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Generación Netflix. Política Netflix

¿Os acordáis de La Casa de la Pradera? ¿Orzowei? ¿Hombre rico, hombre pobre?… Los que peinen canas o, como yo, no tengan ni canas para peinar, recordarán estas series, que al ser en esos tiempos televisión española la única televisión en España, tenían índices de audiencias superlativas, millonarias. Lo de la “tele” era como las lentejas, o las tomas o las dejas. Al telediario le llamaban los más mayores “el parte”, a las series de animación se les llamaba “dibujitos animados”, y si nos acostábamos tarde porque veíamos el Un, dos tres, terminábamos con las bucólicas e innecesarias imágenes de recursos para adornar el himno nacional y posteriormente la carta de ajuste. Y sin embargo no todo era tan vintage o raro, también estaba La bola de cristal, La edad de oro, Estudio 1…

Parece natural —aunque supongo que habrá estudios que lo confirmen o desmientan— que fuera posible que con semejante panorama televisivo tuviéramos ocasión de hacer otras cosas tan “extrañas” como leer, jugar en las calles y plazas, tener conversaciones, escuchar ávidamente la radio, pasear sin más, y todas esas cosas que pueden ustedes imaginar. Hoy es bien distinto los niños y niñas tienen nosecuantos canales temáticos incluso establecidos por edades con series, dibujitos, informativos, musicales…de todo. Los viejunos como yo tenemos también una panoplia de canales que van desde los de historia, asesinatos famosos, los de arreglar coches y todo tipo de maquinarias —incluso hay un canal que se lleva todo el día enseñándote la vida en Alaska, curiosamente una compañera de trabajo me cuenta que su marido está enganchado al mismo y no me extraña porque entre eso y el Sálvame no hay color—.

Por supuesto hay infinidad de canales deportivos, fútbol a todo trapo y campeonatos de billar como si estuviéramos en los recreativos. La cuestión más peliaguda está en la programación para jóvenes –hablo de jóvenes de manera extensiva, a mis años un tipo con 40 primaveras es un joven—. Es difícil enganchar a la programación televisiva a esa generación, con lo cual lo que se ha hecho taimadamente es engancharla a una pantalla y da igual que sea la de un televisor, un portátil, una tablet o un móvil, que la cuestión es llevar los contenidos de las programaciones habituales o no habituales a cualquier ingenio que tenga una pantalla. La gente se engancha a las drogas, al alcohol, al sexo…y a las pantallas.

Digo todo esto —y como verán es un bucle inesperado de guión— porque entiendo que en estos últimos años a través de todos estos artilugios, la revolución internet, y con ella la cantidad de formatos posibles para seguir cualquier evento de ficción o no ficción, todo pasa por los contenidos en streaming que se nos ofrecen y que supone, sin ningún género de dudas el espacio educativo, social y hasta político más importante que haya habido nunca, independientemente de sus resultados.

Vamos a llamar a esto Generación Netflix —siendo esta plataforma de contenidos la más utilizada para ver series de ficción y películas, aunque aquí su nombre sirve por extensión a todas las plataformas análogas— y que abarca según los datos que conozco, en edades comprendidas entre los 17 años a los 45 aproximadamente. Por debajo y por encima de estas edades tenemos otros fenómenos en cuanto a programación en streaming u otras estructuras de formación del conocimiento en cuanto a formatos y contenidos (canales temáticos para niños y para viejunos como ya dijimos).

Netflix nos asegura un tema de conversación, un montón de horas pegados al enganche natural de la pantalla, nos forma, nos educa (no estoy diciendo que eduque bien, más al contrario es un desatino, pero no es menos cierto que esa netflixtización de la sociedad es un hecho indiscutible.

La generación Netflix ha visto Juego de Tronos, Borgen, House of cards, la Secretaria… que son series para los de las edades medias y más altas de las comprendidas en las citadas entre 16 y 46, y a ellos me refiero. Hay muchas series y yo no he visto casi ninguna –soy más de películas— aunque reconozco que cada vez son mejores y sobretodo las primeras temporadas son de una gran potencia. El problema de todo esto es que ser de la generación Netflix no solo tiene consecuencias en lo que son los gustos o las modas, o en como matamos –nunca mejor dicho— el tiempo.

Hay consecuencias tan insospechadas como por ejemplo cómo llegan a influir hasta en cómo se hace o se está haciendo política. Sí, he dicho bien, la generación Netflix hace política basada en una realidad tamizada por los contenidos que plataformas como la propia Netflix, HBO o cualquier otra nos ofrecen. En España en los últimos años se hace política pensando más en lo que haría Daenerys, Jon Nieve, Frank y Claire Underwood o Kasper Juul y Birgitte Nyborg en cada situación. La búsqueda del relato es la búsqueda del los efectos especiales para poder presumir de ser más bueno en aquello del estratego.

Una frase genial aunque no diga nada, un tirar las fichas por alto cuando la partida del ajedrez no me va bien…en definitiva más que política se pretende hacer un buen guión para una mala serie —los personajes que en ellas concurren, todos de la generación Netflix aún necesitan mucha crema para borrar el acné de sus caras—. Estas circunstancias hace que la política como tal se esté transformando en un espectáculo, un circo –por supuesto mediático— donde nada es lo que parece.

A pesar de que reconozco que esas series son buenas, yo soy más de “pelis”, el otro día vi El bueno, el feo y el malo, magnífico spaghetti western con fabulosos actores, música y dirección. Después de verla disfruté mucho haciendo comparaciones sobre quien de la política actual sería el bueno y quien el malo. ¿El feo?… El feo soy yo queridos lectores.

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