Opinión

(In)Coherencias

Atrévanse a medir su grado de coherencia interior antes de hablar del de los demás. Que lecciones sabemos dar todos.

Desde que pillaron a Ramón Espinar con las dos Coca-colas en el Senado llevo dándole vueltas a eso de la coherencia. Más bien, a la falta de ella. Y justo me da por escribir de todo esto ahora, después de 4 días disfrutando de la incoherencia más absoluta para una agnóstica confesa como yo: la Semana Santa de Sevilla (madrugá y avalanchas incluidas).

Ya ven, me pueden dar tanta o más cera que a Espinar. Que no digo que no la merezcamos, sólo me pregunto si uno puede ser 100% coherente siempre, en cada palabra, en cada gesto, en cada uno de nuestros comportamientos, íntimos y sociales.

Quizás sean decenas las cosas que hagamos a diario y que no están perfectamente alineadas con lo que defendemos pública y acaloradamente incluso en cuanto tenemos ocasión. Yo misma, que en los últimos años he huido de pasos y cofradías, he vuelto con gusto y regocijo a ver, oler y sentir una expresión cultural que, en mi humilde opinión (que me perdonen los católicos), va más allá de lo estrictamente religioso.  

Y, como yo, hay vegetarianos que no pueden resistirse al jamón de vez en cuando, empresarios a los que se les llena la boca defendiendo los derechos laborales de los trabajadores pero que después no aplican el convenio colectivo, hijos de vecino que critican a los políticos corruptos pero pagan en B al fontanero o supuestos feministas que luego no quieren que sus novias vayan con escote.

Pero entonaré el mea culpa (será el efecto aún de las noches de penitencia): soy de las que dicen que no le gustan los programas ni revistas de cotilleos y, sin embargo, las ojeo en la peluquería –defecto profesional, siempre quiero conocer la actualidad-; no me gustan los toros pero una vez fui a una corrida y el año pasado estuve en los San Fermines –aunque apenas vi una vaca-; y también soy de las que defienden eso de compartir las tareas de casa con la pareja aunque más de una vez (y dos y tres) he puesto lavadoras de calzoncillos con la cabeza gacha, ya saben, por la paz social del hogar.

Como otras muchas mujeres y hombres, también defiendo la belleza natural más allá de los colores, razas y tallas, pero me pongo todos los lunes a dieta para alcanzar el canon dominante -sí, ya sé que tú también-; y últimamente intento consumir de forma responsable, así que,  además de reciclar todo tipo de ropa y enseres, encargo una cesta de verduras de huertas cercanas para reducir mi huella ecológica en este mundo -pero mentiría si no digo que cuando se me acaban los limones voy al chino de la esquina y que alguna vez he pisado el Primark-.

También soy de las que pienso que las redes sociales van a acabar con las relaciones personales y la conciencia crítica de la humanidad y más veces de las que me gustaría me descubro enganchada a Instagram -incluso alguna vez he intentado emular a las influencers con escaso éxito, por cierto-. Y puesta a confesar, ya que estamos, diré que también soy de esas aventureras que, en un alarde de comodidad y jartura cuando llega junio y aún no tiene las vacaciones arregladas, ha contratado un paquete turístico de El Corte Inglés.

Se supone que ahora, como hizo Espinar, debería pedir perdón. O al menos, pronunciar un “lo siento, no volverá a ocurrir” que dijo Juan Carlos.  Pero no lo haré. Primero porque afortunadamente no soy un cargo público al que se le tenga que mirar con lupa (y ojo, creo que hay que mirarlos así, si no, que no se metan), y segundo porque, ¿qué sería de nosotros sin nuestras incoherencias?

Quizás viviríamos en un mundo más perfecto, pero también menos divertido.

Puede que lo importante, al fin y al cabo, no es que no haya ninguna diferencia entre lo que decimos y lo que hacemos, sino que ese camino sea lo más estrecho posible. Así que, ¡hale!, atrévanse a medir su grado de coherencia interior antes de hablar del de los demás. Que lecciones sabemos dar todos.

De nada.  

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