Cultura

“Casi todo lo de Cataluña y las propuestas de Vox en Andalucía me parecen ‘fake news”

El escritor y periodista jerezano Juan Bonilla publica 'La novela del buscador de libros', una confesión sobre el placentero vicio de la bibliomanía y una mirada sentimental a su vocación de lector y escritor

No le busquen en Twitter o Facebook, no le encontrarán. Quizás, en cambio, puede que sí se topen con él en alguna remota librería de viejo, sumergido entre cordilleras de libros. De niño, en casa de sus padres, no tenía muchos, apenas los del Círculo de Lectores. Peinando canas, acumulará entre 8 y 15.000. En Año Nuevo, en ese tiempo de buenos propósitos y suprimir adicciones, Juan Bonilla (Xerez —así lo escribe—, 1966) ha dado un paso adelante para superar la suya: reconocerla. Lo hace como mejor se le da, por escrito. Lo ha plasmado en La novela del buscador de libro (Fundación José Manuel Lara, 2018).

Ahí, en casi 300 páginas que también son una especie de memoria sentimental sobre su vocación de lector y escritor, un recorrido autobiográfico a través de una procesión (controlada) de títulos, nombres y viajes, se confiesa bibliómano, acaparador de libros, sin importar el regusto por las primeras ediciones o los ejemplares más codiciados, que es lo que le diferencia del bibliófilo. “Hola, soy Juan y hace dos meses y tres días que no busco ni compro un libro…”, ironiza en la obra, pensando ya en montar una especie de bibliómanos anónimos.

Como relata, lo que separa a uno y otro puede simbolizarse en que a éste último le interesa el que corona el castellet mientras que a él le importan los 30 o 40 de la base. Una forma de vida, “un veneno”, que sirve en muchos casos como antídoto contra el olvido. Y en cualquier caso, como dice Juan Manuel Bonet en La ronda de los días, “en lo que respecta al vicio o al deporte de buscar libros viejos, resulta imposible explicarle dónde está la gracia a quien no comparta la afición y en cuanto a quien la comparta, cuantas menos pistas se le den, mejor”.

Periodista que colabora habitualmente en El Mundo, autor de varios libros de relatos, poemas y recopilaciones de ensayos, lector antes que autor, asegura que esta adicción “siempre la he llevado bien, con un sentido muy realista de mis posibilidades”. “También he visto —abunda— que es verdad lo que dicen los médicos de que el primer paso para afrontar una adicción enfermiza es reconocerla, y escribir el libro, ver impresas algunas de las ridículas sensaciones que tenemos que encarar los bibliómanos, me ha ayudado a ser aún más realista, así que quizá ha llegado el momento de superarla, no sé”.

¿A cuánto asciende la colección? ¿Cuáles son las últimas adquisiciones u obsesiones? No importa. “Es que no contabilizo las piezas como si pertenecieran a una colección. Coleccionar implica formar un conjunto de cosas ordenado, y la bibliomanía tiene al desorden como una de sus más significativas señas de identidad. La biblioteca es un organismo vivo: gana y pierde células constantemente. Hay que podarla a menudo, uno necesita sacrificar secciones o intereses para dedicar sus energías a otros”.

Bonilla, en un reciente encuentro en la librería jerezana de El Laberinto. FOTO: MANU GARCÍA

En cuanto a adquisiciones, admite que “lo último realmente bueno que encontré es Edad del corazón, un libro que me faltaba de Alberto Hidalgo y que sólo había visto una vez en la British Library. Es un libro imposible, mide 60 x 40. Lo he encontrado en Santiago de Chile. Y hoy mismo he encontrado en la Librería Renacimiento, El octavo pecado capital de Alvaro Retana”. Y en cuanto a las obsesiones, “no deben serlo tanto porque cambian con mucha facilidad”. Tanto es así, reconoce, que más de una vez ha pensado en deshacerse de todos los volúmenes que almacena, entre ellos el mayor número de ediciones posibles de Lolita de Nabokov.  “Vendo mi biblioteca, precio a convenir”, ofertó hace unos años el poeta jerezano José Mateos. A las pocas horas se había desecho de casi todo el “lastre”. ¿Alguna vez lo ha pensado Juan Bonilla? El I Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa por su obra Prohibido entrar sin pantalones (2013) responde: “Sí, claro, a menudo”.

Sostiene que un buen libro te puede llevar a otro buen libro. ¿Le ha llevado algún libro alguna vez hasta una buena persona?

Una de las cosas estupendas de dedicarse a la literatura, es ver que detrás de libros que uno admira hay personas admirables, no siempre, claro, pero sí se da frecuentemente. Así que sí, muchas veces los libros me han llevado a buenas personas.

“Muchas veces los libros me han llevado a buenas personas”

También reflexiona en su nueva obra sobre la vocación de escritor, aludiendo a ella como una enfermedad incurable. ¿Cuándo detectó los primeros síntomas?

Supongo que en la adolescencia, no sabría precisarlo. De niño, en mi familia, recordaban que cuando mi equipo perdía un partido yo me encerraba a escribir una crónica en la que cambiaba el desarrollo del partido y el resultado y transformaba la derrota en victoria, así que, bueno, supongo que el fútbol me ayudó mucho a necesitar la ficción.

¿Quién fue Juan Bonilla y que quedó de aquel jovenzuelo que frecuentaba el punto de encuentro ‘alternativo’ de Las Angustias en su Jerez natal?

Queda todo. Quizá del que soy ahora no hubiera nada en el jovenzuelo aquel, pero él, inevitablemente, va conmigo donde quiera que yo vaya (si bien le he corregido todos sus maximalismos, claro).

En la literatura, ¿le sucede a menudo que 2+2 no son 4? ¿Hasta qué punto hay premeditación en su obra?

Premeditación no hay mucha, en cualquier caso hay menos premeditación que trabajo. Es cierto que no me pongo a trabajar hasta que no tengo más o menos claro por donde ir, hacia donde ir, pero es sólo por fiarme de mi propia experiencia: cuando me he puesto a escribir sin saber adonde iba, he terminado siempre tirando lo que había escrito. Pero eso no significa, en efecto, que dos más dos sean cuatro. En realidad, hablar de reglas estrictas en literatura es un sinsentido porque la literatura es toda ella un interminable collar de excepciones.

“En realidad, hablar de reglas estrictas en literatura es un sinsentido porque la literatura es toda ella un interminable collar de excepciones”

¿Cómo lleva alguien que se autodefine como “nihilista con buen humor” la época oscura que vivimos, dominados por la tecnología y las redes sociales, con el auge de movimientos reaccionarios…?

Pues la llevo con bastante buen humor, porque en el fondo todo es bastante simpático: el ascenso de la sociología como presunta ciencia exacta (una humorada que no se le hubiera ocurrido ni al mejor Chesterton), el uso abusivo de la sinécdoque constantemente (tomar la parte por el todo a cada rato interesadamente)… En fin, en realidad no se trata ya de una cuestión política, sino de física, de la tercera ley de Newton para ser exacto, que dice que toda acción conlleva una reacción proporcional en sentido inverso, así que ante el auge de los movimientos reaccionarios habría que preguntarse antes cuáles han sido las acciones que los han puesto en marcha.

Siempre que miramos el presente caemos en la tentación de fantasear con un pasado que no fue tan idílico como lo imaginamos ahora. Se diría, hoy en día, que no venimos de un montón de años negros de crisis honda económica, de muchos años de terrorismo, de muchos años de violencia machista que ni siquiera se contabilizaba de tan integrada como estaba en la estructura de las cosas… Pero sí, venimos de ahí, es absurdo negarlo ahora para valorar a la baja el presente. En cuanto a la ola de populismo, tampoco me espanta. Yo era adolescente con Felipe González, que si no era el capitán de los populistas, poco le faltaba: tenía tal fuerza populista que fue capaz de hacer una campaña diciendo OTAN, de entrada NO, para acabar convenciendo a la gente de que mejor votaran . Si eso no es populismo, ya me dirás… Por mucho que nos quieran vender que el populismo es un fenómeno nuevo, la verdad es que de nuevo tiene poco.

Un momento del encuentro de Juan Bonilla, presentado por Fernando Taboada, con los lectores. FOTO: MANU GARCÍA

Usted que colecciona Lolitas, vivimos en un tiempo en el que ha llegado a cuestionarse a Nabokov con llamadas incluso a su censura. Preocupante, ¿no?

Hubiera sido preocupante si esas llamadas a la censura las hubiera atendido alguien. Nadie las atendió, quienes defendían esa censura salieron escaldados -acción-reacción- y Lolita se vuelve a reeditar cada año y se siguen produciendo debates intensos acerca de su sentido y su valor, o sea, sigue latiendo como obra de arte que es. Lo preocupante, creo yo, sería que a una llamada a la censura, se hubiera hecho el silencio sobre ella, pero sucedió justo lo contrario.

“La ola de populismo no me espanta. Yo era adolescente con Felipe González, que si no era el capitán de los populistas, poco le faltaba”

Como licenciado en Periodismo, ¿cuál es la noticia “real” que ha leído últimamente y le suena más a fake news?

Casi todo lo que tiene que ver con Cataluña me parece una fake news. También las propuestas de Vox en Andalucía.

Recomiende unos cuantos autores que sería una pena dejar de leer o releer en este 2019, supongo que ahí habrá siempre hueco para ese censo de olvidados que comprende voces como las de Julio Mariscal o Gonzalo Suárez…

Gonzalo Suárez, precisamente, publica libro nuevo de relatos este año. También se publican en dos tomos, los relatos y novelas breves de Daniel Sueiro —he escrito sendos prólogos—, es un narrador admirable, el primero que consiguió emocionarme, si no contamos el Génesis ni los Evangelios, con un texto que se titulaba El día que subió y subió la marea, un cuento que había en un libro que, cuando yo tenía 11 años, me dieron por quedar finalista de un concurso de redacciones patrocinado por la Caja de Ahorros de Jerez…

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