Conversaciones con mi abuela

Jóvenes jugando con fuego

Que cada vez más jóvenes tienen problemas de adicción al juego es una realidad que preocupa y mucho. Abuela, tú dirás: “Bueno, mujer, no será para tanto. Yo compraba un cuponcito todos los días, primero, de la lotería clandestina y luego, de la ONCE y  tampoco me arruiné”. Pero te equivocas, querida, sí que es para tanto. Fíjate sí lo es que la Federación Española de Jugadores de Azar Rehabilitados alerta sobre el cambio de perfil del ludópata. Hace unos años era el de un hombre casado entre 35 y 45 años; ahora, el de un joven entre 18 y 25 años, estudiante o parado sin responsabilidad familiar. ¿Es o no es un problema? 

Vaya si lo es. Uno más para una juventud en un país que, adaptando el título de la famosa novela de Stieg Larsson, parece que no amaba a sus jóvenes. Primero los convertimos en carne de desempleo, emigración o precariedad y, luego, los empujamos a los juegos de azar. Un futuro prometedor…

Los locales de apuestas se han convertido para muchos jóvenes en un lugar de ocio y encuentro con los amigos. Algo normal viendo lo fácil que se lo ponen: muchas de ellas están a menos de cien metros de los centros educativos, circunstancia que algunas administraciones públicas están tratando de impedir, pero aún de manera insuficiente.

¿Y por qué se está produciendo esta plaga? Los psicólogos dicen que al ser la adolescencia una etapa en la que somos especialmente vulnerables a desarrollar una adicción, los jóvenes encuentran en el juego una experiencia excitante. La búsqueda del dinero fácil es otra causa. Y nada más fácil que te regalen un bono de diez o veinte euros para probar suerte la primera vez —las casas de apuesta han quintuplicado su inversión en estos ‘regalos’ envenenados—. La agresiva publicidad con la que nos bombardean a diario hace su parte. Que Nadal, Ronaldo o Piqué nos digan lo guay y lo fácil que es apostar online es de lo más persuasivo. Si lo dijeran Gabriel Albiac, Chantal Maillard o Rosa Regás no les harían ni puñetero caso, pero lo dicen los dioses del Olimpo deportivo…  

Sin duda, los psicólogos saben de lo que hablan, pero, sinceramente, creo que hay una cuestión mucho más sutil y más profunda que no se tiene en cuenta. Llámenme romántica, o carca, pero creo que la falta de valores y de juicio crítico de una parte de la juventud, unida a la ausencia de referentes culturales debida a la cada vez menor afición a la lectura, tienen mucho que ver en este asunto.

Decía el escritor italiano Edmundo d’Amicis que el destino de mucha gente depende de tener o no tener una biblioteca en el hogar familiar. Lo comparto. Cada día hay menos bibliotecas en las casas —España es el tercer país de la UE, junto con Malta y República Checa, cuyos hogares menos gastan en libros, periódicos y papelería—, menos filosofía en las escuelas —celebro que haya recuperado su estatus en la enseñanza secundaria— y más móviles y tablets para vivir enganchados a las redes sociales donde la cultura ocupa un mínimo porcentaje de las interacciones. ¿Qué esperamos entonces? Si siembras patatas, obtendrás patatas. Es de cajón.

La Administración Pública tiene tajo para poner coto un problema que cada vez está afectando a más familias. Tajo y mucha responsabilidad. Aunque me temo que, como suele pasar cuando se trata de una industria que mueve tanto dinero —¡Oh, todopoderoso capital!—, parchearán el asunto. Ya lo dijo el filósofo Mario Bunge: “La visión de los políticos no suele pasar de la próxima elección. No les interesa el futuro de sus nietos, que muchas veces no tienen”. Si los tienen, deseo de corazón que no se enganchen al juego. Lo pasarían muy mal.

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