Gypsy Rock

Etología del cante

“Extremo en el otro sentido es el caso del camachuelo, cuyo canto es completamente aprendido. Cuando los investigadores criaron un camachuelo en una jaula junto con un canario, se encontraron con que, al llegar la primavera y la época de la reproducción, el camachuelo cantaba el canto del canario. A pesar de todo logró aparearse y, cuando sus propias crías alcanzaron la madurez, cantaron el canto del canario que habían aprendido de su padre (aunque habían estado expuestas al canto propio de su especie). Incluso se observó que una de esas crías, llegado el momento, transmitió a su vez el meme del canto de canario a alguno de sus propios polluelos, con lo cual esa tradición cultural había sobrevivido al menos tres generaciones” (Jesús Mosterín, Filosofía de la cultura, Alianza Editorial, 1993, p. 36).

Este es sólo uno de los experimentos que demuestran fehacientemente la existencia de la transmisión cultural en los animales. Pese a lo que algunos prefieren seguir pensando, los animales no sólo tienen sentimientos, sociedades, ingenio o capacidades creativas, sino también tradiciones culturales que se heredan de generación en generación.

¿Qué no se lo cree? Hagamos un experimento mental. Sustituyamos, en el párrafo anterior, “el camachuelo” por “la música española”, “el canario” por “los Beatles” y “los investigadores” por “los locos años sesenta”. Nos quedaría algo así:

“Extremo en el otro sentido es el caso de la música española, cuyo canto es completamente aprendido. Cuando los locos años sesenta criaron música española en una jaula junto con los Beatles, se encontraron con que, al llegar la primavera y la época de la reproducción, la música española cantaba el canto de los Beatles. A pesar de todo logró aparearse y, cuando sus propias crías alcanzaron la madurez, cantaron el canto de los Beatles que habían aprendido de su padre (aunque habían estado expuestas al canto propio de su especie). Incluso se observó que una de esas crías, llegado el momento, transmitió a su vez el meme del canto de los Beatles a alguno de sus propios polluelos, con lo cual esa tradición cultural había sobrevivido al menos tres generaciones”.

El esquema de tres generaciones es muy atinado. La primera se vio en “la jaula” del franquismo junto con los Beatles, y no pudo menos que contagiarse de su canto de libertad.  Son los años de Los Bravos, Los Brincos, Los Mustang, el yeyé y los apropiadamente llamados Canarios. Miguel Ríos nos invitaba a todos a subirnos al autobús de un tour mágico y misterioso:

Escucha, hermano, la canción de la alegría,

el canto alegre del que espera un nuevo día.

Ven, canta, sueña cantando,

vive soñando el nuevo sol

(“Himno a la alegría”)

Cuando vino la primavera del amor, estos primeros roqueros (con q) legaron a sus descendientes de los años setenta su pasión por la música británica, que éstos (Smash, Màquina!, Módulos, Vainica Doble…) siguieron profesando. Sin embargo, a finales de los setenta algo cambió. En la tercera generación, según nuestro párrafo, sólo “alguno de sus propios polluelos” transmitió el canto aprendido de otra especie. Es la hora de Triana, Veneno, Camarón, Emilio Cao, Moncho Alpuente, el folclore regional, el rock urbano, la canción protesta y el comentario a la Transición. Sólo ahora podemos decir que el rock español se ha aclimatado. Se ha descubierto a sí mismo sin haber olvidado todo lo aprendido.

Ahora bien, ¿qué sucedió después de esa tercera generación? ¿Regresó el camachuelo (y no Hilario) a sus raíces y abandonó su patrimonio canario? ¿Armonizó ambos cantos, los de fuera y los de dentro, en una síntesis genial? Los científicos no arrojan luz sobre este asunto, y cada cual tiene derecho a su opinión. Pero no son pocos los que piensan que la mona se había vestido de seda durante demasiado tiempo.

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *