Conversaciones con mi abuela

Impuestos y felicidad

Escucho en la radio el anuncio de una óptica que va a llevar a cabo ‘la mayor bajada de impuestos de la historia’ en todos sus productos. MediaMarkt y el Corte Inglés anuncian a bombo y platillo su semana sin IVA. Y así otras tantas marcas. Y yo me pregunto: ¿por qué no anunciar rebajas del 21% sin más? ¿Por qué insistir en esas campañas que refuerzan la idea de que los impuestos son una maldición bíblica de la que hay que desembarazarse? Ya, ya, abuela, porque esos anunciantes son parte de este sistema capitalista y ultraliberal que defiende el sálvese quien pueda, o sea, olvídense de redistribuir ingresos vía impuestos y con ese dinero dejen que los consumidores consuman como posesos. Vale, vale…

Decía Woody Allen que pagar pocos impuestos no da la felicidad, pero produce una sensación tan parecida que necesitas ser un especialista para notar la diferencia. Esta ingeniosa afirmación no concuerda, sin embargo, con lo que se desprende del último informe Mundial sobre la Felicidad publicado por la ONU el pasado año. El estudio, que midió la felicidad en 156 países según determinados parámetros como el PIB per cápita, el apoyo social, la esperanza de una vida sana, la libertad social, la generosidad, la ausencia de corrupción, la compasión, la salud, las redes de seguridad, el buen gobierno… arrojó interesantes resultados. Así Finlandia, país que soporta el 43,3% de presión fiscal [i] en 2017, uno de los más altos de Europa, se erigía como el país más feliz de la tierra. Le seguían Noruega (38,9% de presión fiscal); Dinamarca (46,4% de presión fiscal) e Islandia (51,6% de presión fiscal). España ocupa el número 30 en ese ranking, un puesto no demasiado destacado en Europa, a pesar de tener una de las presiones fiscales más bajas del continente.

Y no voy a ser yo quien diga que pagar impuestos da la felicidad —¡que me lo digan a mí cada vez que veo la retención que me practican cada mes en la nómina!—, pero sí, que muchos de los factores que contribuyen a que disfrutemos de mayor o menor bienestar dependen directamente de los impuestos. Dicho de otro modo, que pagar impuestos no es muy grato, pero mucho menos lo es enfermar y no tener una sanidad pública que costee tratamientos en los que se te va, literalmente, la vida; o que no haya guarderías públicas que permitan conciliar la vida laboral y familiar de los padres o no poder pagar la universidad de tus hijos o tener que hipotecarte durante una larga temporada para enviarlos; o envejecer y no tener una red asistencial pública que te atienda en los últimos años de la vida para no pudrirte sola en casa o siendo una carga para los hijos. Y todo eso se costea con impuestos. ¿Conocen ustedes alguna empresa que, altruistamente, invierta en hospitales, colegios, universidades o residencias de ancianos gratuitas? Yo no.

A mi juicio no se trata de no pagar impuestos, algo con lo que la derecha engolosina al electorado obviando las consecuencias de no redistribuir vía impuestos, sino de exigir que estos reviertan en la sociedad de manera efectiva, con criterios justos y prioridades claras, prioridades que no han estado en las agendas de los gobiernos que nos han endeudado hasta las cejas gastando en construcciones faraónicas, proyectos fallidos u obras públicas inservibles que solo han beneficiado a su red clientelar y al partido que las mantenía.

Votar a quien promete bajadas de impuestos es pegarnos un tiro en el pie, condenar a la inanición al estado del bienestar del que la gran mayoría de los ciudadanos dependemos. En lugar de no pagar impuestos, exijamos que estos se redistribuyan mejor; obliguemos a los políticos a rendir cuentas, a que no los desvíen a proyectos que no revierten en un mejoramiento de la mayoría, a que no acaban en sus bolsillos en lindos sobrecitos. Pidámosles cuentas y si no las rinden, dejemos de votarles. Porque es posible gestionar los impuestos con cabeza y con vocación de servicio; es posible reducir la deuda pública sin comprometer los servicios a la ciudadanía. En los últimos años, algunos ayuntamientos y comunidades de nuestro país han demostrado como hacerlo, así que se puede. Que no nos engañen. No permitamos que jueguen con nuestra felicidad y nuestro bienestar. Fijémonos en los finlandeses…

[i] Porcentaje de los ingresos que los particulares y empresas aportan efectivamente al Estado en concepto de tributos en relación al producto interior bruto (PIB)

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Un comentario

  1. La autora tiene la osadía (por ser benévolo y no definirla como temeridad) dialéctica de establecer una supuesta relación directa entre presión fiscal y felicidad, dando por supuestas muchas cosas de las que omite justificación alguna; vamos, todo un prodigio de falta de rigor intelectual.
    La primera cosa que elude es definir qué es la felicidad, cuestión que ha ocupado a los más importantes filósofos (y teólogos) de la Historia, que han dado respuestas variopintas, a veces complementarias y otras contradictorias; inclusive el materialismo filosófico considera la felicidad como un mito, tesis que comparto. Pero, dejando aparte (que es mucho dejar) la definición de felicidad, cabe preguntarse por qué se debe “medir” la supuesta “felicidad” mediante los parámetros que adopta la autora (PIB per cápita, esperanza de una vida sana, libertad social, la compasión, la salud, las redes de seguridad, el buen gobierno…), que, según parece, sitúan a Finlandia como el país más “feliz” del orbe, con una altísima presión fiscal, y no utilizamos otro parámetro que parece mucho más evidente, mucho más relacionado con la “felicidad” y la salud (en todos los aspectos) de una sociedad, como es la tasa de suicidios por cada 100.000 habitantes. No es fácil hallar buenos estudios sobre el suicidio, pues hay una conspiración político-mediática para ocultar este gravísimo problema aludiendo a la excusa de evitar el efecto imitación, cosa que, al parecer, no preocupa ante la publicación profusa de los crímenes de la mal llamada violencia de “género”; sin dedicar apenas tiempo a esa búsqueda, encuentro en Wikipedia los datos de la Organización Mundial de la Salud correspondientes al año 2006, que no creo que hayan variado mucho hasta hoy en lo sustancial. Pues bien, conforme a esos datos, la presión fiscal, el PIB per cápita y demás zarandajas parecen tener muy poco que ver con la supuesta “felicidad”. Así, sobre una lista de 100 países, la “modélica” Finlandia ocupa el puesto ¡14º! con una tasa de ¡20,6! y, por ejemplo, Egipto, que no es ningún líder en derechos civiles ni en desarrollo económico-social, está en la posición 98ª con una tasa del 0,1 (parecería que los egipcios son muy felices y los finlandeses unos desgraciados); y esta tónica es la que rige esa clasificación: los países con menos suicidios (¿más “felices”?) son los menos desarrollados y con baja (o bajísima) presión fiscal. Por cierto, España ocupa un meritorio (aunque muy mejorable) puesto 59º con una tasa de 8,2 (¡que es menos que el 40% de la de Finlandia!). ¿Nos permite esto concluir que a menor presión fiscal mayor felicidad? Ciertamente no; sería un silogismo tan falaz como el opuesto que nos pretende colar la autora (por cierto, y entre paréntesis, en España la tasa de suicidios desagregada por sexos es del 12,6 para los varones y del 3.9 para las mujeres; eso sí que es una brecha de “género” como una catedral y de la que nadie se ocupa). No alude la autora al FNB, la Felicidad Nacional Bruta, un parámetro holístico propuesto en 1972 por el entonces rey de Bután, parámetro en el que dicho país quedaba, obviamente, en las más altas posiciones, pese a no ser precisamente un ejemplo en ninguno de los parámetros venerados por la autora. Conclusión: cada cual “mide” la mítica “felicidad” conforme a los presupuestos que más convienen a sus intereses políticos, que no confiesa.
    Contra lo que sostiene la autora, la mayor presión fiscal (por encima de cierto nivel mínimo) no garantiza mejores resultados en los parámetros que ella toma como referencia; es mucho más relevante la adecuada gestión de los recursos públicos, gestión que, por ejemplo, ha sido desastrosa durante los 36 años de régimen caciquil socialista en Andalucía, como demuestra la situación catastrófica de nuestro sistema público de salud y los escándalos que están ahora aflorando, no suficientemente aireados por los medios. En España, el mayor riesgo para el estado de bienestar no viene de una hipotética bajada de la presión fiscal (que ya subió muchísimo Rajoy), sino de la ineficiente y corrupta gestión de los dineros públicos y de la bajísima natalidad, que en España, con solo 1,39 nacimientos por cada mujer, nos ha situado ya en el camino de la extinción como Nación.

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