Opinión

Ética para Fernando

Savater llegó a Rentería, planteó ideas rígidas que distancian a los pueblos al compás de Albert Rivera, dejó un ambiente enrarecido y se fue. Del filósofo conciliador y dialogante de principios de lo noventa apenas queda rastro

Aunque hoy, en 2019, suene extraño, hubo un tiempo en el que Fernando Savater (San Sebastián, 1941) era fiel reflejo de la modernidad; en una España que despertaba de un triste y prolongado letargo, sus escritos, que caminaban entre la filosofía y los dilemas antropológicos, avivaron el interés por el humanismo en millones de lectores en todo el mundo. Con un lenguaje sencillo y didáctico, Savater llegó a despachar, atención, 38 ediciones de Ética para Amador, un pequeño ensayo en el que explicaba con agudeza, talento y fina ironía el significado de la ética a su hijo adolescente. Si hubo una figura de consenso y admiración entre la progresía española sin duda que fue la de Savater.

El entonces simpático intelectual —y notable escritor— ha quedado reducido a un guiñol uraño y resabiado cegado por la bandera rojigualda. Ayer lo vimos en Rentería, San Sebastián, pueblo en el que a Ciudadanos apenas lo votaron en las últimas autonómicas 348 personas, vociferando el discurso de la confrontación. Todo porque Albert Rivera necesita más que nunca un escenario polarizado. Allí estaba él, riéndole las gracietas en primera fila, jaleando y encendiendo a un público foráneo llegado en autocar desde otras latitudes y que el día del mañana olvidará ese municipio. Sin decir una palabra sobre algo tan constitucionalista como el techo, la comida, la dignidad o los derechos humanos (siempre obvian estos artículos, maldita casualidad), pero con la lengua suelta y viperina en torno a quienes no sienten la bandera como él. Estuvo hablando de “bárbaros”, “rebuznos”, “cencerros”, “pazguatos” e “intolerantes” sin mirarse en ningún momento al espejo.  

Si el Savater de ayer viajará a nuestro presente en un Delorean seguramente quedaría estupefacto al verse ayer en Rentería convertido en algo parecido al bufón de la corte. El mismo que va soltando improperios a los independentistas y a la gente que vota a la izquierda desde su tribuna de nacionalista resentido en El País. El mismo que echa carbón a la caldera política, pese a ser necesaria más que nunca la tranquilidad, la mesura y el diálogo que fomentaba en sus viejos textos.

El pueblo de Rentenría respondió así al mitin de Ciudadanos. FOTO: TWITTER @jateraysa

Que Savater, Rivera, Casado, Abascal y los verdaderos patriotas de este país tienen todo el derecho del mundo a realizar un mitin o una entrevista en cualquier punto de España nadie lo pone en duda, faltaría más; tampoco se duda que sus visitas recientes a Rentería, Alsasua y los distintos feudos del independentismo en Cataluña responden a esa cínica ansia de caldear el ambiente bajo un leitmotiv electoral. Nunca se sacó tanto rédito de soplar al fuego. 

Savater actuó ayer para Rivera como Karanka para Mourinho, cual gregario de la trifulca. Llegó con su bidón de gasolina abanderando la libertad (que me temo que confunde habitualmente con el liberalismo), ocupó la agenda mediática durante buena parte del domingo y se largó. A su paso, dejó un ambiente enrarecido y a la opinión pública dividida y tirándose los trastos en las redes sociales. Seguramente consiguió su propósito de alimentar el rechazo hacia los independentistas, pero… ¿a qué precio? ¿A costa de estar mañana más divididos y enfrentados? ¿De resquebrejar la convivencia?

Del conciliador filósofo que a principios de los noventa escribía a su hijo aquello de que “el sistema político deseable tendrá que respetar al máximo las facetas públicas de la libertad humana: la libertad de reunirse, de separarse de otros o la de expresar las opiniones […]”, del pensador constructivo, ético y tolerante que prefería la concordia entre los pueblos ya queda muy poco, casi nada.

Ni siquiera el carisma.

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Un comentario

  1. El autor tiene un curioso concepto de la democracia y de las elecciones democráticas. Tan importante, tan esencial, como el derecho de sufragio activo (el derecho a votar) es el derecho de sufragio pasivo (el derecho a ser candidato y a ser votado). Y una de las más importantes dimensiones de ese derecho de sufragio pasivo es el derecho a expresar y comunicar libre y públicamente el programa y las propuestas políticas (mediante mítines, medios de comunicación, declaraciones, manifestaciones…), en igualdad de condiciones con los demás candidatos y fuerzas políticas concurrentes, sin más límite que el respeto a la ley; y para asegurar esa igualdad de condiciones, entre otros fines, están las Juntas Electorales.
    Parece mentira que a estas alturas del siglo XXI haya que recordarle al autor esta verdad democrática tan evidente. Porque C´s tenía y tiene todo el derecho democrático a realizar el mitin que celebró en Rentería, le disguste a quien le disguste, y quienes actuaron antidemocráticamente fueron, como siempre, los salvajes filoetarras de Bildu organizando la cacelorada y abucheos para tratar de intimidar y amedrentar a todos los convocantes y convocados a aquel legítimo acto electoral, para tratar de imposibilitar el acto, fueron los matones de la “kale borroka”. Sin embargo, el autor, siguiendo el artero discurso de los antidemócratas, otorga el papel de “crispador”, de provocador, de culpable, no a los totalitarios filoetarras de Bildu, no a los ofensores, sino a las víctimas del intento de sabotaje, a quienes han visto interferido su derecho a la palabra, que solo han podido ejercitar gracias a su demostrada valentía, a quienes no se han dejado avasallar ni siquiera preventivamente como querría el autor. Hizo muy bien C´s en programar el acto de Rentería, diría que era casi una obligación democrática, para que toda España pueda ver la indigna ralea antidemócrata de quienes son aliados de Sánchez y, sobre todo, de Podemos: los secesionistas supremacistas vascos y catalanes; y esto es lo importante y lo que realmente enerva al autor. Quien sí está cegado por la bandera rojigualda, tan cegado que no la exhibe nunca, es Pablo Iglesias, que la retira vergonzosa e indignamente de un salón de actos en el que va a dar un mitin; él prefiere tener en la mano la ikurriña o la estrellada; así le va y así le irá aún peor.
    Savater quien, aparte de un lúcido filósofo y exitoso escritor, es un demócrata convencido, demostró con su presencia y apoyo en aquel acto, cuyo intento de sabotaje ya había sido reiteradamente anunciado, su acreditado valor en la defensa de los más elementales valores democráticos contra los totalitarios y los filoterroristas que niegan el derecho fundamental a la palabra. Un valor moral y físico, como digo, acreditado sobradamente en los durísimos años de plomo de la ETA, cuando tuvo que enterrar a tantos amigos y cuando él mismo estaba señalado como objetivo de asesinato por la banda terrorista; ¿por qué? Por hablar públicamente sin pelos en la lengua, llamando asesinos a los asesinos, como en el mitin habló acertadamente de bárbaros, cencerros, rebuznos pazguatos e intolerantes, con toda la razón. Frente a esa heroica ejecutoria democrática, ¿qué puede presentar el autor? Nada; solo un artículo insidioso y miserable como el presente. ¿Y frente a la excelente ejecutoria profesional de Savater? Tampoco nada; la irrelevancia, ¿la envidia?
    Todos cambiamos, todos tenemos derecho a cambiar; otra cosa sería la estupidez de no saber sacar lecciones de los errores vitales cometidos. Pero Savater, como en su momento Rosa Díez, está acertadamente centrado en una lucha predemocrática, en la defensa de los derechos fundamentales en las dos regiones españolas donde son sistemáticamente atacados: en Vascongadas y en Cataluña, y en esto tan importante no ha cambiado un ápice, por fortuna. Y hace muy bien. Quien sí que no se reconocería hoy a sí misma sería la izquierda de hace 30 años. ¿Alguien se imagina a Felipe González, a Guerra o a Anguita pactando miserablemente con los secesionistas reaccionarios y lamiéndoles el trasero?
    Savater es un lujo.

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