Paradojas de la vida

La caída hacia arriba

En el capítulo 9 de los Hechos de los Apóstoles se cuenta la conversión de Saulo de Tarso de camino a Damasco y el famoso episodio de la caída de su caballo a causa del deslumbramiento que le produjo una gran luz que venía de lo alto. Y una voz tronadora que le advertía de su error y su pecado. Una caída que, en realidad, es una subida.

No permita el Señor que yo me dedique a dar sermones. He traído aquí este hecho para tomarlo como una metáfora. Para mostrar con un ejemplo cómo, algunas veces en la vida, se nos muestra una revelación, una verdad de la que no puedo dudar. Tan clara y distinta —como diría Descartes— que rinde y somete mi evidencia. Como cuando entiendo que dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí o que la parte es mayor que el todo; se entiende una parte de ese todo, no de cualquier todo, claro. Casi todas estas revelaciones acontecen después de un hecho extremadamente doloroso, propio o ajeno. Y casi siempre tiene que ver con la cercanía de la muerte, en sus múltiples variantes, muerte física o muerte moral (por ejemplo, una gran depresión, una gran adicción o el vacío sin fondo de una gran menesterosidad). 

Pero por lo común, nuestro entendimiento anda entre penumbras. Y va buscando un poco a tientas las certezas que necesita para vivir entre algunos momentos de oscuridad y desorientación y otros muchos de creencias grises, de esas que por una parte depende y por otra qué quieres que te diga. Rara vez se produce una revelación. Me refiero a una revelación intelectual o moral alcanzada con nuestros propios medios —que sea algo más que una mera tautología—, no me refiero a una revelación bíblica anunciada con un estruendo ensordecedor o una luz cegadora.

Éstas pertenecen a la literatura mitológica o religiosa. Y, estadísticamente, no tienen muchos mortales la suerte de ser sus destinatarios al menos que sean pastorcillos iletrados de algún predio del Mediterráneo. Si eres esquimal, watusi, pigmeo del Kalahari o bien eres de profesión analista de recursos humanos, broker, networker, digital transformation project manager, big data and data intelligence analyst… entonces la probabilidad de ser destinatario de un mensaje de lo Alto se acerca a cero. 

Pero la voluntad del Altísimo es inescrutable y no podemos explicar su querencia por determinadas profesiones como la de pastor de ovejas o pescador de agua dulce; su aversión a profesiones relacionadas directamente con el dinero como las de mercader o recaudador; y su afición por algunos presentes elementales como el pan, el vino, la sal y el agua. Igual encierra todo esto un mensaje fácil de entender, oh gran paradoja, como que la salvación está lejos del poder y cerca de las cosas sencillas. Cualquiera sabe. Doctores tiene la Iglesia.

Viene esto a propósito de valorar la importancia de hacernos con las riendas de nuestra propia vida, sin la necesidad de una gran revelación del más allá. Afrontar, así, los reveses inevitables con cierto decoro y, sobre todo, dirigir nuestra voluntad hasta elegir y conseguir nuestro modo de estar en el mundo. 

Es verdad que, a veces, revestimos este objetivo con un ropaje, hueco y falso, de pasión, de emoción, de entusiasmo romántico, de búsqueda quinceañera de la felicidad eterna. Pero, superado este sarampión adolescente más destinado a seducir a los demás que a convencerse a uno mismo, lo importante es tomar algunas decisiones y mantener el rumbo. Puede ayudar para arrancar motores tropezar con algún revés que, contrariamente a lo que puede parecer, te ayuda a salir de la neblina cotidiana con el precio de una pequeña herida en tu vanidad. No es una ganga, pero está bien pagado.

Tengo que decir algo que todos sabemos: que el principal enemigo para comenzar a hacer las cosas de otra manera somos nosotros mismos. Efectivamente, somos especialistas en hacernos trampas jugando al solitario. Y construimos de una manera sistemática los obstáculos que nos facilitan abandonar el esfuerzo. Es más cómodo (menos arriesgado) hacer lo que siempre hemos hecho porque, además y en parte, es lo que todo el mundo (yo incluido) espera que haga.

Por eso, puede tener tanta capacidad de transformación un “no”. ¿No a qué? A llevar una vida con la que no estoy satisfecho, indolente, superficial, vana y tonta. En donde casi todas las verdades son mentiras. El conocimiento de la verdad puede tomarse su tiempo. Pero la vida no. La vida no espera. Tú verás qué quieres hacer con la tuya. No es absolutamente imprescindible cambiar. Sólo si la vida que llevas te resulta anodina y, especialmente, si conlleva un sufrimiento gratuito. 

Desde luego, no esperes una gran revelación sobre la dirección que debes seguir. Esto es cosa tuya. Y el criterio para saber si el cambio es real y profundo es comprobar que se hace lentamente y sin alharaca: mucho ruido, pocas nueces. Pero no hay caídas hacia arriba.

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