Sociedad

Guillermo, dos horas de aire de Cádiz cada 15 días: “Esto es una condena, muchas veces me echo a llorar”

Este gaditano de 74 años, casi ciego, poeta y que toca el laúd de oído, es uno de los 58 beneficiarios del programa de Cruz Roja 'Bajemos a la calle', que busca romper con el aislamiento social de enfermos y, en muchos casos, sus cuidadores

En el momento de escribir esta pieza quedan aproximadamente siete días y 168 horas para que Guillermo Ferreiro vuelva a salir a la calle. Solo tendrá dos horas de un miércoles cada quince días, pero por poco que sea será una bocanada de oxígeno para él. “Este programa me ha dado oxígeno en cantidad, y más que me hacía falta que me diera”, lamenta, tras sentarse en su butacón después de alcanzar los pisos que le separan de la calle Conde de O’ Reilly, donde vive junto a su esposa. ¿Cómo está la calle? “Muy lejos para él”, espeta Pepi García, su mujer desde hace medio siglo. “La calle la quiero yo todos los días, lo que pasa que no se puede. Yo soy gadita y el aire del mar siempre se te queda”, apostilla Willy, como le conocen sus amigos.

La calle queda lejos. Hay una decena de escalones en una enrevesada escalera de varios tramos en una finca antigua en la zona de San Carlos, el barrio más antiguo de Cádiz después del Pópulo, que le impiden, a sus 74 años, entrar y salir con la alegría y, sobre todo, con la frecuencia con que lo hacía antes. Prácticamente ha perdido toda la visión en sus dos ojos y padece dolencias cardíacas que le quitan aire y dificultan sobremanera su movilidad.

Guillermo tras arribar a su casa tras la salida del pasado miércoles. FOTO: MANU GARCÍA

A su lado, Pepi García, algunos años más joven (71) que Guillermo, no es solo su esposa desde hace medio siglo, sino también la cuidadora principal en este matrimonio sin hijos. Aquejada de cáncer —”aunque parece que me voy a comer el mundo”— y pendiente todo el tiempo de las necesidades de Guillermo, ambos sienten a menudo que viven encarcelados en su propio hogar, sin haber cometido más delito que los achaques de la edad.

Cada miércoles, gracias al programa Bajemos a la calle promovido por Cruz Roja con la colaboración del Ayuntamiento de Cádiz, Guillermo es uno de los gaditanos que logra escapar de su cautiverio, de un injusto arresto domiciliario que le deja atrapado en casa gran parte de su vida. “Me he llevado meses y meses sin poder salir, no uno, ni dos. Como mínimo, seis meses”, explica apesadumbrado Guillermo. Y añade su señora: “En julio del año pasado, el cardiólogo ya lo vio más pachucho y prácticamente ya no podía subir los escalones”. Aclara Guillermo: “Es una escalera que tiene cada tramo diferente, no puedo coger ritmo, cada escalón tiene una altura. Yo bajaba antes las escaleras corriendo, pero estas casas antiguas… El programa me ha dado oxígeno pero en cantidad, y más que me hacía falta que me diera”.

Frente a ellos, está Marta Guardiola, trabajadora social de Cruz Roja que ha inaugurado su vida laboral en este programa. Con 23 años, esta joven portuense baja a la calle cada día junto a un equipo de 31 personas a una media de 4-5 gaditanos al día. Desde diciembre pasado, han hecho 85 valoraciones y ha habido hasta la fecha 58 beneficiarios de un programa social que no deja de crecer en demandantes. De hecho, para pena de Guillermo, se han tenido que reducir las salidas de una vez por semana a cada quince días.

“¿Lo que más me ha impresionado? Lo agradecidos que son, las caras de felicidad cuando bajan; al principio pueden estar reticentes, pero cuando van viendo a gente que no veían desde hacía años… creo que estamos haciendo un buen trabajo y encima ellos lo agradecen. Es un trabajo duro, tenemos una usuaria que llevaba seis años sin bajar a la calle o Guillermo, que antes bajaba varias veces al día…”, relata Guardiola. Este gaditano nacido en el número 1 de la plaza de España, aparte de haberse dedicado durante 30 años a vender materiales de construcción al por mayor, tiene una impresionante vena artística.

La subida al domicilio de Guillermo exigen mucho al personal de Cruz Roja. FOTO: MANU GARCÍA

Guillermo no solo escribe mediante una tablet con voz o toca el laúd, sino que también llegó hasta a pintar cuadros ya sin apenas visión. “Con 14 años empecé a tocar el laúd, tengo 74 y sigo tocándolo. Toco de oído, cosas que me invento, de flamenco… antes dibujaba, en la ONCE hice cuadros de barro, ya con muy poca visión, me llevé dos premios de la Junta de Andalucía, y aparte escribo poesía y relatos cortos, me gusta mucho escribir. Ahora mismito, acabo de dejar en la imprenta el libro Poemas de Cádiz que saldrá pronto”.

“En el tiempo que he estado encerrado —confiesa— no he escrito nada, pero estoy pensando a ver si hago un librito en el que cuente lo que es la vida de la persona, y lo que pasa, cuando se ve en estas circunstancias. La gente se debe enterar de esto”. Y abunda: “Esto es una condena, muchas veces me echo a llorar, me veo metido entre cuatro paredes, y los nervios no me dejan. Cojo el laúd y por lo menos me suelto un poco el agobio”. “Para mí esto es corto, porque me encanta encontrarme con amistades en la calle, pero se lo agradeceré a la Cruz Roja mientras viva. He hecho un tándem con Antonio Vergara —su voluntario de acompañamiento— que parecemos hermanos, es una mina; hablamos de cosas de Cádiz como si fuéramos dos niños y esas cosas te encantan. Luego, acaba ese rato y te ves atado de pies y manos”.

Viven desde el año 73 del siglo pasado en un piso al que llegaron de veinteañeros, casi recién casados, y ninguno de los dos esperaba que acabarían en una especie de prisión. “Nos casamos en el 68, empezamos a vivir en un bajo de la plaza de España pero nos vinimos aquí, no teníamos problemas de escaleras, subíamos y bajábamos todas las veces que hiciera falta”. Guillermo, amante por descontado del Carnaval y del Cádiz CF, ha sido miope desde niño pero, apunta Pepi, “mal, mal llevará unos 16 años, cuando dejó ya de conducir. Cada vez que ha empeorado del corazón, como es un problema circulatorio, le ha influido en la vista, no se le puede hacer nada, solo tiene un resto visual”.

Marta, de espaldas, frente a Guillermo y Pepi, en el salón de su casa en San Carlos, en Cádiz, en días pasados. FOTO: MANU GARCÍA

Antes de acabar el encuentro, Guillermo recibe de manos de Pepi su laúd y se arranca a tocar, apretando los ojos y moviendo la boca al son de la marcha, Hermanos costaleros. Las cuerdas de su instrumento le transportan lejos de esas cuatro paredes de las que solo vuela libre dos horas cada quince días. Ojalá fueran más, reclama, pero de momento, un poco de aire es infinito. “Harían falta más recursos porque a mí me duele tener que decirlo pero estoy muy condenada, igual que él. Salgo a comprar lo que tenga que comprar, aunque lo del supermercado lo traen a casa. Mañana pensaba que iba a venir una sobrina, porque tengo que ir a la oncóloga, pero resulta que le han cambiado el día del trabajo y ya no puede venir… así que me quedaré recogiendo la casa”.

La queja de Pepi, casi al final del encuentro con este medio, sin ánimo de protagonismo, explicita la cruel realidad no solo de muchos enfermos y atrapados sociales en España —solo en Cádiz se calcula que puede haber cientos de personas en estas circunstancias—, sino también de sus cuidadores. “Marta —dice Guillermo a la trabajadora social de Cruz Roja—, hay que bajar los carros a la calle, buscar quiénes nos acompañen y, de vez en cuando, hacer manifestaciones para que la gente y los políticos nos vean en la situación en la que estamos; los que estamos en las casas metidos no estamos todo el día sentados, sino que nos movemos”. “Pero Antes el Carnaval que otras cosas…”, se queja, mientras cuenta los días, las horas y los minutos para volver a respirar el aire de la calle.

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