arrancó de nuevo el Peugeot, dio marcha atrás con la ayuda del vigilante, recorrió los pocos metros que le separaban del parking público Point du Jour y entró en él. Encima se encuentra un gran centro comercial con numerosas empresas, cafés y restaurantes tanto dentro como en los alrededores.

Tras salir del parking, se dirigió a La Place, una cervecería ubicada en la plaza de Marcel Pagnol, donde bien se podía tomar un café, una copa, o degustar un plato de pescado con tallarines.

Se sentó en la terraza, bajo uno de los toldos de listas negras y blancas, característicos de este establecimiento, pidió una copa de Leffe roja y buscó en su cartera el teléfono.

Al tercer intento atendieron su llamada. Le respondió Corinne, una de las ayudantes de producción del informativo en el que debía ser entrevistado cuarenta minutos después.

Esta joven empleada, al principio, no le dio muchas explicaciones del motivo de la suspensión de la entrevista. Se limitó a decir que desconocía los cambios en lo programado, después, ante la insistencia de Colin, dijo que en su lugar iría otra persona, otro economista del que no sabía su nombre porque no figuraba en la escaleta del programa y, finalmente, cuando Colin estaba a punto de despedirse, tras un prolongado silencio, le susurró algo que le dejó perplejo.

—Han dicho cosas muy feas de usted, señor Colin. Esta tarde han corrido rumores de que es usted un farsante, que no terminó sus estudios y cosas peores. Han llegado a decir que no sería extraño que le abran una investigación. Por eso, los jefes han decidido no entrevistarle aunque Marie-Claire Coutur insistía en que si había un escándalo detrás de usted ella quería destaparlo teniéndole de invitado.

—¿Qué, qué está diciendo señorita? —acertó a decir Colin Byrne, pero no obtuvo respuesta. La joven ayudante de producción había cortado la comunicación.

Sorprendido, enfadado, iba a apurar de un trago su cerveza para marcharse cuando algo le llamó la atención. En una mesa alejada de la suya, ubicada bajo otro de aquellos toldos listados, un individuo hizo un gesto raro al colocar un casco de moto encima de la mesa.  A Colin le pareció que tapaba precipitadamente algo oscuro.

El gesto no le gustó, el hombre le estaba observando y, al cruzar sus miradas, reaccionó ocultando aquello y mirando con rapidez hacia otro sitio.

Extrañado, decidió cambiar de planes. En vez de levantarse e irse inmediatamente, se dirigió al interior y cogió un ejemplar de Le Parisien.

Con él en la mano, simuló interesarse por una página concreta, que buscó de forma ostentosa apoyándolo contra uno de los taburetes de la barra, mientras, en realidad, observaba por el rabillo del ojo a aquel joven cuyo comportamiento le había llamado la atención.

Entonces lo vio sacar de debajo del casco un objeto pequeño, de color negro, que manipuló un instante para dejarlo después sobre la mesa, orientado hacia la suya, entre una taza de café y el inconfundible paquete azul de cigarrillos Gauloises.

Visto desde lejos, sin haber apreciado la manipulación que hizo antes de colocarlo, hubiera pasado por un encendedor, pues no sería mucho mayor que un modelo tipo Zippo.

Colin volvió a su  mesa y se entretuvo pasando las páginas y observando a hurtadillas al joven quien, pasado un minuto, tal vez dos, volvió a coger el objeto, lo manipuló de nuevo, y se marchó en dirección a las escaleras que descendían desde la placita, que estaba sobreelevada, hasta el nivel de la calle.

Poco tiempo después, él hizo lo mismo.

Cuando salió del parking, enfrente, sobre la acera, junto a un parquecillo infantil donde un grupo de niños alborotaban en lo alto de un tobogán, estaba el mismo sujeto apoyado contra una furgoneta pequeña, conversando con dos hombres que había en su interior. El casco, en el techo de la misma.

A Colin solo le dio tiempo a ver que se trataba de un vehículo industrial, una Citroën Berlingo o parecida, con poca capacidad de carga, a juzgar por su tamaño.

Seriamente preocupado, convencido de que fuesen quienes fuesen aquellos sujetos, le habían estado observando primero y esperado que saliera del subterráneo después, avanzó por la calle Les Enfants du Paradis hacia la calle des Pleupiers, donde hizo un giro en redondo, aprovechando la entrada de un garaje, para volver sobre sus pasos, encontrándolos de frente inmediatamente. Moto y furgoneta avanzaban una detrás de la otra siguiendo el camino que él acababa de dejar.

Con cierta precipitación se introdujo en el subterráneo que pasa bajo el estadio de fútbol Parque de los Príncipes, donde juega el París Saint – Germaine, avanzando por una vía de cuatro carriles, saturada de tráfico en ese momento y salpicada de numerosos pasos bajo tierra.

Al salir del puente sobre el que discurre el entramado ferroviario que acaba en la Estación Saint – Lazare, a mitad de su trayecto, vio por el retrovisor la luz del faro de una motocicleta y una duda le asaltó. ¿Sería el sujeto que le observó en la cafetería de La Place? ¿Habría tenido tiempo de dar la vuelta y alcanzarle? Dedujo que sí. Circulando en una moto podría haberle dado caza incluso mucho antes de ese punto.

Preocupado, empezó a plantearse seriamente quiénes serían aquellos que le seguían y con qué objetivo, pero los nervios que empezaban a aflorar le impedían pensar con frialdad algo diferente a la necesidad imperiosa de saber a ciencia cierta si le estaban siguiendo realmente y cómo despistarlos sin llevarles directamente a su domicilio.

Al rebasar por debajo un nuevo entramado de vías ferroviarias, las que conducían a la Estación del Norte, colindante con su domicilio, decidió que, tras salirse de la Ronda Periférica en la cercana Porte de la Villette, aparcaría el vehículo donde pudiese y haría el resto del trayecto hasta su casa en metro. Era la única forma que tenía de impedir que, si realmente le estaban siguiendo, quien lo hacía llegase a conocer dónde vivía.

Tras girar en la glorieta Place Auguste Barón, se dirigió hacia el centro de Aubervilliers, municipio independiente de París, que está en los suburbios de la zona norte de la ciudad, encontrando un aparcamiento libre nada más entrar en la avenida de Jean Jaurès, junto a una carnicería hallal.

Al bajarse, se dio cuenta de que un Peugeot del mismo modelo y color que el suyo estaba aparcado solo un coche por delante. Se fijó en la matrícula, sus dos últimas letras eran CB, justo las mismas que las de su coche, solo que el orden estaba invertido.

«¡Putain! (Joder), espero que el dueño de éste no me joda mañana la cerradura intentando abrir el mío» pensó asombrado por la coincidencia.

Inmediatamente, sin pérdida de tiempo y mirando siempre hacia atrás, recorrió la escasa distancia que lo separaban de la boca de metro de Aubervilliers – Quatre Chemins, de la línea siete parisina, que seis paradas después le dejaría a poco más de ciento cincuenta metros de su casa, en la esquina de su calle con La Fayette.

Antes de perderse en la boca del metro vio de nuevo la motocicleta y miró con descaro al individuo que la conducía. El joven pareció no inmutarse y se limitó a sostenerle la mirada levantándose, incluso, la visera del casco.

Colin se fijó entonces en la motocicleta, era una Peugeot Metrópolis de color negro, de doble rueda delantera, con manta cubrepiernas, un vehículo magnífico para moverse con rapidez dentro del casco urbano de cualquier gran ciudad y, desde luego, ideal para seguir a un coche sin perderlo de vista y sin llamar la atención.

Media hora después, Odette lo recibía alarmada. En la televisión, en vez de estar él promocionando su libro, había otro economista descalificando su trabajo con palabras muy duras. Ella le había llamado al móvil varias veces sin obtener respuesta, lo que le había disparado los nervios hasta el punto de llevarla al borde de las lágrimas.

Quien sí había llorado era Dafnèe al oír en la tele que su padre era un farsante, un sinvergüenza, embaucador, estafador y otras lindezas, antes de que su madre apagara el aparato. Después la envió a la cama antes de tiempo y la niña, lejos de tranquilizarse y dormirse, había tenido un arrebato de violencia, insultando a la presentadora y rompiendo el espejo de su armario al lanzar contra él la taza en la que su madre le había preparado un Banania calentito, su bebida preferida a base de cacao, harina de plátano, cereales y miel.

Al sentir llegar a su padre, Dafnèe se levantó y corrió a su encuentro llorando intentando, sin conseguirlo, explicarle lo que había oído.

Colin la tranquilizó diciéndole que era normal que hubiese gente maleducada y envidiosa que ante la fama que él estaba logrando reaccionase de esa manera. Pero Dafnèe, enseñada a ser crítica con todo lo que le decían, lo fue también con las palabras de su padre y puso en duda que solo fuera eso, preguntándole por qué no estaba él en la televisión defendiéndose de esas mentiras.

—Pues porque no me han permitido entrar —fue la respuesta de su padre.

Dafnèe puso cara de sorpresa y añadió —bueno, pues otro día vas y lo aclaras todo— Y más tranquila al ver a su padre despreocupado le estampó dos besos y se fue a la cama.

Quien lo miró escandalizada y, en cuanto la niña se perdió por el pasillo, le hizo gestos de no entender nada y pedirle una explicación más detallada fue Odette, cuya cara era el vivo retrato del asombro.

—¿Cómo que no te han dejado entrar en la tele? —le preguntó hablando en voz baja mientras se dirigían al salón.

Colin le explicó muy por encima lo sucedido. Y Odette escuchó sus palabras con gesto de incredulidad. Al terminar él, fue a decir algo, pero Colin, tras llevarse el dedo índice de la mano derecha a los labios ordenando silencio, apagó la luz y se dirigió a la ventana.

—¿Qué pasa Colin? —quiso saber Odette, pero él le siguió pidiendo silencio. Le había parecido oír fuera, en la calle, una moto.

Se asomó a la ventana con extrema precaución, sin descorrer los visillos y miró fuera. Enfrente de su casa, en el aparcamiento reservado a motos frente a una clínica veterinaria, estaba la Peugeot Metrópoli que había visto ya dos veces y un instante después se detenía a su lado la furgoneta blanca. El motorista hizo un gesto con la cabeza que Colin interpretó de manera inequívoca. Estaba señalando el bloque de pisos en el que vivía. Instantáneamente y de forma refleja se echó hacia atrás.

Odette vio el gesto de su marido y se acercó. Él la sujetó por el brazo.

—Creo que me han estado siguiendo —le dijo.

—¿Cómo? ¿Qué dices Colin?

—Y creo que los que me han seguido están ahí abajo.

—¡Hay que llamar a la policía! —exclamó alarmada su mujer.

—Espera, espera… no estoy seguro completamente      —mintió él, intentando ganar tiempo para pensar qué era lo más prudente en esa situación.

—¿Cómo que no estás seguro? ¿Te han seguido o no te han seguido? ¿Por qué crees que te han seguido? ¡Explícate!

Colin le refirió a su mujer, de manera sucinta, lo que había vivido y ella no tuvo la menor duda de que no eran imaginaciones suyas. Sin duda, aquellos hombres le habían seguido.

—Pero he venido en Metro desde Aubervilliers. El de la moto se quedó en la calle… —añadió Colin.

—Pues saben donde vivimos. No hay otra explicación. Por eso están aquí. Les ha importado muy poco perderte en el Metro. Cuando entraste en la línea siete sabían que venías a casa. Y han llegado casi a la par tuya. ¿Qué vamos a hacer Colin? ¿Qué crees que significa todo esto? No te han dejado intervenir esta noche en la televisión, un tipo te ha insultado delante de toda Francia y después unos desconocidos te han seguido hasta casa… No me gusta este asunto.

—Ni a mí, Odette. Sinceramente no sé qué significa, ni la trascendencia que pueda tener.

—Tu libro ha hecho mucho daño. Sabíamos que no se iban a quedar de brazos cruzados. Lo de esta noche en la tele era de esperar. Si te soy sincera, no me ha extrañado demasiado; pero seguirte hasta nuestra casa… eso es otra cosa. No me gusta Colin. No me gusta nada de nada.

—Se van —dijo él— la furgoneta acaba de irse y el de la moto se está montando en ella.

Odette miró por encima de su hombro y confirmó sus palabras.

—Vamos a dejar pasar veinticuatro horas y vemos si me vuelven a seguir. Si es así, entonces denunciamos —dijo él.

—Veinticuatro horas, ni una más. Si te siguen otra vez en algún momento no esperamos ese plazo. Vamos directamente a la calle Louis Blanc y presentamos la denuncia. ¿Me has oído? —dijo Odette, a quien la actitud de su marido le estaba pareciendo demasiado tibia con el problema.

—Que sí Odette, que sí, no te preocupes más de lo necesario…

—¿Más de lo necesario? ¿Y cuánto es lo necesario en un caso como éste?

—Es una forma de hablar. No te lo tomes todo al pie de la letra. Vamos a ver, mañana cogemos tu coche, llevamos la niña al cole, vamos a por el mío, volvemos, guardamos el tuyo y yo te llevo a trabajar. De esta forma, tú misma podrás comprobar si alguien me sigue. De momento, que sepamos, solo conocen el Peugeot. ¿Te parece?

El Mini Cooper S de tres puertas de Odette se pasaba días y días sin salir del garaje que la familia tenía alquilado en un inmueble de su misma calle, apenas a cien metros del portal. Era Colin quien usaba su Peugeot para dejar primero a la niña en el colegio en la calle Chabrol, antes de dirigirse a la estrecha calle Saint – Louis, eje vertical de la isla del mismo nombre, un remanso de paz y tranquilidad en medio del Sena, conectado a la ciudad por seis puentes, uno de los cuales, el de San Luis, le unía a la otra isla, la Île de la Cité.

En la calle Saint – Louis, enfrente de la iglesia, la familia tenía alquilado un ático con vistas a los tejados de dicho templo, en el que ambos trabajaban. Odette dando clases de dibujo y pintura a un nutrido grupo de jóvenes y mayores, y Colin, desde que dejó el banco de inversiones, escribiendo su controvertido libro económico, del que, en esos momentos, preparaba una segunda parte, aún más explosiva.

El taller de Odette era un loft en el que ellos habían creado con tabiques de pladour una habitación de aceptables dimensiones, para que Colin instalase una mesa sobre la que dejar su portátil, una cómoda silla de despacho y un par de pequeñas estanterías siempre repletas de cuadernos y útiles de escritura.

En el salón principal, con tejado a dos aguas y dos enormes cristaleras por las que entraba la luz a raudales, se distribuían con cierto orden caballetes, taburetes, un par de mesas llenas de lienzos, pinturas, trapos, cajas de madera con tubos de óleo, botes con pinceles, acuarelas, barras de cera, maletines personales de algunos de los alumnos, y alguna estantería con libros y más pinceles, más pinturas y más trapos.

Cada día, tras dejar a Dafnèe a las ocho y media se dirigían a este tranquilo lugar donde de nueve a once y de dos a cuatro de la tarde Odette atendía a sus alumnos. La costumbre era que Colin, tras atravesar el puente, la dejase a ella en la esquina, para continuar él buscando un aparcamiento en cualquiera de las calles colindantes, lo que, a veces, le llevaba su tiempo.

Aquella mañana los planes serían diferentes adelantando la salida de casa de todos ellos. Julie, la empleada de hogar, que llegaba cada día a las siete y media de la mañana, llevaría a Dafnèe al colegio, ya que sus padres estaban obligados a desplazarse hasta Aubervilliers para recoger el coche de Colin que había dejado la noche anterior aparcado en una de sus calles.

Julie y la niña salieron poco antes de las ocho, con un ligero margen de tiempo para llegar al colegio antes de las ocho y veinte, hora en la que los alumnos accedían al centro. E inmediatamente después, se fueron Colin y Odette.

Tras recoger el Peugeot volvieron sobre sus pasos para dejar el Mini en su garaje y seguir la rutina de todos los días, sin sospechar que jamás sería la misma.

En la esquina de su calle con La Fayette, un espacio muy grande, pues ambas vías se cruzan en una equis de ángulos desiguales cuyo punto de intersección es muy amplio, con edificios achaflanados, la policía desviaba el tráfico por esta última calle en dirección norte, hacia la larga avenida Jean Jaurès, la misma que acababan de dejar.

Los agentes, tanto de la Prefectura de París como de la Policía Nacional, cerraban el lugar, impidiendo que vehículos y curiosos se acercasen hasta donde un coche y un autobús habían ardido, este último parcialmente.

En principio, la escena parecía un atentado, pero el despliegue policial, sin chalecos antibala, y la ausencia de agentes de las Compañías Republicanas de Seguridad fuertemente armados, como solía ser normal en esos casos, chocaba frontalmente con esa primera impresión.

Colin obedeció las órdenes que daba la policía y giró en redondo para volver al garaje. Ellos solo tenían una plaza alquilada y el espacio del parking —ubicado en el patio interior de un edificio— era muy reducido, para solo cinco coches, pero, a esa hora, casi todos los usuarios los habían sacado ya para desarrollar sus respectivas actividades, y nada le impediría dejar el Peugeot en alguna de las plazas libres mientras se interesaban por lo sucedido.

Algo le había dado mala espina. Solo vio una aleta del coche y durante un instante, porque estaba tapado con una lona, pero su color, azul, como el suyo, le provocó un chispazo en la mente, provocándole que se removiera inquieto en su asiento y que resoplara y maldijera un par de veces

Odette le preguntó por el motivo de su nerviosismo.

—Cuando decidí publicar el libro te dije que nos traería problemas, que, probablemente, esa gente me descalificase, me lo pusiese muy difícil para volver a trabajar en una gran empresa… lo que nunca pensé es que atentaran contra nosotros.

—¿Atentar contra nosotros? No te entiendo cariño.

Cuando Colin le explicó que la noche anterior había aparcado junto a otro coche igual al suyo y que sospechaba que lo sucedido era un atentado que iba dirigido contra él, a Odette se le mudó el color de la cara.

Unos instantes después, los dos, en silencio y a la carrera, se acercaron hasta la línea de policía y preguntaron al primer agente que vieron si era un atentado.

El hombre negó con la cabeza.

—No señor, es un accidente.

—¿Con víctimas? —preguntó Colin.

—No le puedo decir nada. Por favor siga su camino. No se puede quedar aquí.

—¿El coche es un Peugeot 308? —insistió.

—¿Cómo ha dicho? —preguntó el policía prestando esta vez mucha más atención a las palabras de Colin.

—Es que tengo uno igual, del mismo color, y aunque solo se ve una aleta, me ha parecido… —se justificó Colin.

—Podría ser —respondió el policía— Ya le he dicho que no le puedo informar de nada.

En aquel momento una unidad móvil de televisión se detuvo en la esquina descendiendo varias personas, una de ellas con la cámara al hombro.

Colin y Odette decidieron suspender sus planes para esa mañana y regresar a casa donde, nada más llegar, encendieron la televisión justo a tiempo para oír que dos personas, un matrimonio, había muerto calcinado en un extraño incendio de su coche, en la esquina de la calle Faubourg Saint – Martin con la calle Lafayette.

Al parecer, la pareja circulaba a bordo de un Peugeot 308 de color azul, cuando, de improviso, se incendió el motor, propagándose las llamas con rapidez, provocando que el conductor perdiera el control y acabase impactando con el autobús. Según testigos presenciales, los ocupantes no pudieron salir del coche porque las puertas quedaron incomprensiblemente bloqueadas y, pese al intento de varios transeúntes por ayudarles, nada se pudo hacer, falleciendo ambos carbonizados.

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