CulturaFestival de Jerez

La boca le sabe a sangre

La cantaora, multinstrumentista y compositora Rosario La Tremendita destapa, con un par de músicos prodigiosos, 'Delirium tremens', un directo visionario y sorprendente que araña y da calambre.

La cantaora, multinstrumentista y compositora Rosario La Tremendita destapa, con un par de músicos prodigiosos, ‘Delirium tremens’, un directo visionario y sorprendente que araña y da calambre.

Entre el nacimiento de Tía Anica La Piriñaca, todavía en el siglo XIX, y el tercer disco de Rosario La Tremendita han pasado más de cien años en los que la mujer en el flamenco, con una queja que en el fondo siempre supo a sangre (como decía la cantaora jerezana que le ocurría cuando cantaba “a gusto”), pasó de esperar a la muerte del marido para dedicarse por entero a su arte a permitirse su propia revisión-(re)evolución jonda. Ha habido cantaoras valientes y avanzadas a su época, por supuesto, pero difícilmente tan transgresoras y a la contra como el caso de esta joven artista trianera, más aún en estos tiempos en los que la censura vuelve a ser pan nuestro de cada día. Por eso, quizás, todavía sobran justificaciones y reparos al dar conocer el riesgo que siempre entraña el cambio —este trabajo solo lo juzgará el tiempo—, aunque el camino ya es irreversible. Mientras los fantasmas del pasado que aún pululan en forma de talibanes de lo jondo braman encendidos, ellas crean. Mientras aúllan con aspavientos esos que si por ellos fuera el flamenco viviría con burka y encerrado en un armario con alcanfor, ellas afloran radiantes.

Rosario sale del capullo de lo tradicional, en el que llevaba larvada desde niña (a base de prejuicios, cortapisas y malas caras), y se convierte en una mariposa flamenco-rockera Tremenda a camino entre Patti Smith, Janis Joplin y La Niña de los Peines. Afortunadamente, cada vez van quedando menos haters flamencos y cada vez van emergiendo más creadores que se expresan y cuentan su verdad como mejor les viene en gana. Una ecuación que, de tan obvia para que la cosa siga viva, aún sigue lastimando. En Delirium tremens, un directo que ha presentado en el Festival de Jerez y que, salvo en la letra, en poco se parece musicalmente al disco que da título, la compositora, multinstrumentista y vocalista sevillana parte del dolor. De su propio dolor, no de una pena negra que le es ajena en estos tiempos. De ese dolor atemporal y universal que encierran las crisis personales y que ella canaliza con un puñado de temas en continuum que evidencian que ella ahora ya no es quien era hace un rato. Esa evolución tan íntima, a veces tan dolorosa, a veces tan abrupta, se transforma en una visionaria descarga eléctrica que en su voz araña y en conjunto da un calambre que llega del flequillo al dedo gordo del pie.

Renueva la lírica flamenca por derecho y aporta nuevas interrelaciones y texturas musicales inéditas hasta ahora. El punto de partida, como un faro a lo hondo de la memoria, puede ser Omega y la similitud es palmaria cuando los focos enrojecen el escenario con Delirio degradante, pórtico que bien podría ser el preludio de Vuelta de paseo, la versión de don Enrique del Asesinado por el cielo lorquiano. Pero luego, Tremendita es más bien alfa, más principio que continuación o final, con un conjunto lírico musical que revienta su caja de Pandora como una liberación artística. Ella se va a Valente y a Sexton, poesía con la que, como decía Tía Anica, se tiene que “asujetá”. A veces canta con rabia y otras nos mece con su vozarrón en un pozo de tradición oral insondable. Ecos sefardíes, rockera, blusera.. y flamenca, sí, flamenca.El recital lo recorren estilos como la taranta, los fandagos, el polo, la mariana, los verdiales… ¿Pero cómo lo hace? ¿Cómo puede sonar bien hasta lo que no se entiende en su boca? ¿Cómo puede interpretar tan bien con su música (sí, flamenca) esta época de sobreinformación y de ignorancia en 280 caracteres, de rechazo automático al otro y a lo que se ignora? Al mal tiempo, buena cara, como canta en el Romance del silencio, con una atmósfera casi, casi marciana. Rosario vive un momento tremendo (tenía que escribirlo) y lo demuestra con una seguridad pasmosa a cada paso que da en el escenario y con un poder de transmisión fuera de serie.

Con el bajo eléctrico o la guitarra en ristre, en los samplers y ante el teclado, cantando siempre de pie, cantando sentada al filo del escenario, haciendo compás en el contrabajo de Pablo Martín Caminero (excepcional, una vez más) o sobre el cajón, a rebufo de la batería certera de Pablo Martín. Sonidos de un futuro que es ahora, entre Kraftwerk y Daft Punk, en Mi infierno es tu gloria; o arrolladora en Para cantar la capa quitá, otra letra reivindicativa de género, otro puñetazo a lo prestablecido. En fin, tienen que verla y oírla. Con el mismo silencio y respeto con el que la abrazó el Festival de Jerez, con un publico que acabó ovacionándola en pie y palmeando, casi como en un concierto de rock, pero de flamenco. Qué cosas, ¿no?

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