José Antonio y Yolanda: el crujido que desmoronó sus vidas

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José Antonio y Yolanda: el crujido que desmoronó sus vidas

Una familia de 'El Chicle' se ve obligada a desalojar su vivienda tras derrumbarse el techo. Desde entonces duermen en el albergue y buscan un piso de alquiler: "Quiero una casa digna para mis niños".

15-04-2018 / 17:45 h.

Un fuerte ruido alertó a toda la familia el pasado Viernes Santo cuando, en torno a la una del mediodía, se derrumbó el techo de una de las habitaciones, dejando a la vista las vigas y arrasando con todo lo que había debajo. El panorama, tras este percance, es desolador. Al abrir la puerta de la calle impacta un fuerte olor a humedad, que se aprecia en toda la casa, ubicada en la barriada Federico Mayo de Jerez, conocida popularmente como El Chicle. Los dedos de las manos no son suficientes para contar los desconchones de las paredes del salón, que tiene una columna al descubierto y unos pocos muebles, un sofá y una pequeña mesita. Allí llevaban tres años, pagando sin faltar ni un solo mes los 220 euros que les cobraba el casero por una estancia a la que cuesta llamarle vivienda por las numerosas deficiencias que tiene.

El techo del cuarto de baño está negro de la humedad, el de la habitación de matrimonio amenaza con caerse más temprano que tarde, es difícil encontrar dos lozas seguidas que estén enteras, hay grietas por todas partes… “Salimos de la casa porque crujía como un Kit Kat”, recuerda Yolanda, madre de tres niños, de 16, once y diez años, que vivían con ella y su marido, José Antonio. “Me quedé en pijama en la calle con mis hijos”, dice ella. Todos fueron testigos de cómo los bomberos aseguraban la casa y les aconsejaban que la deshabitaran, permitiéndoles entrar unos minutos para coger algo de ropa. Había que apuntalar. Pero el propietario no daba señales, requisito indispensable para acometer esta tarea, que conlleva un coste. Entonces, se repartieron: los dos pequeños durmieron en casa de su abuelo paterno durante el primer fin de semana, el mayor con un amigo y, el matrimonio, con la madre de Yolanda, que está destrozada: “No tengo ni lágrimas, no se dónde ir”.


Manu García
Estado de una de las habitaciones de la vivienda de la familia.

Dos semanas llevan alojados en el albergue Inturjoven de la avenida Blas Infante, dependiente de la Consejería de Igualdad y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía. Y no paran de buscar una vivienda de alquiler donde poder rehacer su vida. Pero de momento no hay suerte, pero no porque no lo hayan intentado. “Llamo a todos los anuncios que veo pero la mayoría son de inmobiliarias y no me alquilan por no tener nómina”, cuenta José Antonio, un escayolista de profesión que “le mete mano a cualquier cosa”. De hecho pocas veces le falta algún chapú que pueda aliviar la economía familiar, que completa con una ayuda de 430 euros que recibe su mujer y otra que está pendiente de recibir él próximamente. “No me importa pagar 200 ni 300 euros”, insiste José Antonio, porque lo están pasando “muy mal”. Su mujer, en un momento de desesperación, señala que “daba hasta los 430 euros de ayuda si hace falta, pero quiero una casa digna para mis niños y así estar tranquila”. La pequeña, asegura Yolanda, no para de pedírselo: “Mamá, a ver si llegas un día al cole y nos dices que nos vamos a casa”.

Las vecinas le dicen a Yolanda que le hace falta “una alegría en la cara”, pero se resiste en llegar. El derrumbe del techo le ha servido a la familia para enterarse de que su casero les estaba cobrando de manera ilegal, ya que la casa pertenece a laCaixa, que la embargó por impagos. Desde el incidente no han podido hablar con él. Pero esa ahora mismo es la menor de sus preocupaciones. José Antonio y Yolanda dedican sus días a recorrerse Jerez en busca de una casa que puedan pagar y donde poder iniciar una nueva vida. “No he gastado más gasoil ni he andado más en los días de mi vida”, dice el marido, quien se define como un “trabajador nato” que hace unos meses llegó a tener una tienda de alimentación que terminó cerrando, y que no se rinde, aunque la batalla le está dejando secuelas. Desde que dejaron su casa ha perdido siete kilos y apenas duerme por las noches. Para colmo, sus hijos pequeños, de diez y once años, hacen la comunión en unos días y no quieren quitarles la ilusión. “Pero imagínate las ganas que tenemos de fiesta…”, dice Yolanda.


Manu García
El techo de la cocina, ennegrecido por la humedad.

“Estamos trabajando a todo tren para buscar una solución”, asegura la teniente de alcaldesa de Acción Social, Carmen Collado, quien cuenta que el Ayuntamiento ha firmado un convenio recientemente con el Albergue Inturjoven para acoger a familias que necesiten una solución habitacional. “Dentro de nuestras posibilidades, vamos a estar ahí siempre”, agrega Collado, quien espera encontrar pronto un piso de alquiler para realojar a José Antonio, Yolanda y sus tres hijos. “Les voy a solucionar el problema”, afirma convencida la teniente de alcaldesa. La familia solo acude al albergue para ducharse y dormir, el resto del día andan pateándose la ciudad arreglando la documentación que le solicitan desde los servicios sociales municipales o intentando encontrar algún alquiler asequible.

Mientras, siguen durmiendo en el albergue y alternando casas de familiares para almorzar y que les laven la ropa. "Me quito el chándal, se lo llevo a mi madre para que lo lave, y otra vez me lo pongo... así llevamos todo este tiempo", cuenta José Antonio. Los días pasan y no concretan el ansiado realojo que les saque de una situación que los agobia por momentos. Por eso piden ayuda para poder realojarse en una vivienda digna, nada que no recoja la Constitución. "No nos queremos meter de okupas, voy a intentar evitarlo por todos los medios", cuenta este padre de familia honrado que, si se ve en la calle, reclamará una casa en la puerta del Ayuntamiento, "o donde haga falta".