El vuelo del milano

Hércules, cremosito y el Carachupa: Alex y Yoli, un año en la Amazonía boliviana

Al pequeño Carachupa le arrancaron la oreja de un bocado. Dice Yoli que pudo ser un perro, que por aquí cazan y tienen que buscarse la vida como pueden, porque si su alimentación dependiera de sus dueños humanos apenas tendrían para sobrevivir. El Carachupa es un marsupial omnívoro de América del Sur y una presa asequible para perros hambrientos. En lengua quechua significa cola pelada. Parece que le van a llamar Holyfield, aquel boxeador al que Mike Tyson arrancó un trozo de oreja con los dientes y la escupió durante un famoso combate de boxeo. Puede que sobreviva, pero va a tener serias dificultades para cazar guiándose por el oído. Veremos a ver qué pasa con él.

Cuenta Alex que llevaron al parque una boa constrictor que requisaron a un comerciante en Villa Tunari (Cochabamba), el pueblecito más cercano al Parque Machía. El hombre vendía a bombo y platillo cremas y productos naturales de Bóa, y como demostración de la veracidad de su mensaje, exhibía a la serpiente metida en una maleta. Claro, al bicho le pusieron inmediatamente Cremosito. Pero no estaba en buenas condiciones, tenía restos de piel sin mudar y, por lo visto, en estos casos ocurren infecciones y ataques de hongos que acaban mal. Alex había tenido experiencias de este tipo de cosas cuando estuvo en la isla de La Palma (Canarias) y en el reptiliario de Selwo.

Recuerda que en cierta ocasión una pitón tuvo un pollo atragantado en mitad de la tripa durante un mes entero. La masajeaba todos los días, pero el pollo no se movía… ni lo cagaba ni lo potaba. Al final le metieron por la boca un tubo flexible, y cuando llegó a la altura del pollo le inyectaron un vaso de aceite de oliva a modo de lubricante. La cosa funcionó y la pobre serpiente solucionó, de una vez por todas, su eterna digestión. En el caso de Cremosito sugirió que le dieran un baño de agua tibia con betadine (que era lo que hacían en la isla de la Palma cuando se encontraban en un caso similar) y que una vez reblandecida la piel se la frotaran suavemente con una esponja para quitar todos los restos de piel infectada. Parece que funcionó y finalmente Cremosito recuperó su salud y su libertad en la selva amazónica. Dicen que devolver un bicho a su hábitat es una ceremonia excitante, una fiesta. Los hay que echan sus lagrimitas y todo.

Luego vino Hércules, un coatí —que significa nariz larga en guaraní— que se metió en una lata de pintura roja y se embadurnó enterito. Menuda forma absurda e hilarante de morir. Pero lo sedaron en la pequeña clínica de Parque Machía y lo fueron esquilando a ras de piel. Y allí donde la piel también estaba pintada la lavaron con agua y jabón verde. No es lo más indicado, es lo único que podían hacer. Bueno, cuenta Yoli que vivirá, pero convendría que el pequeño Hércules, mientras le crece la nueva pelambrera, no se moje demasiado con las lluvias…

Son pequeños gestos. Apenas microscópicas gotas de agradecimiento que algunos hombres devuelven a la madre naturaleza. Una naturaleza que se nos agota bajo la urgencia económica de una civilización antropocéntrica, criminal y depredadora. Un sistema social y económico que no repara en los límites del hábitat planetario. Talamos los bosques tropicales, envenenamos los ríos, plastificamos los océanos, matamos a 177.000 elefantes en siete años para hacer figuritas horteras con el marfil, o exterminamos a los rinocerontes para pulverizar los cuernos y que algunos viejos imbéciles crean que pueden echar un último y mediocre polvo con una jovencita… Apenas quedan orangutanes porque es más rentable talar sus bosques para plantar palma y extraer su aceite. Apenas quedan gorilas porque su carne es muy preciada por quien se muere de hambre, y porque con sus manos hacen no sé qué ceniceros y paragüeros que compran excéntricos occidentales.

Y todo eso lo hacemos amparados en la sacrosanta libertad de los negocios y en busca del máximo benéfico privado… ¡Al planeta que le den! Pero no tenemos otro planeta. Ni hay recambio. Agrediendo la naturaleza nos estamos matando nosotros mismos. El planeta se adaptará a nuestros crímenes. Siempre lo ha hecho, alcanzará un nuevo equilibrio, es su dinámica. Pero nuestra civilización se habrá ido a la merecida mierda… a no ser que modifiquemos radicalmente la globalización neoliberal que nos esclaviza.

Vale, pero ¿eso cómo se hace?

Pues no sé… dando un pequeño paso —…piensa globalmente, actúa localmente—. El único que uno pueda dar. Un paso tuyo, pequeño, insignificante, en tu entorno personal. Por ejemplo, salvando a un pequeño coatí que se cayó en un cubo de pintura roja o ayudando a una serpiente pitón a cagar un pollo… Hay mil ocasiones pequeñas. Cada pequeño paso es inmenso si todos sumamos.

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