Paradojas de la vida

La ciudad que no sueña

He recibido una carta de mi colega el psicoanalista chileno Jorge Rodolfo Foerster en la que además de noticias de interés profesional —obviamente omitidas aquí— me traslada su opinión sobre la novela La ciudad que no sueña, de Pepe López y Ramón Clavijo. 

“… y en un viaje que recién realicé a Montevideo andaba paseando por la Avenida Michelini, tras los pasos de una librería en la que se reeditó a últimos del siglo pasado el Tratado de la luz dudosa de un tal Isaías Reyero, paisano suyo y colaborador del que fue bibliotecario de la ciudad de Jerez de la Frontera, don Manuel Estevez. 

Mi curiosidad por la historia del Bajo Guadalquivir, desde mi trabajo Tartessos y Schulten: el mito de Tántalo, me había espoleado a encontrar el libro de Reyero en el que se habla de un templo en la desembocadura “de uno de los brazos del Guadalquivir, conocido como río Guadalete”. El caso es que no hallé lo que fui a buscar, ni siquiera la promesa de tenerlo en breve. Pero, a cambio, el destino puso en mis manos la novela La ciudad que no sueña, de José López y Ramón Clavijo. Hasta la República Oriental del Uruguay llega el prestigio y los libros de la editorial jerezana Libros Canto y Cuento. No me sorprende.

He de decirle, amigo Rubiales, que conocí el Jerez de las bodegas, la capital agraria y obrerista del vino, de la mano del ya anciano don Manuel Esteve. Yo por aquellos años setenta del siglo anterior era joven. Me apasionaba la arqueología y el psicoanálisis, lo que viene a ser lo mismo, aunque en espacios distintos y tomando pie en la misma base: la certeza de que somos el resultado de lo que fuimos. En realidad, todos los psicoanalistas somos arqueólogos frustrados.

Una beca de investigación del Instituto Goethe me permitió residir en Sevilla y en Cádiz, durante tres meses, y así conocer su ciudad. Siempre pensé que Schulten seguía una intuición verdadera pero unas pistas falsas. Ya entonces era evidente que pudo sacar más provecho en Mesas de Asta que en el coto de Doñana. 

Vuelvo a la novela cuya lectura supuso un vuelco en mi corazón. Desde aquellos días primaverales perfumados de naranjos y vino, esta ciudad pretenciosa y altanera forma parte de mi arcadia feliz. Todavía escucho el traqueteo del carromato por las calles empedradas y me parece contemplar la prosopopeya gesticulante del guardia urbano en el Gallo Azul, el palique de las vecinas con los diteros y la compostura de los tratantes de ganado, echados con elegancia sobre la pared del café La Perla. 

De la novela lo que más me interesa es lo menos importante, la descripción indirecta de la ciudad, de sus turbios tabancos, de sus casas-palacios, de sus calles en blanco y negro… Caracuel, Tornería, Compás, Lancería, Consistorio, Corredera, plaza del Arenal, Armas, Alameda Vieja… todavía resuenan sus nombres en mi alma… En cuanto a la arquitectura de sucesos, el ritmo y la tensión narrativa, La ciudad que no sueña -en esto- no le va a la zaga a la mejor novela policiaca. Felicite a López y Clavijo, si es que mantiene con ellos alguna relación amistosa o de conocimiento.

En definitiva, colega Rubiales, una novela que me ha removido recuerdos e imágenes ya lejanas y muy queridas por mí. Pero sé que una vejez hiperestésica y de lágrima fácil es una manera poco elegante de llevar la edad última. No caeré en sensiblerías. 

Me encuentro escribiendo esta carta en el café Riquet, en un costado de la plaza de Aníbal Pinto, en Valparaíso. Son las doce y diez: ya ha bebido el papa, como dicen ustedes. Brindaré con un oloroso por tan feliz hallazgo literario…”

Hasta aquí las palabras de mi colega Jorge Rodolfo Foester. He creído que debía de hacerlas públicas por lo que tienen de reconocimiento a la novela de José López y Ramón Clavijo. Dicho queda.  

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