Opinión

Grandes mentiras

Hoy es el último día. Suena un tanto apocalíptico pero si no nos damos cuenta de quiénes son, quiénes vienen  y qué van a hacer con esta España nuestra, no solo de ellos, ésta España que tanto aman a pecho descubierto y defienden a través de la violencia verbal pero, eso sí, con moderados gestos. Si no lo vemos, si no le asusta… es que tenemos más de un problema. Y más que van a venir si no les paramos, con el voto.

La ultraderecha está utilizando nuestra democracia para derribarla. Y porque viven en un país que lo permite, utilizan los medios, los micrófonos sin ningún pudor y vergüenza en contar grandes mentiras. Y lo saben, porque se lo inventan.

Sin embargo, los que los votan y votarán el próximo domingo, se lo creen. No solo el de mocasines y banderita. También el trabajador que no llega a fin de mes, o los mayores  nostálgicos de ese oscuro tiempo franquista.

Estos son los herederos de una época que, ni por asomo, hubiera permitido salir en televisión a uno que pensara distinto. Sacar la bandera, levantar la mano o gritar consignas.

La democracia es esto, respetar al contrario y permitir que hable. Pero si construye su discurso con falacias y falsedades, levantando sentimientos de odio en la población, hay que responderles, desmontarles con datos sus engaños.

Las mujeres no temen llegar a casa porque un inmigrante les espera en el portal. Son los hombres españoles quienes las violan. Y últimamente hasta en manadas.

Las mujeres no son asesinadas en su mayoría por esos extranjeros. La violencia de género, que ellos se empeñan en ignorar, viene desde el marido, el novio o los ex compatriotas de Vox. Los inmigrantes no son los primeros en ser atendidos en la Seguridad Social, ni son los primeros en nada. Ahora, eso sí, atendidos como se merecen, como personas. Esas personas que cuidan de sus mayores, que trabajan donde los españoles no quieren. Ellos y ellas tienen su dignidad señores de Vox y los que les jalean. Respeten a los que no son como ustedes.

Otro tema de sus discursos son las comunidades. Instituciónes, ojo, de las que se han valido y se valen para medrar con excelentes sueldos. Y así podíamos llenar más capítulos desde que aparecieron en escena.

Pero ¿quiénes les replica? ¿Quiénes les desmontan éstas y otras sartas de mentiras? Porque en el cebate de los cinco candidatos, utilizó gratis una publicidad para su partido ante millones de españoles, a los que ignorantes de no querer saber les convenció. Por el camino no encontró obstáculo ninguno. Iba montado en su caballo a camisa descubierta por una plácida llanura. El resultado: más votos, más escaños en el Congreso, más dinero para asentarse como partido xenófobo y racista en un Parlamento democrático.

Sus palabras crean odio y rechazo entre una parte de la población. Ya se vio, entre los que apoyándose en el discurso de Santiago Abascal y el resto de miembros de Vox, se creen con el derecho de insultar y golpear a los que no tienen su mismo color de piel.

Vox menosprecia a la izquierda progresista porque, dice, obliga a los demás a pensar como ellos. Pues yo le digo a esa izquierda que responda sin complejos. Que se sienta segura y orgullosa de sus posiciones y las defienda. No podemos mantenernos al margen y callar porque, dicen algunos asesores o expertos en estas lides, que  es mejor no darles carrete. Sin embargo con  esa postura de ignorarlos, se ha producido el efecto contrario.

Se están asentando y cogiendo cada vez más terreno porque nadie les planta cara.

Cada vez están más crecidos y desde sus púlpitos arengan como lo hacía el fundador de la Falange. Así comenzó Abascal mirando a los ojos a millones de españoles más de 70 años después.

Por eso, aunque sea sin ánimo, sin ganas, con pereza, vaya a votar.

Sí, ya lo sé, otra vez en poco tiempo. Pero solo le llevará unos minutos lo que puede que lamente muchos años.

Vaya a votar.

Utilice un rato de su adorado domingo para ir a su colegio y vote.

Vote el progreso, el avance de un país moderno y tolerante.

Muchas gracias.

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Un comentario

  1. Qué vergüenza de homilía electorera colada en la sección de opinión cuando debería estar con la propaganda partidista electoral. El autor se permite decirnos que vayamos a votar y, además, a quien debemos votar; qué falta de pudor y de profesionalidad. Y, encima, vierte una serie de afirmaciones y descalificaciones sin molestarse en justificarlas mínimamente con datos.
    Se vote a quien se vote, nada importante va a cambiar. Actualmente, lo más democrático es abstenerse de votar. A ver si algún día hay una abstención masiva y, entonces, el sistema partitocrático queda desacreditado y se puede cambiar a una verdadera democracia en la que mandemos los ciudadanos. Votar es seguirle el juego a la casta política privilegiada.

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