Opinión

Europa en la tormenta

Omitir nuestro deber de ayudar a los necesitados, cuando además son niños, ancianos y adultos que vienen huyendo de un horror en el que, además, parte de Occidente ha tenido tanto que ver, va contra todos los principios, contra todos los valores y contra la idea misma de Europa.

Ahora que ando camino de la última de las edades, si la vida me permite llegar hasta ella, que nunca se sabe, me doy cuenta de lo cierto de aquella famosa afirmación: la efímera  existencia. Pero, qué coño, demasiado sutil. La vida es un suspiro. Te acuestas una noche con 25 años y te despiertas a la mañana siguiente con el doble de edad. Y apenas si te enteras. Y si, como yo, eres de los que das vueltas a las cosas, gustaras de recorrer con tu mente rostros y paisajes, palabras y silencios, episodios y peripecias, como una argucia para volver a vivirlas de nuevo.

Lo malo de la gente así es que, normalmente, llegamos a la conclusión de que apenas si sabemos qué hemos hecho con nuestras vidas. Y suele acompañarnos un cierto descontento teñido de melancolía, mucha melancolía. Y ganamos conciencia de aquellas cosas importantes a las que no hemos prestado suficiente atención. Y una de esas cosas a las que uno no ha prestado suficiente atención han sido las injusticias, aceptándolas, muchas de ellas, como algo natural, inevitables y lógicas. Y, quizás, he callado demasiado, hemos callado demasiado.

Pero cuando la injusticia es de tanta envergadura, no es posible mirar para otro lado. Esto sucede, creo, a las personas de buena voluntad y corazón noble, con la lacerante situación que padecen los refugiados, de nacionalidades diversas, que llegan a Europa huyendo del horror de la guerra, de la muerte y de la desesperanza.

No conozco ni una sola idea política, ningún credo religioso, ni ningún código moral, que justifique semejante barrabasada. Omitir nuestro deber de ayudar a los necesitados, cuando además son niños, ancianos y adultos que vienen huyendo de un horror en el que, además, parte de Occidente ha tenido tanto que ver, va contra todos los principios, contra todos los valores y contra la idea misma de Europa. Todo aquello de bueno que sustentaba la idea de Europa ha sido arrojado a las alcantarillas de la historia tras el acuerdo para encerrar a los refugiados en campos de concentración turcos, a cambio de dinero. Todo esto no es más que un acto de hostilidad contra nuestra propia especie, tolerando un genocidio, por omisión, de niños, ancianos, mujeres y hombres.

Y desgraciadamente, y salvando las distancias, las imágenes de estos días, alambradas y miradas perdidas, ojos de desesperanza y lágrimas, me recuerdan a algunos de los episodios de los narradores de la memoria (Jorge Semprún, Primo Levi, etcétera) cuando nos contaban algunas de las cosas que ocurrían en los campos de concentración nazis. Hoy, es verdad,  no hay hornos humeantes ni trabajos forzados hasta la muerte, pero si viajes forzados, encierros, alambradas, desprecio.

Y mientras escribía este artículo, nos sacude de nuevo el terrorismo salvaje de los yihadistas. Un golpe al corazón de Europa. Rabia y dolor. Y el deseo de que los asesinos lo paguen, que los inductores lo paguen, que los que los financian lo paguen. Luego tendremos que ver la parte de responsabilidad que gobiernos y empresas de occidente pudieran tener (que mucho me temo que se encuentran en el origen del nacimiento de este sangriento e insoportable fenómeno). Luto y contundencia, deben ser la primera respuesta. Desmontar los centros de decisión de estos grupos asesinos debe ser un objetivo prioritario. En paralelo, perseguir a quienes les venden armas (generalmente occidentales), a quienes les compran petróleo (también generalmente occidentales), y así sucesivamente. Pero la contundencia que postulo, no debe confundirse con el fanatismo antimusulmán que algunas personas defienden. No debemos olvidar que la gran mayoría de los muertos, por las acciones de estos desgraciados, son musulmanes. Y si comenzamos a pensar así nos estarán ganando la batalla.

Aunque algunos querrán ver, de manera equivocada cuando no malintencionada, similitudes y relaciones de causa-efecto entre los dos tipos de acontecimientos de los que he venido hablando (refugiados y terrorismo), me gustaría llamar la atención sobre una diferencia básica entre ambos fenómenos y que para mi tiene una relevancia máxima. El terrorismo yihadista, de hondas y complejas raíces, está organizado como una banda constituida para este único y exclusivo fin. En cambio, la terrible manera en que están siendo tratados los refugiados que huyen de las guerras, en las que por cierto occidente ha tenido mucho que ver, está siendo patrocinada por la Unión Europea y por países democráticos. Europa, transformada de nuevo en un  monstruo en blanco y negro, reniega de sus orígenes, de sus principios, de sus valores, de todo aquello que la había convertido en la referencia de la democracia y el bienestar. Y trata, desde la moribunda organización supranacional, a los refugiados, como si fueran animales. Europa en la vergüenza, Europa en la tormenta.

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