Cádiz

Familias que resisten por amor a las flores y dan color a la plaza más bonita de Cádiz

Pecino y Ragel son los apellidos que se reparten los puestos de la céntrica plaza Topete, característica por la presencia de floristerías, que esperan vender todo el género por San Valentín

Su nombre real es plaza Topete, pero casi nadie la llama así en Cádiz. Los puestos que renombraron esta céntrica zona están llenos de flores, y así se la conoce. Hace casi medio siglo que los quioscos se llenaron de pétalos de rosas, claveles, lirios, margaritas, girasoles… la lista es interminable. Pero estos días, con San Valentín rondando, la reina es la rosa. Detrás de un jardín de flores de todos los colores y tamaños imaginables está Mercedes, aunque a ella le pasa como a la plaza, pocos la conocen por su nombre real. Luisita es su hija y es el nombre que se puede leer en el toldo de su negocio, inaugurado a mediados de los años 70 del siglo pasado. “Llevo más de 44 años vendiendo flores”, dice orgullosa.

Mercedes Pecino forma parte de la familia que prácticamente monopoliza los puestos de flores de esta zona, a excepción del negocio que está en manos de la familia Ragel. “Llevo toda la vida vendiendo”, dice Mercedes, quien recuerda que antes de dedicarse a este negocio, su madre vendió en la plaza fruta, castañas, zapatos… “y a mí me dio por las flores”, reseña. “Se quedó un quiosco vacío, lo vi al pasar, lo solicité y me lo dieron”, así resume su llegada a la plaza, donde ahora no se vende “ni por asomo” como hace unos años. “Yo sigo aguantando hasta que pueda, a ver si me toca la quiniela….”, dice entre risas.

Mercedes Pecino, de Floristería Luisita, posando para lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA

“Esperemos que se venda todo lo que hemos comprado”, señala Mercedes, en referencia a la celebración de San Valentín, uno de los días “grandes” del año para las floristerías, junto al Día de la Madre. “Ya no vendemos ni por difuntos”, puntualiza la vendedora, que da trabajo a dos personas, y añora los tiempos en los que llegó a tener hasta seis empleados. “La crisis, hijo…”, remata, aunque también se acuerda de sus buenas clientas. “Hay quien se ha esperado que traiga una flor que no tenía, eso no se olvida”, y también los encargos que le hacía una condesa que ya falleció. “He conocido a mucha gente buena”.

Su hermana, Dolores Pecino, está sentada en una pequeña silla en el puesto de enfrente. “Hoy hay más separados que enamorados”, dice cuando se le pregunta por las ventas en San Valentín. “Muchos no valoran una buena flor, te dicen que cinco euros es muy caro pero luego pagan eso por un cubata…”. “La vida ha cambiado”, señala, “nosotros aguantamos porque estamos acostumbrados a esto y llevamos muchos años como propietarios”, apunta Dolores, “pero es el peor momento”. Por eso pide más apoyo del Ayuntamiento. “Nos debe ayudar porque a esta plaza el nombre se lo han dado las flores y la gente viene por eso, hay que tenerlo en cuenta”, reseña.

Dolores Pecino, en el puesto que regenta en la plaza de las Flores. FOTO: MANU GARCÍA

Dolores, a la que todos conocen como Loli, espera que pronto hereden el negocio sus hijas. “Si no encuentran trabajo tendrán que seguir con las flores”, señala. Una de sus hijas trabaja en el puesto de al lado, la otra en una floristería que tiene cerca de las Puertas de Tierra. “Allí están mi hija mayor y mi yerno”, cuenta. Mientras, “aguanta” los sinsabores de un negocio que tiene repuntes de venta en contadas ocasiones a lo largo del año.

El único puesto de la plaza de las Flores que no pertenece a la familia Pecino es de la familia Ragel. En él, Dolores y Miriam, madre e hija, se preparan para uno de los días con más pedidos. Ambas reconocen que el negocio no está tan boyante como cuando lo abrió la suegra de Loli y abuela de Miriam hace más de 40 años, pero que resisten porque “esto es de la familia y no se puede perder”. Loli lleva diez años al frente de la floristería, donde además de flores hay packs preparados para regalar por San Valentín y souvenirs de todo tipo.

“Hay que evolucionar”, dice Miriam, que tiene 31 años y que dice que nació en el puesto. “Nació un lunes de Carnaval, mi madre vendía las cintas y me daba en los brazos de los clientes para que me aguantaran y pudiera despachar”, señala entre risas. “Esto me lo quedaré yo, pero no se va a perder, es para toda la vida. Da igual lo que vayas a ser de mayor, esto te lo tienes que quedar”, apunta muy decidida.

Miriam tiene un puesto de ropa junto a la floristería de su madre, aunque para San Valentín lo cierra y se dedica a despachar flores y regalos para enamorados, desde lotes con flores, cojines y tazas, hasta recuerdos con todo tipo de motivos amorosos. Merece la pena prestarle toda su atención a uno de los días “grandes” de las floristerías que dan nombre a la plaza de las Flores.

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