La Rotonda

Julio Verne en la avenida del Colesterol

En Andalucia se llama bujío a lo que la RAE reconoce por bohío, palabra antillana que aludía a un tipo de cabaña redonda y sin ventanas que aquí se exporta como sinónimo de chozo, escondite. Tres cuartos de lo mismo pasa con chinchal, otra palabra caribeña que remite a cafetín o taberna de ínfima categoría. En Cuba, equivale a puesto pequeño de venta de tabacos. Julio Verne no vivió en la avenida del Colesterol, ni olió nunca en el viento que entraba por su ventana en Amiens el fruto de dos azucareras molturando a toda pastilla en las noches de agosto. En cambio, sin dejar de ser provinciano (con todo lo que ello encierra) y siendo un viajero más que contenido escribió 20.000 leguas de viaje submarino, dio la vuelta al mundo en 80 días, viajó de la tierra a la luna y luego hasta el mismo centro de la tierra, demostrando que a veces no hay que salir del pueblo para ser cosmopolita. Ni viajar, para sentir que tu cuerpo se desconecta de los lugares comunes que visitamos en la más vil de las rutinas.

No necesitamos continentes nuevos, sino personas nuevas, dijo el autor de Nantes. No necesitamos exhibir viajes en Instagram, necesitamos capturar las imágenes en nuestro interior para que signifiquen algo más que puro exhibicionismo. Para regodearse en las vidas que dan las vueltas, Verne llevó en ese paseo al que supo o quiso, o las dos cosas, leer su asombrosa capacidad para teletransportarnos. Este verano, donde por motivos de feliz paternidad hemos optado por movernos poco de casa, y el radio de acción apenas se circunscribe en una frontera imaginaria entre el Gorila, en la plaza Plateros de Jerez, y la playa del Carmen de Zahara de los Atunes, aprovecho cualquier excusa para embarcarme, abrocharme el cinturón y volar lo que puedo.

Con una sonrisa de ellas, con una canción de Ruibal en directo a dos pasos de casa, con Los últimos mohicanos de Vicent y El Universo en tus manos de Galfard, con Dumbo de Tim Burton como si estuviera en el Terraza Tempul viendo de niño Los intocables, o cenando en medio de un bujío llamado El Chinchal. Perdido entre la Canaleja, una fábrica de cerdos y viejos huertos y olvidadas vaquerizas, en ese entorno agreste, un Fargo del medio Oeste a la jerezana, ceno como si estuviera pisando arena negra de la Costa del Sol. A precios muy populares, con litrona de Cruzcampo y tinto de verano. Y viajo también al futuro de una España que se reconcilia. Donde obvias que el mismo personaje que tiene colgada una trasnochada bandera del aguilucho en su chiringuito urbano te brindará un espeto de sardina o de gambón que no olvidarás porque, aparte de lo sabroso y rico que está, te coloca con la brisa de la primera línea de playa sin salir del sofoco de la campiña.

Otro día de esas vacaciones mitad realidad, mitad ficción, bajas hasta Barbate para disfrutar de su plaza de abastos como si fuera un zoco de ensueño y te pones ciego de atún rojo de almadraba en la peña que lleva su nombre, a la vuelta de la esquina con la calle Pemán del que creías tan deprimido antiguo Barbate de Franco. Luego, en Benalup Casas Viejas, te sientas a la mesa de la Fábrica de la Luz, un restaurante que al parecer fue un viejo molino, un consultorio médico y unas oficinas de la compañía energética de la época que pudo quedar retratado para la posteridad en los tiempos en los que los plumillas de Madrid bajaron a Cádiz por los cruentos sucesos de la choza del Seisdedos. Y pruebas unas carnes de primera, magret de pato, vaca gallega madurada y paletilla de cordero incluidos.

Te tomas, ya en Jerez, un tinto con un tipo muy interesante. Intercambiáis impresiones de manera cordial. En un momento dado, te espeta que tiene la sangre roja y el corazón en el lado izquierdo, pero que sin embargo es más de derechas que Fraga. Acabas brindando con él por el futuro y la libertad, tras una amistosa charla sobre, entre otras cosas, el aquí y ahora del periodismo. Los provincianismos no se curan viajando, los prejuicios se curan yendo, viendo, escuchando, y volviendo para contarlo. Los límites suelen ser los que nos autoimponemos. En Cádiz es difícil saber dónde empieza el mar y acaba la montaña. Ay Julio…

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Comentarios

  1. Sin ánimo de discutir o debatir sobre los orígenes de las palabras, para lo cual ni tengo aval ni formación, tengo que decir cómo cliente habitual y plenamente satisfecho de nuestra Peña de nombre Chinchal, que este sustantivo se lleva utilizando en esta zona desde tiempos inmemoriales para describir un chozo o construcción generalmente de uso temporal, cómo refugio de pastores o de guardas de cacerías, que por su precariedad y materiales de construcción era habitual la presencia de chinches y otros vecinos igual de molestos. De ese nombre, y por los orígenes de este ilustre establecimiento deriva su nombre que a bien seguro es ajeno a las referencias caribeñas o centroamericanas que se citan en el artículo, y también en la Wikipedia. ¿No obstante, quién sabe las verdaderas razones de esa palabra? Lo que si es seguro, que Miguel el del Chinchal, autor intelectual del nombre, ha visitado más los cotos y rebuscos de la campiña jerezana, que por los bujíos de la Habana.

    1. Gracias David, no nos cabe duda de las andanzas del bueno de Miguel y que el nombre del magnífico Chinchal se debe a lo que dices. En el artículo se alude al origen de esas dos curiosas palabras que los andaluces tenemos tan interiorizadas y que, como puedes observar, proceden originariamente de términos antillanos. Saludos

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