Ojo por diente

Incendios griegos. Viajar a la humanidad (y IV)

Todo lo que te puede pasar…, está ya ocurriendo. (S.Moreno).

Una inglesa compra esponjas salvajes del Egeo, para su cuarto de baño en Liverpool, mientras a sólo doscientos kilómetros de allí, de la calle Apollonos de Delfos, la gente arde en las playas de Mati.

Un turista americano se ha guardado en su bolsillo, a modo de amuleto, un trozo de piedra del foro romano sin saber que tres horas más tarde la arrojará a la basura, asqueado, justo después de destrozar su coche de alquiler al impactar con el perro que se le cruzará en aquella carretera secundaria en dirección a Atenas. Coincidirá en el tiempo pero no en el espacio con la risa maquiavélica del pirómano que lleva horas relamiéndose las manos frente al televisor. 37 νεκροί στις πυρκαγιές της Κορινθίας. 37 fallecidos en los incendios de Corintio. Es la última hora, en letras amarillas y mayúsculas, para los fallecidos. La última hora.

Pido vino rojo —que sea el mejor de la tierra— al tiempo que el aeropuerto internacional —yo sin saberlo— está cubriéndose de cenizas. Los únicos incendios que he visto en mi vida fueron un sembrado de girasoles quemándose en mis campos de Cuartillos y aquel día que vi llorar a mi padre por primera vez.

No muy lejos de mí, en el corazón del oráculo, se le concedieron a Alejandro Magno dos destinos: Muere viejo y serás olvidado o la gloria eterna pero morirás siendo todavía un muchacho. Está claro que nunca supo lo que era vivir.

Las lagartijas se esconden de los chillidos bajo las piedras. Los niños, en cambio, no tienen dónde esconderse. Please, ¿podrías traernos dos cervezas más? Big or small? Igual, dice el extremeño contemplando los tejados de Itéa. La camarera vuelve a hacer caja con dos pintas más. Cada una a cinco euros. Ha empezado a oler a muerte.

Llamo a mi próximo hotel. Un robot me responde en griego. Ladrones es mi insulto. Ya me parecía raro que en Grecia no quisieran timarme. Nadie quiere oír a nadie. Vuelvo a llamar indignado pero en esta ocasión otro mensaje grabado, esta vez en inglés, me dice que es imposible la conexión. Y los caballos, los que fueron amarrados a las vallas para ser montados por gordos turistas, ahogándose en el infierno.

Un niño de tintes nórdicos le chilla a un vikingo en mitad de la calle. Coca Cola parece reclamar a su padre. Otro, de la misma estatura pero de ojos carbonizados, le está susurrando las últimas palabras a su madre. Mαμά.

El hielo quema, proclamamos estúpidamente los que no sabemos del poder del fuego. El hielo quema y la mar echándose para atrás de puro espanto al sur de la capital.

Para aquellos que aún crean en los santos.., mañana es mi día. 25 de julio dice el calendario. Un día que acabadas sus horas tildaremos, yo junto a millones de personas con mi nombre, de desastroso o milagroso. Aunque para qué pararse en el futuro si todo lo que ahora me podría estar sucediendo en las infernales aguas de Mati.., a otros ya les está pasando.

Mi recuerdo a las víctimas del incendio de Mati.

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