Ojo por diente

Fuimos enemigos

Se citaron en Amara.., como todo el mundo hace en San Sebastián para dejar Donostia o darle la bienvenida a algún familiar.

Yo, particularmente, recuerdo bien su estación de autobuses; una estación que emplazaron de mala manera junto al río.., aprovechando un escasísimo hueco solar entre varios bloques de pisos. 

Lo primero que solía hacer, después de atravesar todo el país y siempre que los horarios de los trenes me acompañaban, era agarrar mi maleta y dirigirme a un pequeño bar que relamía la esquina del edificio más alto de los que se encontraban en el paseo. Allí me pedía mi pincho de tortilla y un café sólo -sin leche y sin gracia- para hacerme a las nubes del norte.

Y fue allí —justo en la barra del bar— donde Gonzalo se presentó a la muchacha que lo esperaba. ¿Marlene, verdad? Ella, curada de espanto por la consabida informalidad española, le regaló la mejor de sus sonrisas al comprobar —en un pálido reloj de pared al que todavía no habían cambiado la hora— que había llegado con diez minutos de adelanto. Si quieres te dejo acabar el café / Gracias pero… Y con un único gesto se acabó el cortado, dejó las monedas y agarró una mochila de alpinista que tenía descansando en el suelo junto a una pequeña papelera repleta de servilletas. Todas tenían impresas, con tinta azul, paisajes conocidos del País Vasco.

¿Y en qué trabajas Gonzalo? Marlene tenía uno bueno. Lo preguntó con la firmeza de aquellas personas que no temblarían al hablar del suyo. Aunque visto lo visto.., sería mejor preguntarte dónde tienes el coche sonrió la chica al ver que enfilaban la avenida de los tres mil pasos. No te preocupes que lo tengo ahí mismo, a la revolvé. Míralo.., ahí está el bicho.

Se nos hará de noche pensó la francesa —no mal encaminada– cuando vio aquel 206 de quince años en peor estado del que le había parecido en la foto. Maldito bablacar ya gritaba la mujer en sus adentros por Vitoria. Y todo por ahorrarme cien euros. Merde!

Reconozco que no sé viajar de copiloto. Eso de que las ciudades apenas puedan susurrarme por las prisas del conductor me hace arder las entrañas. Si por mi dependiera volvería a las diligencias para tener que detenerme cada quince leguas a probar sus vinos y estudiar sus acentos. Aquí, en la tapia de esta iglesia, fusilaron a medio pueblo dirían los ancianos tristes. Sobre lo alto de esta piedra tocaba la banda los festivos me contarían las mujeres que no tuvieron que vestir lutos.

¿Por qué San Sebastián? / ¿Por qué no? contestó Marlene. Creo que me has malinterpretado.., cortó el joven. Te he preguntado porque he visto en tu perfil que eres francesa y…

Vine por trabajo, y de eso hace ya casi quince años, aunque sé que mi destino me hubiera traído hasta aquí habló la muchacha que parecía madurar con cada kilómetro.

Yo no creo en el destino aunque me parece, últimamente, lo más inteligente. Así que enhorabuena Marlene. Tú no sabes la de problemas que te estás ahorrando resopló teatralmente el gaditano.

No es cuestión de creer, José. Es cuestión de saber sentenció la mujer con la catedral de Burgos, al fondo, sobre los hombros.

Hubo noches de carretera —las más tristes— que se me quedaron reducidas a líneas blancas y canciones que envejecían, a paneles azules silenciosos como los hombres azules y pantanos desbordados por el deshielo de la nieve. Aquella madrugada no iba a ser una de éstas. Los dos navegantes -rotos los lazos de la pulcritud- se lanzaron a conversar salvajemente al tiempo que iban devorando provincias, una tras otra. Las del Duero, las del Tajo y el caprichoso Guadiana hasta hacerse con los llanos del Guadalquivir.

Marlene, hija mía, vaya panzá de hablar que nos estamos dando, me duele hasta la lengua, pero no sé cómo todavía no me has contao qué has hecho en tu vida lanzó divertido el muchacho.

Una rendija, en una de las ventanillas de atrás, había helado lentamente el interior del coche.

Trabajé para E.T.A. Bueno.., me encargaba de la propaganda confesó la mujer.

La muchacha no sabía que en la guantera del coche descansaba un revolver bajo la documentación del vehículo. La boca de la pistola apuntaba hacía ella.

Trabajaba codo con codo con ellos. Porque creía en su lucha y porque me venía muy bien el dinero. Te podrá parecer raro pero… ¿Y tú? ¿Tú qué haces en San Sebastián?

Hay horizontes idénticos a otros horizontes. Los tejados de Las Cabezas de San Juan, durante muchos años, fueron los tejados de mi Lebrija imaginaria. Simplemente porque nunca había tenido la posibilidad de ir a Lebrija pero había escuchado hablar de ella en mi casa. En cambio, no hay ser humano idéntico a otro.

Yo soy guardia civil dijo José. Llevo seis años arriba.., destinado en tu tierra.

Quien ha visto de noche hogueras en los campos saben que son como estrellas acabadas de aterrizar.

José, te parecerá una tontería lo que te voy a decir, pero me alegro que me hayas contado que eres guardia civil / ¿Y eso por qué? / No sé. Creo que me da vergüenza hasta decirlo / ¿Te puedo hacer una pregunta Marlene? / Claro / ¿Podrías conducir lo que queda? Estoy que me caigo de sueño…  

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