Paradojas de la vida

La barra del bar

Daniel Cordoni es, entre los actuales barman, el campeón de España. Dice que “los barman tienen mucho de psicólogos”. Hay que ver. Lo dice porque según él comparten una gran capacidad para escuchar. Yo me acuerdo de Hemingway o de Bogart recostado en la barra esperando a Ava Gadner -ahí queda eso- pidiéndole un martini seco al camarero mientras encendía el cigarrillo en el ambigú. Y el barman con su chaqueta blanca y su pajarita negra con cara de “dímelo, Humprey, si te quedas más tranquilo”. (No le perdonaré a Zapatero que me expulsara de la barra del bar con el trabajito que me costó imitar a Bogart, expulsando ese chorro de humo blanco-gris sobre fondo negro).

Ahora Cordoni dice que un barman tiene mucho de psicólogo. Yo creo que, por desgracia, es al revés: que los psicólogos tenemos mucho de barman y cuando un paciente-cliente-parroquiano nos pide una receta para algunos de sus males enseguida le preparamos un cocktail (sé que no se escribe así pero no voy a seguir el criterio de una institución que acepta el uso de almóndiga, toballa o moniato). Cocktails para que se los tome el paciente sin rechistar con el fin de que su matrimonio, las notas escolares de su hijo o las quejas de su madre tengan, por fin, arreglo. Un martini contra la tristeza, un cosmopolitan para la fobia social o un manhattan que nos controle las crisis de ansiedad. ¡Qué peligro que los psicólogos sucumbamos a la tentación de actuar como lo hace el barman Daniel Cordoni, preparando cocktails para la felicidad!

Hay muebles que han llegado a ser pilares de nuestra civilización; en especial aquellos que han tenido que ver con revelaciones íntimas: el pupitre, la litera castrense, la camilla de primeros auxilios, el confesionario, el sillón hidráulico barbero y la barra del bar. Lugares en lo que se escuchaban confidencias de soledades y pesares. En los que se han pronunciado los mejores discursos sobre la condición humana y donde se han desempeñado las mejores profesiones: maestra de escuela, cabo chusquero, enfermera, cura, barbero y camarero. Inteligencia en estado puro.

Ahora Cordoni -esta eminencia de la coctelería humana- ha señalado el mejor talento de los psicólogos: la habilidad para llevar a cabo lo que se conoce de manera un poco cursi como empatía y capacidad de escucha. Es lo que falta a las redes sociales para que la comunicación no sea una fast food, un remedo enlatado y prêt-à-porter. Para que se produzca con toda la intensidad que aporta la mirada, el tacto, el perfume, los sentidos. Y en un lugar apropiado. Una buena barra de mármol blanco para tener charlas como Dios manda, con una botella de palo cortado y unas almendritas.

Ando yo inquieto con estas nuevas ocupaciones diabólicas –youtubers, influencers, webmasters, headhunters, big data specialist…– que no tienen la suerte de conocer una buena barra de bar o una mesa con tapa de mármol blanco como las de La Moderna para poder calibrar los matices del alma humana. Y, sin embargo, dicen que estas profesiones son el futuro para nuestros jóvenes. Socorro.

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