Opinión

Fulanita ‘sa’ vuelto al pueblo

La despoblación está tan de moda que, de un momento a otro, cualquier tienda de esas que jamás estarán en un pueblo (gracias) sacará una camiseta dedicada a la palabra mágica. Quién sabe si quizá le dediquen una temporada entera (la de otoño–invierno, para que case más con el ánimo del término). Camisetas con rebaños que se alejan o con románticos caserones de piedras que lloran y evocan a los campos castellanos. Lo mismo incluso sacan una totebag con estampado de tractores y espigas. 

Más allá de la burla de la indumentaria y del recordatorio de cómo las reivindicaciones más legítimas son absorbidas por el sistema y despojadas de significado, el mundo rural asoma la patita tras mamá ‘despoblación’. Tertulianas, escritores, asociaciones y ministros han puesto sobre papel, dispositivos móviles o frente a micrófonos la sangría poblacional de las zonas rurales, que no es causa sino síntoma y herida.

El mantenimiento de los servicios, que no quiten la escuela, que no cierren el bar, que las carreteras no sean trampas mortales y que la fibra óptica atraviese las entrañas del pueblo son algunas de las reivindicaciones que más subtítulos ocupan. Sin embargo, hay otra cuestión que igual de importante, que no se puede derribar con bola de demolición ni canalizar a través de cables: el fracaso asociado a vivir en el pueblo.

El primer día que sales a jugar a la pelota a to’ lo ancho la calle, tu madre te observa desde el zaguán y ya sabe que te irás del pueblo. Luego comienzas a ver que la gente sale del instituto y desaparece, haciendo apariciones esporádicas cada dos fines de semana en el bus de las 17h del viernes para, más tarde, espaciar las reapariciones hasta quedar reducidas a navidades y algún día de verano, que el pueblo está más fresquito. Esos grupitos ya llevan unos años moviéndose sobre el “es que en el pueblo no hay futuro”, “el pueblo no está hecho para los jóvenes”, “el pueblo está muy bien para las fiestas”, ‘”a hija de fulanita está en Francia” “ese se fue a Madrid y no volvió” “si es que aquí no hay “. 

Y así, la profecía autocumplida se nos hace bola y nos la acabamos tragando, mucho antes incluso, de tener que reivindicar las carreteras seguras o la fibra. ¿Quién quiere servicios si no quiere vivir en el pueblo? ¿Para que queremos carreteras intransitadas?

El discurso asimilado por repetición es el que promueve la huida hacia delante impulsada por el sentimiento de inferioridad, como cuando el Isidoro de Delibes se avergonzaba de ser de pueblo porque todos se daban cuenta de que “llevaba el pueblo escrito en la cara”. 

Algo así es lo que te lleva a dejar el pueblo para cuando hay verbena y, mientras tanto, habitar en un trozo de colmena asediada por Airbnb, pero eso sí, en el centro de una ciudad. Mientras la casa de tu tía Juana sigue cerrada, fresquita y cubierta de tapetes, pero en el pueblo. ¿Quién va a vivir en el pueblo?

En cualquier grupo de amigas, siempre hay alguna que permanece en el pueblo, pero casi nunca de manera definitiva, y mucho menos elegida. Suele ser durante ese época que media entre que se termina la carrera (máster, ciclo formativo) y se encuentra un trabajo o que es un entreacto entre trabajo y trabajo. Es entonces la época de los ‘Fulanita sa’ vuelto al pueblo’ ‘pero mientras encuentra trabajo’. ‘No durará mucho por aquí’ dicen las madres siempre. Siempre es un estado de espera, la antesala de algo mejor.

“Fulanita sa’ vuelto al pueblo” y se instala un tiempo con la frustración del fracaso legitimado por un discurso engullido sin opción. 

Luchar contra el fantasma de la frustración y la derrota es el paso número uno para acabar con  la despoblación, pero la mayoría de los tertulianos no lo saben porque solo han visto el pueblo durante las verbenas o cuando han visto peligrar su verano fresquito o su puente de diciembre con chimenea y ambiente rural. 

Sin embargo, las que somos parte del escenario que queda fuera de la foto del verano lo que vemos peligrar es nuestro mundo. El mundo que conocemos se achica, se tensan hasta casi romperse las redes sobre las que hemos caminado desde que echamos a andar: las tejidas por mi tía la que cose en la puerta de su casa o por los lazos de las vecinas que dejan la llave en la tienda de enfrente o por las guitas que amarran los sacos llenos de tagarninas. 

En los pueblos, las redes son muy tupidas, apretaítas por la cercanía del territorio y la facilidad de encontrarse y tocar la tierra cada vez que quieras. Todos los días. El  hilo que se sale, el que ata por las tripas a todas las fulanitas que nos fuimos del pueblo todavía puede seguir tejiendo pueblo, pero, para eso, lo primero es desenmarañar lo del fracaso. Y que el ‘fulanita sa’ vuelto al pueblo’ nunca lleve detrás un pero. Porque, al final, la vida de los pueblos depende de que muchas fulanitas vuelvan. Después de todo, hasta el Isidoro de Delibes lo tuvo claro cuando empezó a darse cuenta, “entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios”. 

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Un comentario

  1. Precioso artículo.

    Una que nació entre semáforos, extres, que cogió el metro antes que la bicicleta y que busca desesperadamente pueblo en el que sobrevivir.

    Por que entre el tejer pueblo y existir en la ciudad me quedo donde se notan mis manos. Donde el tiempo pasa lento y existe el horizonte.

    La madrileña que va de poble en pueblo.

    Precioso artículo.

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