El granjero

Estos fachas, nuestros fachas

Las revoluciones que se alargan en el tiempo son las que el ciudadano, al llegar a casa, está peor que en la calle, así que tranquilos. En este caso, en la de Cataluña, les espera gas, agua, más de mil calorías diarias, Netflix y poder votar, otra vez, al partido liberal de marras. Ni de coña esto dura más de un mes en este supuesto caos, que no es tal. Dada las pocas entendederas del fanático aburguesado de Torra y en la trampa mortal que ha caído la izquierda, también aburguesada. Tanto la nacionalista como la que se mantiene en la ambigüedad “bienqueda”.

No toda revolución es beneficiosa, no toda masa en la calle por imperativo y patente de corso, en nombre de lo popular o populoso, está provista de verdad. El papel es dócil, la tergiversación de la historia un bálsamo agradable para tapar frustraciones y ambiciones imposibles. Unas expectativas, en forma de sueños, que sólo trae conflicto, desigualdad y diferencia.

¿De verdad se puede decir que en nombre de los pueblos oprimidos y colonizados podemos ir de la mano de un neoliberal en una manifestación siendo socialista? Es un despropósito poner lazos amarillos con quien quiere privatizar, no aplicar impuestos progresivos a los ricos. En una especie de ansiedad a corto plazo pueril, de antojo. “Estos son fachas, pero son nuestros fachas”.

Creen que Cataluña fue una nación, en algún momento de la historia, desde que conocemos la época prerromana hasta nuestros días, y aquí no pasa nada, como cuando Juan Tamariz se saca una carta de la manga. Sólo hay que creerlo, con fe. Cierren el campo con una valla y tiren la llave, en nombre de las costumbres, el pan con tomate, la tradición y una lengua. Cierren las fronteras. Excluyan al diferente y sigan la linde, como el borrico.

No se puede ser de izquierdas y ser nacionalista, eso es imposible. Salvo que en un ventajismo edulcorado por las élites piques el anzuelo. Luego, claro está, el derecho a manifestarse es sagrado. Una constitución seria debe velar incluso por el derecho a ser imbécil, faltaría más. Ah, y a los defensores de los tanques a la calle y los porrazos, que en su mayoría no gana ni una paga doble o la hora se la pagan a seis euros y “se pelean” con su jefe para que no le cambien el convenio laboral y abaraten el despido, una vez más, a esos, no hay ni que hacerles ni caso.

Tienen su sitio en la ultraderecha, desde siempre, deseosa de captar a fanáticos anti política, anti parlamentos, adictos al miedo, a que nada cambie y al mantra de que siempre hubo ricos y pobres por la gracia de Dios. Esbirros peligrosos que, evidentemente, luego ponen la mano ante los logros de las verdaderas y legítimas reivindicaciones que han cambiado sus vidas y la de sus padres. Banalizar las protestas es peligroso, malgastar cartuchos mucho peor y ponerles a huevo, de nuevo, que la derecha es la única gente de paz algo que sale de todas estas pijadas excluyentes. Están frotándose las manos ante las próximas elecciones.

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