Editorial

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EDITORIAL. 

Es repulsiva la forma en la que algunos entienden el sindicalismo en una ciudad desangrada por el desempleo y la exclusión.

Es repulsiva la forma en la que algunos entienden el sindicalismo en una ciudad desangrada por el desempleo y la exclusión, donde la lista del paro no baja de las 30.000 personas y los comedores sociales cuentan colas kilométricas. Es vomitivo este sindicalismo que solo se mira su ombligo y para el que sus fines, más o menos lícitos, justifican los medios. Un sindicalismo que solo se moviliza si los privilegios de sus afiliados están en juego pero que calla si el gobierno de turno no les tose y se pliega a sus exigencias, aunque al mismo tiempo no cesen las tropelías y arbitrariedades contra otros compañeros de trabajo. Es esta una forma de entender el movimiento obrero que no defiende los derechos de la clase trabajadora, sino solo las mamandurrias de algunos bendecidos en su momento por la mano del Don.

La lucha laboral es más necesaria que nunca en tiempos de recortes masivos de derechos, precariedad salvaje y leyes mordazas en nuestro país. Los políticos tienen que entenderlo y saber a qué se exponen cuando acceden a un cargo público. Porque la ciudadanía está hastiada de corrupción, endogamia, clientelismo barato y abusos de poder. Pero entender el sindicalismo como quien defiende al sindicato del crimen es execrable. Asumir la protesta y la legítima reivindicación como si estuviéramos en la siciliana Corleone no solo no conduce a nada sino que desarma de razones y argumentos a la colectividad de quienes reivindican.

La extorsión laboral se viene reproduciendo en esta ciudad desde que alguien cedió por primera vez ante estas presiones y nadie posteriormente supo frenarlas

La extorsión laboral se viene reproduciendo en esta ciudad desde que alguien cedió por primera vez ante estas presiones –probablemente el mismo que engendró este monstruo sindical- y nadie posteriormente supo frenarlas. Unas veces han estado más justificadas (recortes, pérdida de derechos), otras han sido más espurias, y otras directamente han sido inexistentes aun cuando no faltaban razones para lanzarse a la calle. Desde luego, no es algo solo asociado a lo laboral, y ni siquiera solo ligado al Ayuntamiento. También sucede en muchos otros ámbitos y sectores de la vida social y económica de la ciudad, tejidos emponzoñados por décadas de toxicidad política.

El último acto de cobardía de esta ‘kale borroka’ chusca y a la jerezana ha sido pintarrajear los muros del colegio público donde estudian los hijos de la responsable política de Recursos, la socialista Laura Álvarez. Antes fueron intimidaciones, insultos y agresiones a otros políticos y altos cargos municipales, otros sindicalistas e incluso ataques a periodistas. ¿Qué será lo próximo? ¿No les basta la mayoritaria condena social que se expande por las redes y en la opinión pública en general para entender el mensaje ciudadano de que ese no es el camino? ¿Tampoco les sirven las condenas judiciales que ya pesan de forma reincidente sobre algunos de los miembros de estos sindicatos verticales por prácticas similares? Aunque el gobierno local estuviese equivocado o fuese injusto en sus medidas de ahorro —sustentadas a priori en el cumplimiento de la legalidad en materia de jornada laboral y reparto de productividades—, la violencia y el acoso más vil no pueden ser nunca el camino más que hacia la náusea y la reprobación más rotunda. Hasta aquí.

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