Opinión

Kale borroka

Mi hermana Cristina nació en el convulso País Vasco de 1979. Recuerdo, con los ojos de aquella niña que era, el hospital de Txagorritxu en Vitoria bastante sucio por una huelga cuyo motivo desconozco y la deficiente atención que recibió mi madre en aquellos días así como la larga convalecencia que tuvo que pasar en la casa de alquiler en la que vivíamos, como tantas otras familias que residían por motivos laborales en el País Vasco sin ser oriundos. Siendo de cualquier otro sitio, éramos maketos. Familias de maketos.

Ese es el apelativo despectivo que usaban para describirnos a los que llegábamos de fuera y, que, por supuesto, no gozábamos ni del RH negativo ni de los ocho apellidos vascos. A veces tenías uno o dos apellidos, a veces habías nacido en el País Vasco, pero eso no contaba.

Recuerdo que comenzó a ser obligatorio aprender euskera en los centros públicos, cuando las ikastolas todavía no estaban generalizadas, y recuerdo un carnaval en el que un niño de clase se disfrazó de etarra, ante el silencio entre cómplice y aterrorizado del resto de los niños y niñas y de los propios docentes.

También me acuerdo de las lágrimas, muchas, muchísimas, de una de las vecinas de mi madre, Margari, una guapísima andaluza – a mis ojos lo era—, con dos niños pequeños, que no vivía en la casa cuartel para no señalarse, y que bajaba a mi casa una tarde sí y otra también con el miedo constante de la soledad, de su llamativo acento y de no volver a ver a su marido llegar a casa.

Tengo grabado a fuego el aviso de bomba en mi colegio, apenas unos meses después de comenzar a vivir allí, y la cara desencajada de la directora del colegio avisándonos de que saliésemos rápido sin mochilas a la calle, sólo con los abrigos. Fue la primera de varias alarmas.

Pero uno de los episodios que más recuerdo estos días es el de una familia en shock, la mía, numerosa, con mi madre embarazadísima de la que sería en breve su cuarta hija que callejeando sin más, al doblar una esquina se encontró de frente con un enfrentamiento entre integrantes de la llamada Kale borroka –lucha callejera—, o como decía Arzallus condescendiente “los chicos de la gasolina”, y la policía – “txakurras”, perros, los llamaban—. Ante las lágrimas y el nerviosismo de mi madre, un policía la tranquilizó y nos condujo hasta un portal seguro hasta que pasase todo.

Yo era sólo una niña y después de aquel, ya como estudiante y después como incipiente periodista, viví muchos otros episodios; pero estos son los que acuden estos días con machacona insistencia a mi memoria.

He vuelto a ver la kale borroka. Encapuchados, cócteles molotov y barricadas incendiadas esta vez contra los “piolines”. Más allá de las razones que estoy segura de que quienes se manifiestan de manera pacífica consideran dignas, respetables e incluso democráticas, me pregunto si hemos aprendido algo como colectivo o como masa, vaya usted a saber, de las consecuencias de lo que hacemos. Me pregunto si quienes protagonizan esta kale borroka de la app secreta, el tuit en inglés y el selfie BBQ conocen algo de lo que ha vivido este país durante el último medio siglo y lo que ha costado llegar hasta aquí.

A ver si sueltan algo de cordura desde el espacio y nos arrastra en ella una “dana” cualquiera.

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