Una de las mayores expresiones alegóricas de la desigualdad social puede verse en el centro más rancio y castizo de las calles de Jerez. Echemos un vistazo a la reveladora fotografía que retrata la esencia del monumento y de la tramoya clerical que lo arropa: en la cúspide de la pirámide jerárquica que define las desiguales relaciones entre clases, la cruz sobre la iglesia, como muestra y mayor exponente del ideario que basaba y aún lo hace su prevalencia en un acto de fe indemostrable, pues por el momento el Hombre del Espacio sigue siendo una entelequia a la que la ciencia no puede someter a medición objetiva.

Bajo su sombra y amparándose en ella —pues da soporte y es coartada de todos cuantos defienden la desigualdad sustentando su argumento en el supuesto poder que emana de un Dios invisible e intangible— y casi en el mismo régimen de igualdad está el mejor ejemplo del arte escultural que retrata a la más burguesa y capitalista de las oligarquías locales, talla que sirve como exégesis de las bondades de las plutocracias jerezanas y españolas —tanto monta, monta tanto para cualquier otra ciudad—, expresión de un burgués millonario a caballo entre el XIX y el XX, y que por culto e ilustrado, es remordido y caritativo y se desprende donosamente de sus dádivas y limosnas a modo de regalo graciable y desinteresado a los pobres de solemnidad.

Y al pie, como base de la estructura social y de la pirámide escasamente nutricional, los desfallecidos, los explotados, los exangües sin ánimo pero agradecidos al pudiente, tan cerca de la inanición que la proximidad de la muerte asalta sus rostros y la miseria les obliga a refugiarse en la lectura mendicante de las migajas espirituales y cerealistas que les permitan sobrevivir hasta el siguiente amanecer. Esto es Jerez, heredera de un país sin revoluciones y sin guillotinas, excepto aquellos paredones donde cayeron 600 insumisos y librepensantes jerezanos. Esta es mi tierra, la mejor muestra y paradigma de lo que también es y sigue siendo España.

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