OpiniónOjo por diente

Hombres sin memoria

Sol. Mucho sol y sed. El albero de la plaza de toros ha perdido su color…, y a la vista de aquellos hombres sin suerte, puedo asegurar, que creen tener los pies sobre la grava pálida de una luna menguante…, muy lejos de sus casas y de sus vidas.

Alguien tose en la fila de futuros muertos con una de esas carrasperas de campo y madrugada que ya no sanará; un hombre rompe a llorar creyendo que avivará la clemencia entre los soldados que lo custodian…, sin saber que en ese momento está firmando su hora de muerte; su compañero suda como un caballo tras la faena…, un hombre-caballo que relincha para sus adentros y ha estado rumiando su desdicha desde el día que nació.

Desde otro planeta -desde el tendido diez de las sombras y del café caliente- estudian matemáticas los que están venciendo…, ecuaciones que deben de resultar negativas a los derrotados; puros encendidos y rifles italianos de importación apuntan al cielo bajo; la puerta del príncipe está cerrada a cal y canto…, sólo se intuye un resquicio de libertad entre los huecos abiertos del graderío donde revolotean nerviosas las golondrinas desde este mañana sin mañana.

Nombres y más nombres suenan desde la barrera…, nombres de toda la vida que salen a borbotones desde la garganta de una hiena disfrazada de sargento; se chillan apellidos y la fila de los desdichados se va reduciendo a un puñado de penas en mitad del ruedo donde hace tan sólo unos días se lidió la última corrida de toros.

Alguien suelta una carcajada desde el tendido de los futuros héroes justo antes de que yo pudiera oír su nombre. Ha sonado a nombre barato. A nombre de pobre…, pero es él. Lo sé porque la suerte le dará la fortuna de la memoria y porque terminará, sin que él lo sepa, dándome la vida.

“¿Eres tú? Sal de la fila”. Su nombre de esclavo y estas sencillas palabras lo están salvando de ser fusilado en una tapia cercana, pero todavía no puede saberlo. Como tampoco sabe que sus cabras no volverán a ser sus cabras una vez que vuelva a su choza de la correa de su presunto salvador; ni que pasará el resto de su vida con su nombre barato y de esclavo clavado en su recién estrenada carne de cañón.

Otros ni siquiera esto. Otros perderán su nombre para siempre aunque hayan dejado de llorar hace unos pocos minutos. Ha bastado el calentón de un teniente y dos puñetazos de cabo para que lo estén llevando a rastras y en silencio hacia los chiqueros. Sonará un disparo. Un único disparo que volverá a levantar el vuelo de las golondrinas.

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