Ojo por dienteOpinión

Inspiración

Si un día me llegó a amar fue aquel día de Julio y no otro.

Muy de mañana salió huyendo a Sevilla -escapando de mis bandazos- para acabar tumbada y rendida -semanas más tarde me lo dijo- en la hierba del Parque de María Luisa.

Dos horas tardó en llegar a la capital tras recorrer, haciendo auto-stop, los cien kilómetros que distanciaban la vida que dejaba detrás y la que ansiaba empezar sin saber cómo sin mí.

Sé que aquel día me amó hasta la extenuación pero para hacerme desaparecer porque sin haber sido nunca una aplicada en las artes del dibujo y de la memoria alcanzó a dibujarme con tal realismo que hoy -transcurridos diez años- aún soy capaz de reconocerme en aquel Santiago de carboncilla y papel cuadriculado, de lunar junto a la mancha de verdín y mi nariz mediterránea.

No sé cómo he podido hacerlo pero aquí estás y ahí estarás me dijo dejando caer unas lágrimas que llevaba guardando desde antes de que la conociera.

La pelota de tenis no paraba de impactar en la pared de ladrillo visto. Ta ta ta…

Aquel incansable goteo de explosiones, dentro del oscuro cuarto de estudio y a veces de invitados, parecía formar parte de una maquina perfecta y bien engrasada cuando en realidad se trataba de una simple bola de caucho lanzada por un niño -su hermano Juan- sin más ánimo que la de ayudarle a quemar el tiempo y la tarde.

A él, en cambio, siempre le parecían pocas las horas. Su guitarra y todo lo que implicaba tocar aquel instrumento devoraba sus minutos como esos nuevos fantasmas japoneses que trajo Telecinco de boca grande y ojos como botones de camisa.

Ese constante ta ta ta y alguna que otra risa a destiempo acompañaban sus falsetas por seguiriyas o tientos. Digo esos dos estilos porque durante un tiempo el pequeño aprendiz no sabía cómo distinguir aquellos palos hermanos que en demasiadas ocasiones -en contra de su voluntad y sin avisar- acababan mezclándose poniendo patas arriba su pieza.

Era tan simple como acabar con un rasgueo para cerrar los Tientos o con una especie de punteado para finiquitar la seguiriya. Algo obvio para cualquiera pero no para un niño de ocho años.

Pero así estuvo sucediendo hasta que el pequeño guitarrista dejó de escuchar la bola de tenis. Su hermano Juan -por esas cosas de muchachos- había decidido dejar a un lado su futuro como tenista para dedicarse a la cría de palomos.., algo por cierto mucho más silencioso a excepción de cuando las aves ardían en celo.

El caso es que nunca más la Seguiriya mutó a Tientos.., salvo cuando el pequeño músico -a modo de recuperar su pasado- lo hacía voluntariamente pero siempre en su cuarto de posibles invitados.

En estos tiempos donde confundimos Inspiración con Llamar la Atención.

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