Opinión

Historia de dos ciudades

¿A qué se debe la 'guerra' entre Cádiz y Jerez? Hay muchas claves, ¿pero y si eso cambiara? 

¿A qué se debe la ‘guerra’ entre Cádiz y Jerez? Hay muchas claves, ¿pero y si eso cambiara? 

Mientras las gaditanas se hacían tirabuzones en La Viña con las bombas que lanzaban los fanfarons, José Bonaparte dormía junto a su séquito en un palacio del marqués de Los Álamos de la jerezana calle Francos. Mientras Cádiz resistía al invasor, el rey apodado Pepe Botella hacía a Jerez capital —lo del Tío Pepe, la primera marca registrada de España algunas décadas más tarde, no tuvo nada que ver con él—. La invasión francesa convirtió a uno de los municipios más grandes de España en una de las 38 prefecturas del gobierno civil ordenado por el hermano de Napoleón. Cuando acabó la francesada, apenas tres años después, la también llamada prefectura del Guadalete desapareció con ella. Pero Jerez, que llegó a acumular el 20% de las exportaciones del país en la España decimonónica y estaba criada en la petulancia de los señoritos y terratenientes, puede que nunca superase ver arrebatada esa condición capitalina. Podría decirse que el complejo no ha dejado de sobrevolar en el imaginario colectivo desde entonces.

No es solo este aspecto capital lo que habría profundizado en la brecha entre ambas ciudades. Hay cuestiones religiosas que también han alimentado la separación entre estas poblaciones —Jerez perteneció durante mucho tiempo a la Diócesis de Sevilla, mientras que Cádiz tenía la suya propia—, por no hablar de la propia idiosincrasia de un pueblo agrario y de secano frente a otro abierto al mar. Por lo que sea, las dos ciudades se han dado la espalda para evitar una simple mirada de soslayo que las acercara. Pero ambas, en el fondo, no han hecho más que acabar durante todo este tiempo mirándose al ombligo más provinciano y cerril. Alimentadas por tópicos seculares, abigarradas tradiciones, folklorismo jartible, carajotadas del fútbol, e intereses políticos poco confesables.

Me pide Paco Cano que me estrene en El Tercer Puente con un comentario sobre “esa relación aún por descubrir e iniciar entre Jerez y Cádiz”. Dos poblaciones cuyos habitantes parecen solo tener en común el gusto por suprimir la ‘z’ final de los nombres de sus ciudades. ¿O no es solo eso? No había por qué pero quizás pensé que era bueno rebobinar a principios del siglo XIX para situar el origen —sin tener que recurrir a los fenicios o al Jurásico— de  las siempre complicadas relaciones entre la capital y la primera ciudad de la provincia en población bien entrada la segunda década del siglo XXI.

“Ojo, que a mí me encanta Cádiz, ¿eh?”, puntualizan algunos para suavizar cualquier comentario negativo en una discusión sobre la capital administrativa de la provincia. “El centro de Jerez está muy animado; la Feria me encanta”, argumentan otros para cruzar el puente y liquidar los escasos 50 kilómetros que separan por carretera a ambos municipios. Poco más. En esos comentarios subyace la inquina, la víscera, el chovinismo cateto, el recelo, el complejo. Te soporto si hace falta, pero no me caes bien, parecen decir. “Puta Cádiz, Jerez capital; Cádiz es un pueblo de Jerez…”, ladran de un lado. “Sevilla y Jerez la misma mierda es; Jerezanos, yonkis y gitanos…”, aúllan desde el otro. Los jerezanos de mi generación, que padecemos con amor-odio a esta ciudad maldita con campiña al fondo —esa que Moreno Barranco llamaba cementerio viviente que nuestros padres nos han dado como cuna—, hemos crecido con esas consignas ultras y fanáticas de fondo sur sobrevolando el imaginario colectivo. Hasta trabajé en la redacción de un periódico en la que escribir el gentilicio “gaditano” estaba maldito.

Pero mi realidad, y espero que la de cada vez más gente, es que cuando soy capaz de abstraerme, cuando salgo del caparazón y cojo perspectiva, adoro Jerez tanto como me fascina Cádiz. Cuando me voy fuera unos días, tomo oxígeno y regreso, lo hago con ganas de cambiar mi entorno. Y cuando me separo de su cruda realidad de paro y miseria, las comparo, las abrazo, las fundo y las entiendo, llegando a valorar sus potencialidades, y a apreciar sus más valiosos tesoros, sus más pintorescas singularidades. Y me reconcilio con quienes cada día intentan cambiar el estado de cosas que siempre he conocido. Y aborrezco mucho más todo lo que tenga que ver con vivir de espaldas unos con otros.

¿Cómo se cambia todo esto? Probablemente lo saben pero no quieren. Hablan de sinergias pero siguen tejiendo división. Hablan de hacer provincia, pero siguen manteniendo chiringuitos y anteponiendo votos a ciudadanos e integración territorial. Hablo de los políticos: perdonen la tristeza (o la pereza). De la ciudadanía, espero otra cosa. Espero lo que está ocurriendo y probablemente no se den cuenta. Sucede que conozco gente de Jerez que vive en Cádiz y amigos de Cádiz que viven en el edificio Ermita de Guía, una tétrica oda al crepúsculo inmobiliario en la entrada de Jerez. También pasa que mis amigos de Jerez van cada año a disfrutar de los carnavales o a la playa de Cortadura como amigos de Cádiz vienen a disfrutar de las zambombas o los tabancos. Tengo un colega gadita que es community de una bodega de Jerez, y conozco a jerezanos currando en proyectos de alta tecnología con vistas a la Caleta. Todo va fluyendo. Por fortuna, quiero pensar que cada vez hay menos jerezanos que fantasean con que un maremoto sepulte a Cádiz; y menos gaditanos que afirman que Jerez, “esa tierra de señoritos y engominados”, apesta a mierda de caballo.

Las ciudades y sus gentes, sus mentalidades, afortunadamente están cambiando. Insisto: eso quiero pensar. Las fronteras se diluyen y las nuevas tecnologías —cuando se usan bien— nos acercan más rápido que cualquier Cercanías. De los políticos, poco o nada podemos esperar. Quizás alguna vez llegue el AVE a Cádiz o se ponga fin al crimen del peaje de Las Cabezas; puede que fragüe al fin un plan serio y no partidista que reparta con criterio y conciencia social los cuantiosos fondos europeos que llegarán a espuertas hasta 2020 —1.300 millones de euros gestionados por Gobierno y Junta— a una provincia con más paro que la franja de Gaza. Puede que alguna vez pase algo que nos acerque de verdad y convierta el arco Jerez-Bahía-Cádiz en el gran área metropolitana del sur de Europa. De los políticos, ya les digo, espero más bien poco.

De la gente, de la ciudadanía, sin embargo, lo espero todo. Espero justo lo que está pasando. Que nos acerquemos sin darnos cuenta. Que mantengamos el contacto, que intercambiemos proyectos y conocimiento, que fluyan las experiencias culturales, educativas, sociológicas, investigadoras, gastronómicas… Espero que cambie todo para que todo cambie y que vayamos a lo que nos una antes que a lo que nos separa, por muy tópico que suene eso. Que nos acariciemos y nos comprendamos después de muchas décadas durmiendo en camas separadas. Como probablemente ocurrió antes de aquella noche en la que Pepe Botella dormía plácidamente en un palacete jerezano mientras las gaditanas, de madrugada, se reían eufóricas de los mostachos y morriones de los invasores gabachos. “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura”. Eso pensó Dickens en su Historia de dos ciudades, justo en el arranque de la Revolución francesa, y eso puede que esté pasando ahora sin percatarnos demasiado en esta bendita provincia que, en realidad, son tres. Aunque del campo de Gibraltar ya si acaso hablamos otro día.

Este artículo se publicó originalmente el 2 de septiembre de 2016 en El Tercer Puente. Pincha aquí para ir al enlace original.

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