La Rotonda

Golpe de calor

Teníamos la extraña sensación de que no era verano. El comentario era generalizado y siempre se remataba con un ojalá nos quedemos asíSomos presos de nuestras contradicciones. En esta época, puede hasta que más. Cuando es verano hay momentos entre el sudor que soñamos con el invierno. Cuando es crudo invierno, visualizamos el verano a la vuelta de la esquina. Cuando hace fresco a medianoche y estamos de vacaciones, no vemos la hora de que llegue la canícula; cuando las mañanas de julio son grisáceas y el día se prevé frío o lluvioso, añoramos aquellos días tórridos en los que el estío nos aplasta. Nos gusta viajar e imaginar (¿no es lo mismo?) más en esta época del año, y deseamos una cosa y la contraria.

Así, con este tiempo, no apetece ir a la playa…, asegura a quien ha visto muy pocas veces el mar el que tiene el paradisíaco litoral a escasos kilómetros los 365 días del año. Hoy hace calor hasta en la playa, se está mejor tapadito con una sábana bajo el aire acondicionado, sugiere otro, poco amigo de la arena y el salitre. Quiero aprovechar para leer un poco porque luego no tengo tiempo el resto del año, dice un amigo del best seller que no tiene entre la lectura la primera de sus aficiones. Uno puede recordar los pies arenosos, el tiempo aguantando la respiración bajo el agua, y hasta cómo su madre le untaba protección solar antes de correr a la orilla en los veranos de la infancia.

Aunque no lo parezca, por la molicie y el tempo lento que impone el periodo estival, casi todo lo importante que sucede en verano se recuerda porque siempre tiene un aire iniciático, de primera vez. Uno recuerda en sus veranos cómo el sonido del helicóptero de la retransmisión del Tour de Francia daba paso a la conversión de un ser extraterrestre en ser humano, mientras a Indurain le daba una pájara en Les Arcs; o aún puede oler a pólvora, sin haber estado allí físicamente, de los cartuchazos de la masacre de Puerto Hurraco que nos marcó como suceso de una generación, porque enseñaba los coletazos de una España profunda, en pleno golpe de calor de agosto, en la que comprobábamos cómo el odio y la violencia podían anidar dentro y entre las propias familias.

El verano probablemente sea la época del año donde de verdad tenemos tiempo para preparar una nueva temporada. El año nuevo no es el momento, siempre encajonado entre las largas fiestas previas y los momentos centrales de la Navidad. Es ahora, en verano, cuando uno se permite de verdad parar a reflexionar hasta en sus contradicciones y en cómo, a menudo, se puede querer una cosa y la contraria al mismo tiempo. Todo cambiará cuando llegue la rutina de septiembre, pero por ahora es sano pensar que cualquier cosa puede suceder.

Queríamos que Indurain ganara todas las carreras, que vistiera siempre de amarillo, pero también lo admirábamos, y nos fascinaba ese antihéroe, cuando mostraba debilidades y se veía humano, demasiado humano. Nos repelía aquel verano de sangre y muerte en el interior de un pueblo remoto en Badajoz, pero todos mirábamos de reojo la televisión, mientras las aspas de un viejo ventilador movían el aire caliente horrorizado, para ver el último parte o el enésimo reportaje sobre el duelo a muerte entre los Izquierdo y los Cabanillas.

El verano agudiza las contradicciones porque sirve, como pedía El Príncipe de Maquiavelo, para colocar los cimientos con anticipación. Porque si no se hace en este momento, “podría colocarlos luego si tiene talento”, pero “con riesgo de disgustar al arquitecto y de hacer peligrar el edificio”. Queremos políticos que no usen coche oficial, ni móvil, como ha prometido que hará el alcalde de Estepona, pero luego te levantan el tobogán más peligroso y absurdo del mundo. Queremos los mejores profesionales en lo suyo dirigiendo el destino común y el interés general, pero querríamos pagarles tanto esfuerzo y dedicación a precio de taller clandestino de Bangladesh.

Queremos apoyos de los no afines que se conviertan en renuncias y bajadas de pantalones. Buscamos perder el tiempo llenándolo más que nunca en viajes a la medida de una serie de fotos en Instagram. Queremos que nuestros representantes públicos se pongan de acuerdo cuanto antes en las cuestiones que más nos afectan a todos, pero solo conseguimos que concilien las que más les afectan a ellos mismos. Alguno dirá que, al menos, en algo se ponen de acuerdo. Como si hubiese encontrado un oasis tras vociferar en el desierto. Pero hasta en ese acuerdo, puede haber contradicciones o traiciones. Como si todo fuera fruto de algún golpe de calor.

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