Opinión

Hasta el toto

Vivimos rodeadas de micromachismos que al final acaban siendo gotitas de agua que van llenando el vaso de nuestra paciencia

Leo con satisfacción que las tres mujeres procesadas por participar en la procesión del coño insumiso en 2014 en Sevilla han sido absueltas del delito de atentar contra los sentimientos religiosos. El juez asegura en su sentencia que el acto fue una “mamarrachada” que puede gustar más o menos, pero que nada de atentar ningún sentimiento, que no era esa la intención de estas activistas feministas.

De hecho, la “procesión” se celebró en la manifestación del 1 de mayo como una crítica al sistema por la desigualdad de la mujer, por el simple hecho de serlo, en el ámbito laboral, en ningún momento para ridiculizar los pasos de Semana Santa que se pasean por nuestras calles -al final- durante todo el año. Sacar un coño de plástico a la calle ofendió a cierta gente, el resto vimos la escena con sorna y entendiendo el acto como lo que era: una reivindicación.

Las mujeres nos enfrentamos continuamente a situaciones de desigualdad, discriminatorias y las acciones menos sutiles parecen ser las que surten efecto y hacen que el patriarcado se revuelva y actúe contra nosotras, y, con sinceridad, estamos hasta el toto. Porque la denuncia a las tres activistas del coño insumiso es la punta del iceberg de la presión que vivimos.

Cuando estamos “en edad de merecer” (maldita mala expresión), nos preguntan insistentemente si tendremos hijos y cuándo, “que se nos pasa el arroz”… Nos avasallan sobre en qué momento “sentaremos cabeza” y nos buscaremos un novio, que con un hombre al lado “se está mejor que sola” (eso dicen ellos). Si somos madres, que cómo nos atrevemos a trabajar y “desatender” a nuestro hijo o hija, que eso es de “mala madre”…

Las mujeres estamos ya hasta el toto de tener que soportar la presión patriarcal sobre nuestros cuerpos, nuestra libertad y nuestra forma de vivir la vida, porque el cuestionamiento hacia nosotras no acaba ahí.

Vivimos rodeadas de micromachismos que al final acaban siendo gotitas de agua que van llenando el vaso de nuestra paciencia. Que le pongan la cerveza a él y la coca-cola a mí, que si pido la cuenta el camarero se la traiga a él, que nos pregunten a las mujeres en entrevistas de trabajo si tenemos pareja y si pensamos tener hijos, cuando a ellos esa cuestión ni se pone encima de la mesa. Estos comportamientos que en muchas ocasiones son cotidianos, son formas de violencias contra la mujer, y por eso -y más- estamos hasta el toto.

Pero que nadie se confunda y alce la voz furibundo por decir que estamos hasta el toto porque, como explicamos esta semana en el programa FemiCádiz, estamos hartas del patriarcado, no de los hombres, que son dos cosas diferentes. Así que no busquéis odio contra el género masculino entre estas líneas porque no lo hay. Lo que hay es una crítica a un sistema al que todos y todas pertenecemos, en el que hemos nacido y que el feminismo trata de combatir desde sus diferentes posiciones para alcanzar al fin una sociedad igualitaria, en el que la equidad de derechos entre hombres y mujeres sea, por fin, una realidad.

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Un comentario

  1. Aparte de las chorradas habituales que el matriarcado imperante suelta sobre el inexistente patriarcado, matriarcado que ha producido la actual desigualdad ante la ley en clarísimo perjuicio de los varones, el artículo-homilía apenas pasa de puntillas sobre el caso del “Coño Insumiso”. La sentencia recaída acierta en que ese espectáculo vergonzoso fue una mamarrachada soez (ese es el nivel del hembrismo que padecemos), pero yerra al quedarse corta en la calificación de los hechos y no haberse atrevido el juez (por comprensible miedo a las consecuencias personales nefastas que le habría conllevado un fallo condenatorio y contrario a los intereses hegemónicos del matriarcado imperante) a condenar a las encausadas por un delito contra los sentimientos religiosos de la mayoría católica; pues es evidente (hay que estar ciego para no verlo) que el formato escogido, un paso de semana santa flanqueado por penitentes, es un ataque directo a la Iglesia Católica, que en el imaginario hembrista delirante es la supuesta justificadora del inexistente patriarcado, por más que hoy día la Iglesia promueva la igualdad. La única ventaja de esa sentencia es que ya no podrán repetir una mamarrachada soez similar y decir que “pobres e inocentes ellas que no tenían intención de ofender los sentimientos religiosos de nadie”, ya saben que sí ofenden y que si lo vuelven a hacer probablemente sean condenadas, siempre que no las juzgue un juez acobardado. Y, hablando de cobardía, ¿a que no tienen ovarios para hacer una mamarrachada soez similar contra el Islam, que sí que es verdaderamente una religión alienadora de las mujeres? Claro que hay islamistas muy susceptibles con cualquier crítica irrespetuosa a su religión y no buscan civilizadamente una reparación en los tribunales de justicia, sino por otros medios mucho más expeditivos.

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