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Iconos

Los libros que leemos, los discos que escuchamos y las películas que vemos nos van construyendo como personas.

Los libros que leemos, los discos que escuchamos y las películas que vemos nos van construyendo como personas. Escribía Alejandro Jodorowsky: “A veces perder es ganar y no encontrar lo que se busca es encontrarse No hay fracaso, simplemente se cambia de camino”. En ese camino nos acompañan maestros y referentes, iconos. ¿Acaso no necesitamos esas figuras representativas para conformarnos?

Contra gustos no hay disputas. Woody Allen lleva décadas ofreciéndonos película por año. Como es natural, la calidad media se resiente: puede ofrecernos una joya como Match Point o una comedia estándar como Midnight in Paris. Sus fieles disfrutamos por igual. Necesitamos nuestra cita anual con el neyorquino más celebre. No existen los filtros naturales que críticos y espectadores utilizan. Al igual pasa con los lectores de J. K. Rowling. La escritora inglesa amamantó a toda una generación de niños y adolescentes con su rompedora saga Harry Potter. Se bebieron sus siete tomos como tomaron su merienda. A pesar de que la mocedad queda lejos, corrieron raudos y felices a adquirir esta semana la última entrega: Harry Potter y el legado maldito (Editorial Salamandra). Jamás pude leerme un volumen de esta saga tan apasionante para sus legiones de seguidores pero comprendo la devoción con la que comulgan en cada entrega, la fascinación por las inquietantes aventuras de su mago favorito y tal.

Es lógico. Es el fenómeno fan. Naturalmente, con los iconos suele suceder esto. Sin ir más lejos, el pasado domingo felicitábamos los lozanos 67 años del músico estadounidense Bruce Springsteen. Nadie como Springsteen personifica mejor el fenómeno fan. Tanto que buena parte de sus correligionarios afirman solo escuchar su música en bucle.

La eterna lucha entre razón y corazón. ¿Cómo percibimos aquello que amamos? Virginia Woolf: “La independencia intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual.”. Por el contrario, el inolvidable personaje Isaac Davis en Manhattan nos recordaba: “Yo creo que el cerebro es el más sobrevalorado de los órganos. Nada que valga la pena puede ser entendido por la mente”.

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